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Eduardo Arroyo ante cuatro décadas de obra en lápiz

Cultura ElPaís - Mar, 01/12/2015 - 01:53

Tina, aquella chica del año 65, o los despreocupados muchachos de los ochenta con gafas de cristales azules y rojos. Jack Johnson y Panama Al Brown, púgiles de leyenda. Miró, Dali y Peggy Guggenheim, “que esa sí que compraba cuadros a diario”. U Orson Welles y Fantomas, siempre Fantomas. Una línea trazada con lápices de colores une el rastro de tan marcadas personalidades en la primera presentación en cinco años para una galería de Madrid del pintor Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), que reúne cuarenta años de obra sobre papel, con piezas nunca vistas, en el espacio de Álvaro Alcázar del barrio Salamanca. Es el trabajo de toda una vida al servicio de los viejos Alpino, primero, y de los “eficaces” Faber Castell de tiempos más recientes. “Empecé a usarlos de niño, cuando en casa me tenían prohibidas la tinta china y las acuarelas, que lo ponían todo perdido”, explica Arroyo, con robusta decisión, mientras va de un lado a otro, guiado por el capricho de sus recuerdos.

La visita puede funcionar como un repaso a una de las trayectorias más decisivas del arte español del último medio siglo, un viaje que se remonta a los tiempos previos a su “marcha a París”, adonde el joven Arroyo llegó en 1958 para abrirse paso sin contactos en la temible ciudad, firmar algunas de las páginas más brillantes de la figuración narrativa y, de paso, pegarle una paliza pictórica a Duchamp (en el cuadro Vivir y dejar morir. El fin trágico de Marcel Duchamp, firmado con Aillaud y Recalcati y expuesto en el Reina). “Siempre he dibujado compulsivamente”, explica el artista, “no paro ni cuando estoy hablando por teléfono, y nunca he sido de tirar nada”. De la suma de esas costumbres resulta una “antológica de los iconos más constantes de mi carrera".

De la mando de estos viejos conocidos, Arroyo regresa, tras sendas exposiciones en grandes instituciones (el Prado y el Círculo de Bellas Artes), al terreno primigenio para la apreciación y el moderno intercambio artístico: la galería. En un momento en el que estas, acosadas como están por el IVA y la falta de sensibilidad institucional, pugnan por su sentido. “No han bastado estos años de democracia para conseguir crear un mercado en este país”, lamenta el pintor. “En cuanto vienen mal dadas, se ve la fragilidad del sistema, se ha comprobado que carecía de espesor, y han cerrado algunos espacios importantes. Pero el IVA es una broma, es el chocolate del loro. El problema es que aún todo gira en torno a Arco, y eso no puede ser. Por no hablar del despilfarro institucional; todos esos estúpidos museos autonómicos de arte contemporáneo con colecciones inexistentes y que ahora tendrán que convertirse en ambulatorios. Todos somos culpables, los artistas también, que en cuanto nos dieron un poquito de dinero olvidamos las luchas verdaderas, las batallas culturales”.

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La palabra en la cultura judía y cómo sobrevivir a la religión

Cultura ElPaís - Mar, 30/06/2015 - 23:09

Dios es una palabra, y la palabra es dios. Cuatro años tenía Fania Oz-Salzberger cuando descubrió esto sin ser consciente de ello ni de saber sus resonancias en la historia de su pueblo y su cultura, la judía, tan marcada por la religión. Fue cuando leyó la primera palabra: Chocolate. Supo de la importancia de la palabra en su cultura de tal manera que “la nuestra no es una línea de sangre, sino de texto”, afirma esta historiadora que acaba de publicar, en compañía de su padre Amos Oz, el libro Los judíos y las palabras (Siruela). Dos personas no creyentes que responden así a quienes aseguran que no existe la cultura judía. Es más, para ella, y para su padre, todas las culturas pueden sobrevivir después de este momento posreligioso, laico. E ir más allá del uso político.

Ese es parte del secreto de la unidad de la cultura del pueblo judío y de la armonía con el curso de su historia, recogida, retratada o reflejada, a través de los libros centenarios, llámense Biblia, Talmud o Tora, e incluso cualquier obra literaria de autores contemporáneos como Philip Roth o el mismo Amos Oz. En todas esas personas la palabra es como dios, por lo contado, por lo escrito, por lo leído y vuelto a contar en una espiral infinita que convierte vida y tradición en arte literario, escrito y oral.

La palabra crea al mundo y ayuda a moldear la identidad de las personas. En este ensayo, añade, hay tres elementos clave: “Explica el milagro de la cultura judía y explica cómo todas la culturas pueden sobrevivir después del elemento religioso y muestra parte de ese secreto de educación a los hijos donde todo niño judío sabe leer”. Una obra que, más que un eslabón entre la tradición y el presente, crea un diálogo no solo judío, “sino también laico, liberal, moderno, globalizado y on-line que utiliza de manera creativa para la propia cultura”.

El ADN lingüístico y fonético de los judíos trasciende el componente genético y religioso, según Oz-Salzberger. La continuidad biológica no es posible, agrega la historiadora, porque su pueblo ha vivido tantos desastres que ese linaje se ha perdido y en cambio sí son descendientes de una comunidad literaria. “Yo desciendo de una familia sefardí pero no sé dónde está el resto de mis antepasados”, cuenta. En cambio,reivindica y se declara “hija textual” de unos autores, bibliotecarios y descendientes del Talmud y de aquellas mujeres y hombres que escribieron en hebreo y sobre el judaísmo.

Y es aquí donde religión, palabra y texto se trenzan impregnados de política. El tipo de nación que ahora tienen los judíos, aclara la historiadora, no es el nacionalismo del siglo XIX o de comienzos del XX, porque es una nación basada en el texto. “Pertenecemos”, asegura, “a la tierra de Israel pero también a los judíos a través de los textos. Por eso mi padre y yo hemos debatido sobre la teoría de que nuestro pueblo no existe y es solo una religión, pero no es solo eso: somos parte de una nación antigua y pertenecemos, también, a la nación de Israel”.

Ese es el sionismo textual, por así decirlo, que declara la escritora. “No viene del concepto territorial. Por eso estoy más que dispuesta a compartir mi tierra con otra gente, como los palestinos. No necesito toda la tierra. Mi hogar es mi biblioteca y estoy dispuesta a compartir mi biblioteca con todo el mundo. Es una política que en Israel la gente desaprueba”.

Pero más allá de la fuerza y la potencia religiosa en el pueblo judío, Oz-Salzberger recuerda que la Biblia trata también sobre el Estado de derecho, la justicia social, los deberes de la gente hacia los menos favorecidos. No se trata, asegura, “tan solo en Israel de la ultraderecha religiosa que utiliza el Talmud o la Biblia de apoyo, sino que también es poderoso para la izquierda liberal, para los socialdemócratas; incluso para los no religiosos como yo que podemos usar la Biblia como un texto visto desde la perspectiva social actual”.

Mientras en el resto de culturas la línea suele ser padres-historias-hijos; en Israel el concepto de transmisión es un poco diferente: padres-historias-libros-hijos. En los judíos la llegada a ese paraíso léxico-textual empieza cuando son muy pequeños como le ocurrió a Fania Oz-Salzberger. Chocolate fue la primera palabra que leyó. Estaba en el papel que envolvía una chocolatina, y esa chocolatina fue su recompensa por entrar en el reino de las palabras y continuar la tradición milenaria judía de premiar, endulzar, con golosinas a los niños tras leer su primera palabra.

A partir de ahí, todo para los niños son letras que arman la historia y la cultura y donde más que respuestas se fomentan las preguntas, cuenta entusiasta la historiadora. Debatir, cuestionar, polemizar y preguntar. El libro es un ejemplo de ello, el diálogo palpitante, y una gran lección de historia y literatura, entre un padre y su hija, entre un escritor y una historiadora. Dos personas convencidas de que, dice ella, “si uno ya no cree en Dios no puede decir que Dios nos ha creado, pero sí que las palabas nos crean”.

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Jessie Usher será el protagonista de 'Independence Day 2'

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Los Uffizi se suman a la batalla contra el palo para ‘selfies’

Cultura ElPaís - Mar, 03/03/2015 - 14:33

Hay prohibiciones muy obvias, casi históricas: “Fumar, tirar chicles al suelo, tocar las obras de arte”. Otras desesperarían a Godard: “Prohibido correr en el museo”. Pero desde octubre de 2014 los Uffizi han añadido a su catálogo de actividades vetadas y enemigos uno bastante más novedoso: el selfie stick, es decir, el cada vez más común palo para hacer selfies. Sin embargo, la modificación no debió de cundir en la mente y el comportamiento de los visitantes, tanto que el museo de Florencia se ha visto obligado estos días, más de cuatro meses después, a reiterar en un comunicado su “no”. “La razón es su peligrosidad tanto para las personas como para las obras”, aclaran desde los Uffizi.

Para los profanos tecnológicos, la herramienta sirve para enganchar el móvil o la cámara y sacarse un autorretrato – un selfie- desde más lejos de lo que la extensión de un brazo pueda permitir. Varios medios italianos apuntan a que los Uffizi han querido recordar sus normas también a raíz del selfie que la cantante Katy Perry se sacó recientemente ante El nacimiento de Venus de Botticelli y que dio la vuelta al mundo. Sea como fuere, el museo italiano es el más reciente pero no el primero en apuntarse a la batalla de las pinacotecas contra el dichoso palo. Ya centros tan famosos como el MoMA y el Metropolitan Museum de Nueva York vetaron su uso, aunque se sigue permitiendo, entre otros, en el museo más visitado del mundo: el Louvre de París.

En España, el Museo del Prado no veta expresamente la herramienta a sus visitantes, aunque seguramente no sea necesario: en la pinacoteca directamente no se pueden sacar fotos ni vídeos de ningún tipo. El Reina Sofía incluye entre sus normas la posibilidad de hacer fotos sin flash y “sin trípode, monópode o cualquier otro elemento de estabilización de cámaras fotográficas”. Y el Thyssen, que también permite sacar imágenes sin flash, no acepta en cambio el palo para selfies.

“Está claramente señalado entre las condiciones expuestas en la taquilla del museo, así como en el punto número 12 de las normas de comportamientos, disponibles online”, añade el comunicado de los Uffizi como recordatorio para sus 5,4 millones de visitantes anuales (al menos en 2013). Y siempre en la Red, en concreto en la página web de los Museos Vaticanos, se descubre que también allí se prohíbe “el uso del palo extensible para selfies”. La lista de museos que se han sumado a esta guerra incluye también al Getty Center a Los Angeles, al Hirshhorn de Washington y a varios centros más, de EE UU a Australia. Ampliando el foco, resulta que el palo para selfies está prohibido también en los estadios londinenses del Arsenal y el Tottenham, al menos en los días de partidos.

Eso sí, la lucha contra el palo no significa que estén prohibidos los selfies. De hecho, muchos museos y monumentos intentan aprovechar la moda de los autorretratos e incluso estimularla. Durante la reciente restauración de la Fontana de Trevi, por ejemplo, se animaba a los turistas a sacarse un autorretrato ante la fuente, que luego saldría publicado en la página web oficial de las obras. Y, como señala la revista italiana L’Espresso, el Whitney Museum of American Art de Nueva York sugería a sus visitantes sacarse un autorretrato ante las obras de Jeff Koons: “¡Quedan geniales en un selfie!.

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Heras-Casado y la Sinfónica de Madrid, por Ayuda en Acción

Cultura ElMundo - Mar, 03/03/2015 - 13:44
Acordes con Solidaridad' incluirá 'Noches en los Jardines de España' de Manuel de Falla y la 'Quinta Sinfonía' de Beethoven acompañado con Joaquín Achúcarro de solista Leer
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“La ideología es fundamental para no olvidar que nacemos desiguales”

Cultura ElPaís - Mar, 03/03/2015 - 13:16

A Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950), el poeta chileno con más alcance internacional desde Pablo Neruda, le puede el pudor del momento. El 5 de marzo será nombrado por primera vez doctor honoris causa. Recién aterrizado en la Universidad de Alicante (UA) tras un viaje por tierras portuguesas, su conversación fluye suave, casi vergonzosa, las frases se quedan a veces a medio acabar y, sin embargo, prácticamente todas llevan una carga de profundidad: "La ideología todavía sirve para no olvidar algo fundamental como que somos seres humanos y nacemos profundamente iguales. Sirve para recordar que somos seres que podemos modificar nuestras circunstancias".

A este poeta que sufrió la humedad de las bodegas del buque carguero Maipo, usado como prisión por la dictadura pinochetista tras el golpe militar chileno en 1973, no le cuesta observar las diferencias del hoy y el ayer latinoamericano, pero lo encuentra "desastroso" al hacer repaso de la actualidad del continente americano. "En aquella década, todos los países tenían una dictadura, hoy es indudablemente mejor. Pero bastan situaciones como la que ocurren en México, monstruosas, para decir que todo está muy mal", argumenta Zurita ante un café y un grupo de periodistas en el centro Mario Benedetti de la UA rememorando los crímenes del narco en el país norteamericano.

"Chile es desigual hasta la locura, presa de un neoliberalismo salvaje", continúa el poeta, preocupado por la "muy peligrosa" escalada de inestabilidad que está viviendo Venezuela. "Es un mundo que todavía pareciera que es bipolar. La legitimidad de los gobiernos hay que probarla con bastante frecuencia”, opina quien ya no se considera militante comunista pero si cree que el objetivo de esta ideología “sigue siendo un sueño indestructible”.

El autor versará su discurso de investidura en el horror de la violencia y las tercas esperanzas. Mal lector de sí mismo, se confiesa curioso por saber qué dirá de él toda la gente que le alabará y abrazará estos días en los distintos recitales planeados. La poesía de Zurita, Premio Nacional de las Letras de Chile (2000), pertenece a un territorio en el que el autor ha pretendido sacar a los versos de los libros, romper los cánones establecidos, casi una tradición en el país andino.

Zurita ha escrito en el cielo de Nueva York con una avioneta. Ha escrito en braile para aquellos a los que cegó la represión de la dictadura chilena. Ha recitado acompañado de una banda de rock. En el desierto de Atacama, como un primitivo en una caverna, escribió un poema de tres kilómetros de largo, versos que quizás en el futuro se olvide su autoría pero sean perfectamente idenficables. Su próxima obra, consistirá en un poema sobre un acantilado de la costa norte chilena bajo el título Verás un mar de piedra.

Todo por hacer llegar la poesía a la gente, propósito que le aproxima a Mario Benedetti, quien acercó la poesía a lo cotidiano y también recibió su primer honoris causa en Alicante. Junto a la palmera que plantó el uruguayo entonces, Zurita hará lo propio con una araucaria. “La poesía no te da nada es absolutamente autista, de un egoísmo monstruoso. Esto es una excepción”, asegura entre convencido y bromista sobre el reconocimiento del que será objeto. Quizás como le pasó a Benedetti, tras el primer doctorado, le sigan otros.

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Cesado el responsable de programación de TVE

Comunicacion ElMundo - Mar, 03/03/2015 - 12:36
Después de distintos encontronazos, el presidente de RTVE ha destituido a Ignacio Gómez-Acebo, director de Planificación estratégica de programación y producción de TVE. Leer
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Y se hizo la luz en el arte

Cultura ElMundo - Mar, 03/03/2015 - 11:24
CentroCentro acoge una selección de obras de la colección Iberdrola, un fondo con más de 200 piezas conformado durante el último siglo. Leer
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'Hay un montón de ciudades más importantes que Gibraltar para el Instituto Cervantes'

Cultura ElMundo - Mar, 03/03/2015 - 11:13
El secretario general del brazo cultural de Exteriores explica que cierran su sede en el Peñón, porque 'abrió por una decisión de política exterior' sin motivos profesionales. Leer
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'Thatcher no tenía suficiente encanto para ser la villana perfecta'

Cultura ElMundo - Mar, 03/03/2015 - 11:04
La dos veces ganadora del premio Man Booker entrega una nueva colección de relatos que incluyen un reencuentro con la Dama de Hierro cuando aún era sólo un proyecto de sí misma. Leer
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Goya: viejo, sordo y loco

Cultura ElMundo - Mar, 03/03/2015 - 10:31
Un libro recién editado en Francia ilustra e indaga en los últimos años de exilio interior del pintor aragonés. Leer
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EL PAÍS estrena ‘Leyenda’, nuevo videoclip de Nach

Cultura ElPaís - Mar, 03/03/2015 - 10:06

El rapero alicantino Nach publica su nuevo disco, A través de mí, octavo álbum de su carrera del que EL PAÍS estrena en exclusiva durante 24 horas el videoclip Leyenda. Tras su incursión en el slam con el disco Los viajes inmóviles, publicado el año pasado, este martes sale a la venta su nuevo trabajo, con 15 canciones entre las que se encuentra Leyenda.

A través de mí supone un manual de rap orgánico y mordiente en la mejor línea del rapero alicantino. Y, para su elaboración, ha contado con la participación de gente como Rayden, Fyahbowoy, Sharinf o Tron Dosh. Con respecto al nombre del álbum, Nach dijo la semana pasada en una entrevista digital con los lectores de EL PAÍS: "Cuando lo estaba terminando me di cuenta que había algo que conectaba con muchos órganos de mi cuerpo. Partes cerebrales más racionales, partes del corazón más sensibles o nostálgicas, partes más viscerales, más instintivas...todo esto sirvió para crear un mapa a través de mí".

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‘El árabe del futuro’ vive entre viñetas

Cultura ElPaís - Mar, 03/03/2015 - 09:42

No deja de tener su mérito el hecho de que, a partir de unas viñetas de apariencia naif sobre leves fondos celestes, amarillentos, rosas y pistachos —argggg, los temibles tonos pastel— el lector, quizá más naif que las propias viñetas, sea informado poco a poco de vivencias asombrosas, complicadas, tremendas. Cosas relacionadas con el destierro interior y exterior, el racismo latente o presente, el desamparo, los daños del exceso ideológico, las sutiles aunque indelebles diferencias entre el patriotismo y el patrioterismo, el choque de civilizaciones y la fatalidad de la incomunicación entre Oriente y Occidente. No está el mundo para bollos y nunca lo estuvo, y algo —bastante— sabe de eso Riad Sattouf (París, 1978), heredero de esas vivencias por vía paterno-filial y autor de esas viñetas, reunidas en la novela gráfica (para entendernos: el viejo tebeo, pero con lomos y editado a todo tren) L’ arabe du futur (Allary Éditions), que Salamandra Graphic editará en breve como El árabe del futuro.

Con este título, del que se tiraron 150.000 ejemplares en Francia y que ya ha sido traducido a una docena larga de lenguas, Sattouf ganó a finales de enero, por segunda vez, el Gran Premio a la mejor obra en el Salón del Cómic de Angulema.

El autor, hijo de francesa y sirio, pasó su infancia y adolescencia entre la Siria de Hafez el-Asad, la Libia de Gadafi y la dulce Bretaña. Eso debe de, por un lado, enriquecerle a uno, y por otro debe de suponer una esquizofrenia importante en los albores de la vida de uno. Incluso no sólo en los albores. En la coqueta salita puesta a nuestra disposición por su editor parisiense, Satouff explica así la génesis mental y material de su revelador tebeo: “Cuando empecé a escribir esta historia no me propuse hacer un exorcismo personal ni hablar así, en general, del mundo árabe. Tenía este proyecto en la cabeza desde hacía mucho tiempo pero no me atrevía a ponerlo en marcha, había ahí recuerdos dolorosos, y además me resulta bastante difícil eso de hacer un cómic autobiográfico. Quizá porque a mí, como lector, me gustan poco las historietas autobiográficas”.

Sattouf escribe y dibuja, en las 159 páginas de esta primera entrega de lo que casi seguro será una tetralogía, sus recuerdos agridulces de “una juventud en Oriente Medio”, que es como se subtitula el libro. Una juventud franco-árabe propiciada por la condición de maestro itinerante de su padre, Abdel-Razak, un sirio enérgico, brillante y contradictorio que se licenció en La Sorbona pero que prefirió las aulas desvencijadas del socialismo árabe, el estado de masas populares que él creía eficaz antídoto contra el oscurantismo religioso. “La idea del título surgió”, explica Riad Sattouf, “porque mi padre, que provenía de un entorno muy pobre, gracias a la escuela pudo terminar sus estudios en Francia y quiso devolver al mundo árabe lo que él consideraba que este le había aportado. Es decir, quería contribuir a educar al árabe del mañana… al árabe del futuro. Él era partidario de un mundo abierto, liberado de la religión, aunque resultaba paradójico, porque no era precisamente un demócrata, podemos decir que era una especie de fascista árabe, creía que la democracia no servía para nada, estaba obsesionado por esos gobernantes que manejaban sus países con puño de hierro, como Gadafi, como Hafez el-Asad”.

Paradigma cuasi perfecto de lo que un medio de expresión como el cómic puede llegar a aportar al relato de ámbito histórico, El árabe del futuro se retrotrae a los años 70 y 80 pero encierra evidentes dosis de vigencia. “Mi padre llevaba dentro un gran sentimiento de revancha con Occidente, se sentía profundamente humillado por la historia, porque tenía claro que habían sido los occidentales quienes, sin consultar con nadie, habían dibujado las fronteras del mundo árabe al final del Imperio Otomano. Él pertenecía a una generación traumatizada por las guerras con Israel”.

En la Francia lepenista del extremismo disfrazado de urna y de los crímenes racistas —los muertos de Charlie Hebdo, las agresiones antisemitas y también antiárabes— Riad Sattouf quiere dejar clara una cosa: “Tengo que decir que Francia me parece uno de los lugares menos racistas posibles. Le puedo comentar mis recuerdos de Siria, que recojo en el libro, y allí sí que eran extremadamente racistas; en el pueblo de mi padre lo eran no sólo con los negros, a quienes llamaban monos, o con los kurdos, o con aquellos a los que se relacionara con Israel… ¡lo eran con los vecinos del pueblo de al lado! Y sobre todo había un antisemitismo enorme, un odio abierto contra Israel”.

Sattouf mantiene familia en Siria, pero no quiere hablar mucho de ella. “Casi todos huyeron cuando empezó la guerra civil. Unos se instalaron en Egipto, otros en Arabia Saudí, aunque aún tengo una tía que vive allí, pero ya no mantengo contacto con ella. Es increíble lo que le ha pasado a ese país”. Tampoco quiere hablar demasiado de otro tema: el propio Charlie Hebdo, donde dibujó hasta octubre de 2014, poco más de dos meses antes del atentado. “En Charlie Hebdo yo no hacía caricaturas ni dibujos sobre política, hacía una serie que se llamaba La vida secreta de los jóvenes (editada en español por La Cúpula). Y en octubre último abandoné la publicación porque quería hacer cosas nuevas, y me pasé a la revista Le Nouvel Observateur. Tras el atentado todo el mundo se echó sobre nosotros, nos preguntaban sin cesar sobre lo que había pasado, y sobre cuestiones de política internacional, y yo me decía: ¡pero si soy solo un autor de cómics! La sensación que tengo es extraña, es como la de quien tiene un tío o una tía a los que nunca ve, y se dice: ‘Coño, podría ir un día a verlos’, pero no vas, y de pronto un día están muertos”. Y añade, a modo de epílogo funesto: “Para mí los dibujantes de Charlie Hebdo eran tipos inmortales, no me podía ni imaginar que alguien que se dedica a dibujar pueda representar una amenaza para nadie”.

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Fallece Bruce Sinofsky, el hombre que liberó a ‘Los Tres de Memphis’

Cultura ElPaís - Mar, 03/03/2015 - 09:31

Bruce Sinofsky, documentalista reconocido por su trabajo junto a Joe Berlinger en la trilogía de filmes El paraíso perdido (Paradise Lost), dedicada a los adolescentes condenados por el asesinato de tres niños en West Memphis (Arkansas, EE UU) conocidos como los tres de Memphis, falleció el pasado sábado a los 58 años.

Su muerte tuvo lugar en su casa de Nueva Jersey, según informó su madre, Beebe Sinofsky, como consecuencia de la diabetes que padecía. Galardonado con el Emmy de televisión y el premio Peabody y nominado al Oscar, sus trabajos más recordados son Some Kind of Monster, que retrata el regreso del grupo Metallica a la música y su influencia entre sus seguidores, o la citada trilogía en la que realizó una investigación de casi 18 años sobre un caso que cautivó la atención internacional. El documental incluye entrevistas con los abogados y los familiares de los niños brutalmente asesinados así como con los tres adolescentes amantes del heavy metal y condenados en 1993 tras ser considerados en la localidad como adoradores del demonio entre otras cosas por su fascinación por la música y su aspecto rockero.

El caso formó parte de la cultura popular cuando se vio apoyado por artistas tan variados como Eddie Vedder y las Dixie Chicks, dejando al descubierto lo que se consideró un grave caso de injusticia en el sistema legal. Un documental producido por HBO que finalmente consiguió que se reabriera el caso y que concluyó con la puesta en libertad de los tres jóvenes. De hecho, uno de los tres protagonistas del documental, Damien Echols, fue uno de los primeros en hacerse eco de la muerte de Sinofsky.

Según sus propias declaraciones a la radio años atrás, Sinofsky comprendió con este trabajo la influencia que puede llegar a tener un documentalista en la opinión pública. “Cuando te sientas en la sala de montaje y decides cómo vas a presentar el caso en las dos horas y media que tienes para exponerlo, tienes un increíble poder en tus manos”, aseguró al concluir su labor. “Puedes hacer que la persona parezca totalmente culpable o increíblemente inocente. Loca o hipócrita. Tienes un gran poder en las manos y debes ser muy cauteloso en la forma en la que lo utilizas”, añadió.

Sinofsky comenzó su carrera como montador y había trabajado en anuncios y algunos filmes dramáticos cuando se asoció con Berlinger para formar su propia compañía de producción, Creative Thinking International, con la que realizaron Brother's Keeper (1992), la trilogía de Paradise Lost (1996, 2004, 2011), Hollywood High (2003) y Some Kind of Monster (2004). Berlinger solía describirse como “el intelectual”, mientras que Sinofsky fue considerado como “el humanista” de este dúo.

Como documentalista estaba muy interesado en el mundo de la música, los adolescentes y en los posibles errores del sistema legal. En cuanto a su estilo, en ocasiones fue más cercano al también galardonado documentalista Errol Morris, pero en obras como Metallica: Some Kind of Monster, prefirió algo menos analítico y más cercano al cinéma vérité.

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