Miscelanea

Eduardo Arroyo ante cuatro décadas de obra en lápiz

Cultura ElPaís - Mar, 01/12/2015 - 01:53

Tina, aquella chica del año 65, o los despreocupados muchachos de los ochenta con gafas de cristales azules y rojos. Jack Johnson y Panama Al Brown, púgiles de leyenda. Miró, Dali y Peggy Guggenheim, “que esa sí que compraba cuadros a diario”. U Orson Welles y Fantomas, siempre Fantomas. Una línea trazada con lápices de colores une el rastro de tan marcadas personalidades en la primera presentación en cinco años para una galería de Madrid del pintor Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), que reúne cuarenta años de obra sobre papel, con piezas nunca vistas, en el espacio de Álvaro Alcázar del barrio Salamanca. Es el trabajo de toda una vida al servicio de los viejos Alpino, primero, y de los “eficaces” Faber Castell de tiempos más recientes. “Empecé a usarlos de niño, cuando en casa me tenían prohibidas la tinta china y las acuarelas, que lo ponían todo perdido”, explica Arroyo, con robusta decisión, mientras va de un lado a otro, guiado por el capricho de sus recuerdos.

La visita puede funcionar como un repaso a una de las trayectorias más decisivas del arte español del último medio siglo, un viaje que se remonta a los tiempos previos a su “marcha a París”, adonde el joven Arroyo llegó en 1958 para abrirse paso sin contactos en la temible ciudad, firmar algunas de las páginas más brillantes de la figuración narrativa y, de paso, pegarle una paliza pictórica a Duchamp (en el cuadro Vivir y dejar morir. El fin trágico de Marcel Duchamp, firmado con Aillaud y Recalcati y expuesto en el Reina). “Siempre he dibujado compulsivamente”, explica el artista, “no paro ni cuando estoy hablando por teléfono, y nunca he sido de tirar nada”. De la suma de esas costumbres resulta una “antológica de los iconos más constantes de mi carrera".

De la mando de estos viejos conocidos, Arroyo regresa, tras sendas exposiciones en grandes instituciones (el Prado y el Círculo de Bellas Artes), al terreno primigenio para la apreciación y el moderno intercambio artístico: la galería. En un momento en el que estas, acosadas como están por el IVA y la falta de sensibilidad institucional, pugnan por su sentido. “No han bastado estos años de democracia para conseguir crear un mercado en este país”, lamenta el pintor. “En cuanto vienen mal dadas, se ve la fragilidad del sistema, se ha comprobado que carecía de espesor, y han cerrado algunos espacios importantes. Pero el IVA es una broma, es el chocolate del loro. El problema es que aún todo gira en torno a Arco, y eso no puede ser. Por no hablar del despilfarro institucional; todos esos estúpidos museos autonómicos de arte contemporáneo con colecciones inexistentes y que ahora tendrán que convertirse en ambulatorios. Todos somos culpables, los artistas también, que en cuanto nos dieron un poquito de dinero olvidamos las luchas verdaderas, las batallas culturales”.

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La palabra en la cultura judía y cómo sobrevivir a la religión

Cultura ElPaís - Mar, 30/06/2015 - 23:09

Dios es una palabra, y la palabra es dios. Cuatro años tenía Fania Oz-Salzberger cuando descubrió esto sin ser consciente de ello ni de saber sus resonancias en la historia de su pueblo y su cultura, la judía, tan marcada por la religión. Fue cuando leyó la primera palabra: Chocolate. Supo de la importancia de la palabra en su cultura de tal manera que “la nuestra no es una línea de sangre, sino de texto”, afirma esta historiadora que acaba de publicar, en compañía de su padre Amos Oz, el libro Los judíos y las palabras (Siruela). Dos personas no creyentes que responden así a quienes aseguran que no existe la cultura judía. Es más, para ella, y para su padre, todas las culturas pueden sobrevivir después de este momento posreligioso, laico. E ir más allá del uso político.

Ese es parte del secreto de la unidad de la cultura del pueblo judío y de la armonía con el curso de su historia, recogida, retratada o reflejada, a través de los libros centenarios, llámense Biblia, Talmud o Tora, e incluso cualquier obra literaria de autores contemporáneos como Philip Roth o el mismo Amos Oz. En todas esas personas la palabra es como dios, por lo contado, por lo escrito, por lo leído y vuelto a contar en una espiral infinita que convierte vida y tradición en arte literario, escrito y oral.

La palabra crea al mundo y ayuda a moldear la identidad de las personas. En este ensayo, añade, hay tres elementos clave: “Explica el milagro de la cultura judía y explica cómo todas la culturas pueden sobrevivir después del elemento religioso y muestra parte de ese secreto de educación a los hijos donde todo niño judío sabe leer”. Una obra que, más que un eslabón entre la tradición y el presente, crea un diálogo no solo judío, “sino también laico, liberal, moderno, globalizado y on-line que utiliza de manera creativa para la propia cultura”.

El ADN lingüístico y fonético de los judíos trasciende el componente genético y religioso, según Oz-Salzberger. La continuidad biológica no es posible, agrega la historiadora, porque su pueblo ha vivido tantos desastres que ese linaje se ha perdido y en cambio sí son descendientes de una comunidad literaria. “Yo desciendo de una familia sefardí pero no sé dónde está el resto de mis antepasados”, cuenta. En cambio,reivindica y se declara “hija textual” de unos autores, bibliotecarios y descendientes del Talmud y de aquellas mujeres y hombres que escribieron en hebreo y sobre el judaísmo.

Y es aquí donde religión, palabra y texto se trenzan impregnados de política. El tipo de nación que ahora tienen los judíos, aclara la historiadora, no es el nacionalismo del siglo XIX o de comienzos del XX, porque es una nación basada en el texto. “Pertenecemos”, asegura, “a la tierra de Israel pero también a los judíos a través de los textos. Por eso mi padre y yo hemos debatido sobre la teoría de que nuestro pueblo no existe y es solo una religión, pero no es solo eso: somos parte de una nación antigua y pertenecemos, también, a la nación de Israel”.

Ese es el sionismo textual, por así decirlo, que declara la escritora. “No viene del concepto territorial. Por eso estoy más que dispuesta a compartir mi tierra con otra gente, como los palestinos. No necesito toda la tierra. Mi hogar es mi biblioteca y estoy dispuesta a compartir mi biblioteca con todo el mundo. Es una política que en Israel la gente desaprueba”.

Pero más allá de la fuerza y la potencia religiosa en el pueblo judío, Oz-Salzberger recuerda que la Biblia trata también sobre el Estado de derecho, la justicia social, los deberes de la gente hacia los menos favorecidos. No se trata, asegura, “tan solo en Israel de la ultraderecha religiosa que utiliza el Talmud o la Biblia de apoyo, sino que también es poderoso para la izquierda liberal, para los socialdemócratas; incluso para los no religiosos como yo que podemos usar la Biblia como un texto visto desde la perspectiva social actual”.

Mientras en el resto de culturas la línea suele ser padres-historias-hijos; en Israel el concepto de transmisión es un poco diferente: padres-historias-libros-hijos. En los judíos la llegada a ese paraíso léxico-textual empieza cuando son muy pequeños como le ocurrió a Fania Oz-Salzberger. Chocolate fue la primera palabra que leyó. Estaba en el papel que envolvía una chocolatina, y esa chocolatina fue su recompensa por entrar en el reino de las palabras y continuar la tradición milenaria judía de premiar, endulzar, con golosinas a los niños tras leer su primera palabra.

A partir de ahí, todo para los niños son letras que arman la historia y la cultura y donde más que respuestas se fomentan las preguntas, cuenta entusiasta la historiadora. Debatir, cuestionar, polemizar y preguntar. El libro es un ejemplo de ello, el diálogo palpitante, y una gran lección de historia y literatura, entre un padre y su hija, entre un escritor y una historiadora. Dos personas convencidas de que, dice ella, “si uno ya no cree en Dios no puede decir que Dios nos ha creado, pero sí que las palabas nos crean”.

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Georgia O'Keeffe consigue el récord de mujeres con 31 millones de euros

Cultura ElMundo - Sáb, 22/11/2014 - 19:15
'Flor blanca', de 1932, triplicó la cifra de precio prevista. El lienzo adornó el comedor privado de George W. Bush en la Casa Blanca. Una jequesa catarí y una americana marcan los récords de obras de hombres. Leer
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Michel Lafon, autor de Pierre Menard

Cultura ElPaís - Sáb, 22/11/2014 - 08:42

Michel Lafon (Montpellier, 1954) falleció el 22 de octubre en Grenoble, pero su novela Una vida de Pierre Menard, no. Es su mejor libro, salvo dos o tres que todavía no había escrito por falta de tiempo, pero que eran buenos igual. En una de nuestras últimas conversaciones, cuando ya estaba muy enfermo, me habló de una metafísica del fútbol, sutil y salvaje, a la que daba vueltas como en un rondó. Por ahora sólo la tenía en la cabeza, aunque eso ya era medio libro. Entre sus obras escritas se encuentra Escribir en colaboración (2006), un intenso trabajo que descompone diecisiete dúos de autores, desde Bioy Casares y Borges, a Marx y Engels, Breton y Soupault, Dumas y Maquet, Hergé y Jacobs, o Boileau y Narcejac, y que Lafon publica —qué menos— mano a mano con Benoît Peeters. Una vida de Pierre Menard (2008) apareció después de un lento proceso de felicidad, en el que sólo al final Lafon descubrió que su primera novela le estaba tirando de una manga para que la escribiese.

Hasta entonces había dedicado su vida a la lectura exhaustiva de la literatura argentina, para hacer dedos, que diría un pianista. A los diez años había aprendido español; leyó a Borges con diecisiete; fundó la cátedra de literatura argentina en la Universidad Stendhal de Grenoble; fue “el último amigo” de Bioy Casares y editor de sus novelas en Francia; tradujo a Borges al francés, y a Sergio Chefjec, y a César Aira... En Una vida de Pierre Menard se limitó a acatar su destino. Ricardo Piglia dice que hay que ser muy francés, y conocer muy bien la cultura argentina, para “atreverse a escribir este libro que todos nosotros soñamos escribir alguna vez”.

Lafon responde a esa ensoñación picante que algunos lectores de Borges recrean de vez en cuando: ¿Y si Menard existió? Hasta Lafon, era uno de los personajes más fascinantes de la literatura. En su relato Pierre Menard, autor del Quijote (1939), Borges le atribuye una obra literaria más bien escasa, entre la que se hallan dos capítulos de El Quijote, que escribió 300 años después de la versión original. La peculiaridad radica en que Menard no copió a Cervantes. Sus páginas coinciden “palabra por palabra y línea por línea” con El Quijote, pero son obras completamente distintas. Después de Lafon, sin embargo, Pierre Menard (Nîmes, 1862— Montpellier, 1937) es una persona que sale de la “inexistencia real” a la que lo condenó Borges en su relato, y emerge como amigo de Paul Valèry, Gide o Unamuno.

En el fondo, el libro es una vuelta de tuerca al autor de Ficciones. Pero el juego literario no se detuvo, sino que se ampliaría con la traducción de la novela al español a cargo de César Aira, habitualmente traducido al francés por Lafon. El verano que los conocí en Santander descubrimos que no sólo se leían y se traducían entre ellos, como si uno fuese el doble del otro, sino que los unía una extraña relación con Ourense, de donde era originario el abuelo de César y la familia política de Michel. Tal vez porque yo procedo del mismo desierto, un día acabé por traducir a Aira al gallego, y por escribir A pregunta perfecta, donde Lafon se vuelve un personaje literario, como el Menard de Borges.

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'Al ser humano le define la chapuza'

Cultura ElMundo - Sáb, 22/11/2014 - 05:35
Pocos personajes definen de forma tan precisa el profundo desastre que somos como Mortadelo y Filemón. De la mano de Javier Fesser, los agentes de la T.I.A. regresan al cine. Leer
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Tánger, patria emocional y generación 'beat'

Cultura ElMundo - Sáb, 22/11/2014 - 04:33
Una conferencia en la ciudad marroquí analiza la presencia en ella de William S. Burroughs y sus contemporáneos literarios. Leer
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Chino en la intimidad

Cultura ElPaís - Sáb, 22/11/2014 - 00:15

Agotado el tema de la vida y el de la identidad y todas las formas de tomarse en serio el alarmante ascenso de las babas de la más insuperable burricie, después de ya varios largos años de aburrimiento trascendental, de largas meditaciones y cacofagia monumental, Juan Marsé habla chino en la intimidad.

El cuerpo le ha pedido una tregua y se ha vuelto más partidario que nunca del humor. Le veo con notable frecuencia en los últimos tiempos y puedo dar fe de que —todo un hallazgo de José María Cuenca, su biógrafo— el descubrimiento de sus ancestros chinos, concretamente malayos —antepasados en Sumatra, gente feliz sin lágrimas—, ha cambiado alguna de sus costumbres más autóctonas. No así, en cambio, sus convicciones, porque sigue pensando que en la vida no se cumplen los sueños, no se cumple ninguno, y los que se cumplen no resultan ser lo que uno había imaginado. Y porque sigue sólo interesado en narraciones que construyan ficciones coherentes que trasmitan vida y realidad y cuya única verdad sea la que se cree el lector.

En los últimos meses he podido observarlo más de cerca que el resto de mi vida y sé que nada le subleva tanto como todas aquellas personas, sean del signo que sean, que se mueven alrededor de cualquier clase de poder político. Pero es que la cosa se agrava mucho si encima descubre en ellas la estulticia, la garrulería y la insidiosa majadería propia de nuestros dirigentes actuales.

Si sus detractores supieran lo que piensa de ellos, le odiarían mil veces más. Tiene una infinita elegancia moral que sospecho que no se percibe a primera vista. Pero créanme: visto de cerca, mejora mucho, se vuelve más extraño, gana en extranjería, infunde un potente miedo porque, con su memoria, es capaz de atravesar la frágil tela de nuestra realidad más próxima.

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El Festival Eñe, una celebración de las artes en tiempos difíciles

Cultura ElPaís - Sáb, 22/11/2014 - 00:15

El artefacto es un hervidor de metal con tubos como mangueras que uno se coloca en el oído para degustar un poema a la carta. En realidad, dos: el plato principal y el postre, que los integrantes del grupo de teatro Pilpira declamaban ayer. Un plan bastante singular para aquellos que lograran escapar pronto de la oficina y asistir al primer evento del VI Festival Eñe que se celebra en Madrid hasta hoy sábado por la noche.

La cola que se extendía por la entrada del Círculo de Bellas Artes, daba cuenta del tirón que ha logrado esta joven convocatoria, y el guardia de la puerta pedía paciencia y alegaba algún problema con un ascensor. Desde lecturas poéticas a cargo de Gabriela Wiener y Martha Asunción Alonso, hasta una lectura de extractos de libros de terror, una función de títeres, conferencias exprés de media hora o charlas entre escritores como Almudena Grandes, Luis Landero, Selva Almada, la oferta en el primer día del festival era completa.

¿Qué pasa en Madrid con los festivales literarios? Dice Alberto Anaut, presidente de La Fábrica, la empresa de gestión cultural que impulsó este proyecto y la revista literaria con la que comparte nombre, que aquella pregunta fue el principio de esta cita, nacida en 2009 cuando el sentimiento de crisis empezaba a calar. Hasta ese momento la Feria del Libro en el Parque del Retiro parecía ser la única convocatoria inamovible entre lectores y escritores, pero en otras ciudades distintas iniciativas probaban que el encuentro entre público y autores podía ser un terreno fértil. “En nuestro ADN está el público y cada vez más entendemos que los productos de papel que queremos defender tienen que utilizar las redes y también crear un punto de encuentro”, explica Anaut. Su propuesta fue de la mano de la revista Eñe, y a diferencia de empresas similares —desde el famoso festival de la revista The New Yorker hasta el de la revista Malpensante que logró activar la vida cultural en Bogotá— en Madrid quisieron hacer de la literatura en castellano el tema central. “El español es una lengua muy rica y variada, con un gran pasado histórico y tiene una gran llegada. Es un idioma fuerte, rico y muy expresivo”, apuntaba ayer el escritor chileno Jorge Edwards, cuya charla con el periodista de El PAÍS Juan Cruz inauguraba el festival en la sede del Instituto Cervantes.

Edwards recordaba que su primera conferencia la dio a los 15 años en la Academia de Literatura del Colegio de San Ignacio de Loyola sobre un gran maestro de la novela chilena del siglo XIX, Alberto Blest Gana. Los libros, los premios y los encuentros se han sucedido en la carrera del novelista y aunque “el público ha cambiado y cambia todo el rato”, él se muestra optimista: “Siempre tuve una minoría de lectores así que me muestro optimista sobre el futuro de la lectura y el provenir del libro. Hay interés por la lectura a pesar de todo”.

Esta edición el Festival Eñe sigue la senda de otros encuentros y amplía su convocatoria a otras ciudades: este fin de semana en Burgos y en diciembre en Panamá. El Hay, con 10 festivales literarios en todo el mundo, uno de ellos en Segovia, fue pionero en este tipo de expansiones. Cristina Fuentes La Roche, directora de la sección en español, apunta que uno de los puntos fuertes de su convocatoria, es la internacionalidad: “Cuando arrancamos en España en 2006 había cierta preocupación porque se pensaba que cobrar entradas podía incidir en la presencia de público. Pero la respuesta fue sólida y la idea de reunir a lectores y a gente con intereses comunes tiene fuerza”.

El Festival Eñe también optó por cobrar entrada. “Es imprescindible que el público participe en la sostenibilidad de esta cita”, dice Anaut. Otro de los pilares del festival madrileño tiene que ver con el espacio: reunir en el emblemático edificio del Círculo todas las actividades. Ese sentimiento de cercanía y casi vecindad que se produce en las escaleras y distintas salas es uno de los encantos de esta cita, para el novelista argentino Rodrigo Fresán. “Los festivales como los talleres funcionan como lugares de encuentro para conocer a iguales o hacer comparaciones y sentirse más o menos”, explicaba. “A diferencia de lo que ocurriría con un deportista o una modelo, ver a un escritor en vivo haciendo lo que suele hacer, es decir, escribiendo, puede ser anticlimático. Pero escribir, como dijo Fitzgerald, es como nadar bajo el agua sin respirar. Los festivales te permiten salir a tomar aire. Y al final los escritores siguen siendo una figura enigmática”.

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El periodismo, la literatura y el mentiroso

Cultura ElPaís - Sáb, 22/11/2014 - 00:15

“¡El engaño es decir que había estado en un campo de concentración!”, estalló al final Gemma Nierga, concitando el sentir de muchos radioyentes: la necesidad de dejar las cosas bien claras en un mar de palabras. La periodista llevaba un rato literalmente mesándose los cabellos bajo los auriculares mientras escuchaba en una tensión absoluta, hecha un verdadero resorte, las peroratas, digresiones, fintas y descalificaciones de Enric Marco, el hombre que falseó su biografía para aparecer como un deportado en Flossenbürg y que aún hoy, trilero confeso, tiene los arrestos de seguir tratando de sacar pecho. Tras una hora de apasionante entrevista en directo, digna de hemeroteca, en la que Nierga, en su estudio de la SER en Barcelona con el correoso invitado, y Juan José Millás, en antena desde Madrid, se esforzaron en penetrar en el búnker del alma de Marco, éste acabó revelándose –para quien no lo conociera ya - como lo que es: un mentiroso y un manipulador de aúpa. Pese a su provecta edad, 93 años, “casi 94” como insiste en recordar, Marco resultó un hueso sorprendentemente duro de roer. Se defendió, atacó, trató de justificarse, se hizo la víctima, gimió, gimoteó, pareció incluso al borde de un colapso en la silla, sembró de minas la conversación, dejó caer insinuaciones malévolas (que en realidad ha sido víctima de una conspiración de la derecha y el judaísmo –concretamente Esperanza Aguirre y el embajador de Israel- , lo que hay que oír) y en suma demostró que no es un pobre desgraciado sino un hombre peligroso y recalcitrante en no admitir la plenitud de su culpa. A Marco por supuesto le ha dado nueva notoriedad y le ha convertido en carne de noticia el nuevo libro de Javier Cercas, El impostor (Mondadori), del que es el protagonista, y al libro, que era el punto central de la entrevista, estuvo dedicada buena parte de la conversación. Marco echó pestes de la obra y de Cercas. Dijo sentirse dolido y herido, “engañado” por el escritor, y deploró que no profundizase en su historia.

Los nervios campaban esta mañana en los estudios de la SER en Barcelona mientras se esperaba la llegada de Marco, que se desplazaba en taxi y estaba retrasado por un monumental atasco en la entrada de la ciudad. Nierga repasaba sus notas, tachaba y añadía preguntas, bien consciente de que se iba a enfrentar a una de las entrevistas difíciles de su carrera. “No ha querido avanzarnos lo que va a decir sobre el libro de Cercas”, explicaba. Al principio, Marco dijo que no a la entrevista, pero luego se lo pensó y aceptó, en parte por la admiración que siente, dijo, por Juan José Millás y por la SER y Radio Barcelona –luego explicó que una vez había estado sentado en las rodillas del ventrílocuo Toreski, que dio nombre precisamente al estudio donde fue entrevistado-. Pasaron las 10 de la mañana, la hora de la entrevista y Marco no llegaba, por lo que hubo que reorganizar las emisiones. La perspectiva de un Marco cabreado y con prisas no provocaba precisamente relajación. Al fin avisaron de su llegada. Esperaba solo en la sala de invitados sentado en un sillón rojo componiendo la engañosa imagen de un frágil e indefenso viejecito. Ya en las escaleras hacia los estudios, donde le salió a recibir Nierga, empezó a sacar carácter. “No he podido acabar de leerlo”, dijo del libro de Cercas, que llevaba en las manos, metido en una carpeta de gomas (luego precisó que ha leído la mitad y lo ha ido subrayando). “No tiene curiosidad investigadora, ha cogido al personaje y lo ha vestido como ha querido”.

Ya en el estudio, con los cascos puestos –que le daban un parecido a El hombre de la cabina de cristal-, Marco recalcó que no le tiene cariño a Cercas y dijo que entre otras razones por una ideológica: su relación con Vargas Llosa, que no le cae bien por su posición en el tema del soberanismo catalán. Él, “como libertario”, era partidario del federalismo, pero considera que hoy ya no es la solución para Cataluña. El falso deportado acusó a Cercas de “ignorancia”, de no haber ido al fondo de la historia. “Lo que yo le contaba era para que el investigase”. Cuando Nierga le preguntó por su engaño, Marco insistió que había estado en un penal y señaló a otros que tampoco dijeron completamente la verdad. Defendió sus propios motivos: “Para dar cuerpo a lo que tenía que decir”.

Justo antes de entrar en antena, Nierga le aviso que le iría cortando y Marco replicó: “Haremos lo imposible para no enfadarnos”. Sonó Lilí Marlen, para dar ambiente, y arrancó el programa. Entró Millás y explicó someramente el libro de Cercas y su perspectiva sobre Marco, que este se inventó una vida paralela, un delirio como Don Quijote. Habló del “delirio del narrador que quiere destruir otro delirio”, y en general llevó la historia hacia derroteros literarios, señalando la excepcionalidad de estar entrevistando a un personaje de una novela, y el interés de la relación personaje-autor (“¡la rebelión del personaje, qué interesante!”).

“¿Es usted un delirante?”, preguntó a Marco Gemma Nierga. “No, no, le eché en cara a Cercas la redacción del libro por las inexactitudes, irregularidades y falta de investigación, cosas que atañen a la ética y honestidad de Marco”, dijo hablando de sí mismo en tercera persona. Explicó que le ha dolido especialmente que Cercas le presente con casa propia y con apartamento en la playa, como un burgués –“¡nunca la he tenido!”-, lo que por lo visto ofende su mentalidad libertaria. Nierga le preguntó si no le molesta más que lo califiquen de manipulador sin escrúpulos y de pelota “que parece peor que tener un apartamento en la playa”. Ante la doble pinza del escritor y la periodista, Marco mostró a momentos una fría ira. Millás cuestionó que no se diera cuenta de la hostilidad moral de Cercas y le acusó de seguir “para salir en la foto”. Marco replicó que Cercas “es hermano de una compañera mía, y eso era un aval, me convenció de que iba a hacer luz sobre los rincones oscuros de mi historia”. Añadió que siguió con Cercas “porque no tengo a nadie más”. Y continuó: “Nadie se ha preocupado del trasfondo, solo Cercas, aunque sea porque quiere vender libros”. Pero hubo un documental, recordó Nierga, “y no me ladee la cabeza”. “No me gustó”, aclaró Marco.

“¿No sería más liberador decir: ‘lo hice’?”, fue a la médula Millás. “Sin eximirme de culpa, de error”, matizó Marco, “otros tampoco estuvieron en los campos y dijeron que sí habían estado”. Marco afirmó no querer hacer “patetismo”, dijo que del descubrimiento de su falsedad lo que le alteró fueron las consecuencias, “para Amical, para los compañeros que habían creído en mí”. Nierga recordó que desde 2005 se sabe toda la verdad. Marco insistió en que lo que hizo “lo hice porque pensaba que era necesario”. Por momentos su perfil, sus gestos, su impaciencia, le daban un aspecto autoritario, casi dictatorial. Cortó a Nierga con la mano. “Me llaman antisemita y antijudío”, deploró. Millás citó a Cercas: ‘La mentira le salvó, la verdad le matará’. “No me reconozco en el ropaje del libro”, zanjó Marco. “No puedes coger a una persona y vestirla con el ropaje que quieras. Me siento engañado por Cercas”.

Tras una breve pausa para publicidad en la que el ambiente se relajó un poco. Nierga volvió a la carga. “¿Usted se ha sentido un impostor?” Marco titubeó. “¡Responda!”. “No me atrevería a jurar una cosa ni la otra”. “¡Sí o no!”. “Quizá sí, no estuve en un campo pero hice trabajos forzados”. Aquí el deportado de mentirijillas se lanzó por el sendero de la autocompasión, describiendo su estancia en Kiel (“solo una vez me traicioné llorando”). Nierga lo observaba fríamente, con mirada de entomóloga. “¿Nunca le contó a nadie su impostura?”. “Nunca, ni a mi mujer y mis hijas. En parte porque me avergonzaba, sí, pero siempre pensé que había sufrido la esclavitud nazi y eso servía. No podemos hablar de mayores méritos unos u otros. Lo mío podía servir. Ahora siento el error, no era necesario, lo mío era suficiente”. Por las ondas llegó el juicio de Millás: “No creo que seas mentiroso sino delirante”.

Marco respiraba profundamente, haciendo un ruido intranquilizador, la mirada fija. Nierga aprovechaba para pulverizarse un espray en la boca. “El delirio te curó de una vida tremenda, porque tu naciste en un manicomio”, continuó Millás. Marco masticaba, temblaba, jadeaba. “Tú caes bien al lector”, siguió Millás. “No hiciste daño a nadie, ‘este hombre es un infeliz’, se dice el lector”. “No creo”, se enfadó Marco. “Tuve gran entereza siempre. Enric Marco hizo cosas necesarias, porque la historia es muy árida de explicar. Esa credibilidad me permitía introducir la verdad”. “¿Somos todos impostores?”, preguntó Nierga. “¡Impostor! No veo en qué engañé a mis compañeros. No veo dónde está el engaño”. Entonces saltó Nierga, como Gita Sereny al cuello de Albert Speer al final de la larga entrevista que sostuvo durante años con él: “El engaño es decir que había estado en un campo”. Y Marco musitó: “Naturalmente”

En el último minuto, Marco recuperó fuelle para recordar que él se había denunciado a sí mismo "el primero” (al saberse el asunto). Intentó seguir argumentando pero el tiempo se había acabado. Nierga le cortó. “Adiós”.

La tensión murió en el estudio. Marco recogió su bufanda y su boina y salió. Dijo que no dará otras entrevistas, soltó una frase venenosa contra la deportada (ella sí) en Ravensbrück Neus Catalá –“ya tiene la medalla que tanto codiciaba”- y trató de explicar cómo, viejo anarquista, se había posicionado el 15-M, sentenciando que “cuando la revolución pasa por la calzada has de bajar de la acera”. Pero ya nadie le escuchaba.

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Guillermo Martínez gana el I Premio de Cuento García Márquez

Cultura ElPaís - Sáb, 22/11/2014 - 00:15

Relatos que “pueden llevar por leves pendientes de una felicidad familiar perfecta al descubrimiento más macabro, o encontrar derivaciones dramáticas insospechadas de la fricción entre ciencia y religión, o debatirse entre el sexo y la muerte”, bajo el título de Felicidad repulsiva (Planeta), del argentino Guillermo Martínez, ha obtenido el I Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. El galardón, convocado por el Ministerio de Cultura de Colombia y la Biblioteca Nacional, en alianza con el Instituto Cervantes de España, fue concedido este viernes en Bogotá, y surgió poco depués de la muerte del Nobel colombiano, el 17 de abril pasado.

El libro del autor argentino (Bahía Blanca, 1962), doctor en matemáticas pero dedicado únicamente a la literatura, fue seleccionado entre más de 123 títulos presentados y publicados en España y América Latina. La obra ganadora, según el jurado, está compuesta por once cuentos que “bordean la línea tenue que separa la locura de la cordura, la fatalidad de la coincidencia, y el sueño de la pesadilla”. Destacó, también, la unidad y solidez, la sutileza y el equilibrio, como características de su prosa, así como el dominio vigoroso del género: “Este libro refleja, además, una mirada peculiar en la que el absurdo, el horror, lo fantástico y lo extraño que arranca de lo cotidiano, son tratados con absoluta maestría”.

El premio es una de las maneras como Colombia quiere homenajear a su gran escritor, y autor de obras como Cien años de soledad. “El cuento tiene ahora un galardón a la altura de su medida”, dijo durante la ceremonia de premiación Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional.

El escritor argentino competía con un grupo de cinco finalistas entre los que estaban la argentina Carolina Bruck, con su libro Las otras; el mexicano Héctor Manjarrez, con Anoche dormí en la montaña; el español Óscar Sipán, con Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas; y el chileno Alejandro Zambra, con Mis documentos. Al recibir el premio, dijo que el género del cuento está un poco desfavorecido en el mundo editorial, pero confía en que iniciativas como este galardón lo fortalezcan. También recordó a su padre, fallecido: “Pensaba que con la literatura no podría ganarme la vida, aunque fue él quien nos inspiró a mí a mis hermanos el amor por la literatura".

En palabras del autor, los cuentos, que fueron escritos a lo largo de 10 años, tienen en común el suspenso. “Son historias de lo cotidiano, pero en un momento se transforman en algo cercano a lo siniestro, a la pesadilla, a la locura, de que algo terrible va a pasar”, le dijo a este diario. Uno de ellos habla sobre el último día de Trotski y otro de una madre sobreprotectora que trata de criar a un hijo sin exponerlo a la luz. Varían también en extensión. Tan breves, entre dos y tres páginas hasta una nouvelle de 50 páginas, que es la que cierra el libro.

Martínez escribe desde los 14 años y es autor de los dos libros de cuentos Infierno grande y Una felicidad repulsiva, de las novelas Acerca de Roderer, La mujer del maestro, Crímenes imperceptibles (llevada al cine por Alex de la Iglesia y ganadora del premio Planeta en 2003), La muerte lenta de Luciana B. y Yo también tuve una novia bisexual, todos publicados por Planeta. Su obra también incluye el libro de ensayos Borges y la Matemática y en el pasado ha sido galardonado con los premios argentinos del Fondo Nacional de las Artes y el Konex. Es uno de los escritores argentinos de esta generación más traducidos del mundo y actualmente dicta clases de escritura creativa en una maestría de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Untref.

El jurado del premio, presidido por la escritora española Cristina Fernández Cubas lo formaron el escritor, caricaturista y periodista colombiano Antonio Caballero, el salvadoreño Horacio Castellanos Moya, el argentino Mempo Giardinelli y el mexicano Ignacio Padilla.

El mismo García Márqeuz y su familia dieron el visto bueno para que en los próximos 20 años se premie anualmente un libro de cuentos escrito en español y editado por primera vez, una apuesta que según la directora de la Biblioteca Nacional, Consuelo Gaitán, representa la de cientos de escritores que insisten en escribir cuentos, pero también la de los editores que realizan grandes esfuerzos por sacar esos libros al mercado y ponerlos en los circuitos de distribución. Desde la publicación de La tercera resignación, en septiembre de 1947, García Márquez escribió más de 40 cuentos, un género que en sus palabras "parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana".

El premio también es un homenaje al Gabo lector. "García Márquez leyó desde que era un niño. Leyó escondido en la casa de los abuelos, en la cancha de fútbol, leyó con el libro sobre las piernas y oculto debajo del pupitre en las clases del liceo, leyó en burdeles, en cuartuchos de mala muerte, en cafés, en el tranvía bogotano que daba vueltas a la ciudad, leyó en la biblioteca escolar y en la sala de música de la Biblioteca Nacional. García Márquez leyó poesía, cuentos, novelas, historia, clásicos griegos y romanos, leyó tiras cómicas y leyó notas de prensa. Gabo leyó y leyó, y el mundo continúa leyéndolo a él", dijo Gaitán.

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La unión hace la fuerza

Cultura ElPaís - Sáb, 22/11/2014 - 00:15

Las grabaciones a dúo son, hoy en día, ubicuas. Y no por casualidad: cuando a finales de los noventa empezó a flojear la venta de discos, la industria de la música puso, entre otras, una vela a este efectivo recurso que por un lado revaloriza una canción y, por otro, prolonga su vida.

En la actualidad, las colaboraciones forman parte del ciclo vital de cualquier éxito que se precie; tras la versión original de su intérprete suele llegar la versión a dúo en la reedición del disco, la "edición coleccionista". Luego, es probable que el artista invitado la incluya en su siguiente disco… y así, durante un año entero, por lo menos, al público no le habrá quedado más remedio que ser plenamente consciente de su existencia.

Las colaboraciones han dado lugar incluso a discos enteros, como el precoz Miguel Ríos y las estrellas del rock latino (2001) o el supervendedor Papito, de Miguel Bosé (2007), en los que grandes estrellas se rodean de artistas afines para darle una segunda oportunidad a canciones que ya fueron éxito antaño.

Pero antes de todo eso, cuando la venta de discos no flojeaba, las colaboraciones eran raras: en las discográficas no las veían con buenos ojos puesto que, además que beneficiar a su artista, beneficiaba al de la competencia (también es cierto que eran días en que el mercado discográfico estaba más repartido). Esto ha provocado que el caudal de grabaciones a dúo verdaderamente clásicas no sea tan rico como cabría esperar.

Y es una lástima, porque es material jugoso. Un ejercicio de compenetración entre dos (o más) grandes voces -a veces antagónicas- obligadas a entenderse, a buscar un territorio común. La nueva entrega de EL PAÍS de Música, titulada En buena compañía (a la venta mañana domingo con este diario al precio de 5,95 €), reúne una selección de grabaciones a dúo esenciales.

Incluye a los ya mencionados Miguel Ríos y Bosé, pero también dúos que constituyen de por sí una entidad propia, como Víctor Manuel y Ana Belén; asociaciones sorprendentes como las de Carlos Baute y Marta Sánchez, Amaya (de Mocedades) y Joan Manuel Serrat o Efecto Mariposa y Javier Ojeda, de Danza Invisible; y también alianzas entre camaradas, como las de Pereza con Quique González, Ketama con Antonio Vega o el cuarteto formado por Jaime Urrutia, Loquillo, Bunbury y Andrés Calamaro.

Canciones repletas de anécdotas. ¿Por qué a Antonio Carmona, de Ketama, le costó que le dejaran cantar con Antonio Vega? ¿Cómo se fraguó la alianza entre Leiva e Iván Ferreiro? Descubrirlo en el libreto mientras se disfruta de la escucha seguro que es un placer.

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Muñoz Molina, libre de pudor

Cultura ElPaís - Sáb, 22/11/2014 - 00:10

"Pocas veces me he visto tan arrastrado por una historia”, dice Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) en su casa de Madrid. “Ha sido un año de intensidad”. El año es lo que ha tardado en escribir su nuevo libro, Como la sombra que se va (Seix Barral), que se publica el martes que viene. La historia es, resumiendo mucho, esta: 4 de abril de 1968. James Earl Ray, de 40 años, asesina en Memphis a Martin Luther King y huye. Entre el 8 y el 17 de mayo se esconde en Lisboa, donde trata de hacerse con un visado para Angola, para Rodesia, para donde sea.

Diciembre de 2012. Muñoz Molina espera en un café del Chiado a su hijo, que vive en la capital portuguesa. El muchacho cumple 26 años y el padre recuerda las dos noches que él mismo pasó solo en la ciudad en enero de 1987, cuando el niño tenía un mes. Sobreponiéndose a la mala conciencia de dejar atrás a la familia, iba buscando inspiración para una novela que empezó llamándose El invierno en Florencia y terminó siendo El invierno en Lisboa. Galardonado con el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura, fue el libro que cambió la vida a su autor, que por entonces era un funcionario raso del Ayuntamiento de Granada dividido entre la vocación literaria y las ataduras domésticas, y hoy es académico de la RAE y premio Príncipe de Asturias de las Letras. El catedrático de historia contemporánea Justo Serna acaba de dedicar un libro a su obra: Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos (Fórcola).

Octubre de 2013. Muñoz Molina y Elvira Lindo, su segunda esposa, pasan un mes en Lisboa. Él va a trabajar en una novela de la que lleva escritas 120 páginas y que nada tiene que ver con todo lo anterior. Sin embargo, cuando se pone a ello, la memoria y la imaginación se desatan. La obsesión por Ray —pisar las calles que pisó, leer las novelas baratas que leyó, fatigar los archivos del FBI— se cruza con su propio pasado y se lanza a escribir. El resultado es una absorbente reconstrucción de los días del asesino en Lisboa y, paralelamente, el descarnado examen de conciencia de un autor que habla crudamente del hombre que era hace casi tres décadas: un “adolescente tardío”, un novelista que “tocaba de oído”. Elvira Lindo —cuya presencia atraviesa todo el relato— fotografió durante meses los escenarios de esa escritura. Algunas de sus instantáneas, comentadas por ella misma, forman ahora parte del volumen Memphis-Lisboa, publicado por Oficio Ediciones.

PREGUNTA. ¿Cuenta con que el lector puede sentir empatía con el asesino? Aislado y perseguido, a veces uno casi desea que se vaya a Rodesia y lo dejen tranquilo.

RESPUESTA. Eso no se calcula. Cuando eliges escribir sobre un personaje así es porque hay algo que te atrae, claro, aunque sea algo no sé si morboso. Existe ese dicho francés de “tout comprendre c’est tout pardonner”, y aunque no es exactamente así, tú quieres comprender. Sobre todo cuando se trata de gente de la que tienes mucha información, pero de la que te falta la información fundamental. Porque Ray nunca confesó. Los testimonios que hay sobre su racismo vienen de terceros. Si te acercas mucho a una vida ves que es muy compleja y que no puede resumirse en una caricatura. Sientes un profundo rechazo a lo que hizo, pero si comparas la infancia de este hombre con la de Martin Luther King, la de King es bastante mejor. La novela como arte tiene la pasión por mostrar, quiere mostrarlo todo desde todos los puntos de vista.

P. Hay quien piensa que comprender es justificar.

R. Yo creo que no. Tenemos el instinto de querer comprender lo que sucede en la mente de los demás. Es uno de nuestros rasgos fundamentales como especie, pero eso no puede llevarte al relativismo de decir: sufrió tanto...

P. Visto tan de cerca, el asesino es un tipo maniático pero educado. También Martin Luther King era normal. El malo no es el demonio y el bueno no es un ángel.

R. El bueno es una persona extraordinaria que se ha visto llevado por las circunstancias. Y eso lo hace más interesante. Lo curioso de King es que se convirtió en un héroe porque lo mataron. En 1968 estaba siendo muy contestado. En esos meses es un hombre cansado y asediado. Por la izquierda, por los Panteras Negras; por el lado más templado, debido a su evolución hacia la reivindicación de la justicia social —no solo de los derechos civiles— y contra la guerra de Vietnam. Para unos es un burgués traidor; para otros, un extremista peligroso.

P. ¿Al escribir pensaba en un hipotético lector americano? Martin Luther King no significa lo mismo para un europeo que para un estadounidense.

R. Es un ejercicio mental complejo. Por una parte, no puedes escribir pensando en un tipo determinado de lector porque el proceso de escribir tiene que ser soberano. Por otra, es inevitable. Ya me pasó con La noche de los tiempos. Tenía que escribir pensando que había lectores que necesitaban más información que otros. Tenías que tener esa astucia en la cabeza, pero eso no podía llevarte a simplificaciones pedagógicas. Hay una cosa que he aprendido y es que el lector de literatura se parece mucho universalmente. Dejando aparte el grado de información que se tenga, el lector es bastante homogéneo. Uno alemán se parece bastante a uno español o inglés. El texto final lo sometí a un lector cualificado americano para evitar meter la pata en cosas que son mucho más delicadas para un americano que para un español. Cuestiones raciales, por ejemplo. Nosotros somos mucho más laxos.

P. ¿Y había acertado con el tono?

R. En algunos casos se me había ido un poco la mano. Aquí todo el mundo se ríe de la corrección política, pero en sitios donde la gente conserva la memoria de la discriminación hay que ser más cuidadoso.

P. Otra de las precauciones que toma es usar iniciales para un personaje, la prostituta que conoce a Ray.

R. Esta mujer fue prostituta y muy probablemente todavía vive. Te mueves en la tensión entre contar con naturalidad y no invadir la vida de otros.

P. Las iniciales son un recurso de la no ficción, pero usted habla de novela. Todos los personajes son reales, ¿por qué no es un libro de no ficción?

R.Pues no lo sé. De lo que estoy seguro es de que cualquier elemento de ficción colocado en un texto lo convierte todo en ficción. ¿Por qué esto es ficción? Porque me atrevo a hablar desde el interior de la conciencia de los personajes. Lo que cuento está muy contrastado, pero no sé si estaban pensando lo que yo digo que estaban pensando. ¿Y sabes lo que es más ficción? El todo. Ficción no es solo inventar, ficción es organizar de una cierta manera. Muchos rasgos que se dice que son de la novela de ahora han estado ahí desde el Quijote. El límite borroso entre lo inventado y lo no inventado, por ejemplo. El Lazarillo se presenta como una autobiografía. Paco Rico lo dice siempre: el Lazarillo no es anónimo, es apócrifo. Esa es una intuición admirable.

P. Quizá se piensa en la novela del XIX.

R. Cuando se habla de la novela del XIX me quedo estupefacto. Hay tantas novelas distintas en el siglo XIX, tan radicalmente experimentales en muchos casos. Oyes eso y te imaginas una novela robot, convencional, costumbrista. ¿Dónde está esa novela? Porque La educación sentimental no es así.

P. Tal vez novela es lo que leemos como novela. Su libro cambia si el lector sabe mucho de Martin Luther King o de usted.

R. En el mundo anglosajón está más claro porque se presta mucha más atención a la veracidad comprobable de los hechos. Hay un pacto. La no ficción tiene muy limitada su libertad. Tienes libertades formales, pero no con los hechos.

P. ¿Y no sucede que el autor quiere que lean su libro como novela porque el lector le da más valor? En la presentación de Lo que me queda por vivir, usted recordó haberle dicho a Elvira Lindo que no hablara de los capítulos como de cuentos porque la gente lo iba a valorar menos.

R. Es que somos así de simples, sobre todo en un país como el nuestro en el que todo el mundo está buscando siempre motivos para no leer. La gente dice: “¿Cuentos? No me interesa”. ¿Cómo puedes, hablando de literatura, decir “no me interesa”?

P. Para mucha gente no es lo mismo una novela de Muñoz Molina que un libro sobre el asesino de Martin Luther King.

R. Claro. En España hay mucho menos respeto a la no ficción porque parece que no es literatura. Tenemos muy enraizado que en el fondo lo que es literatura es la novela. Parece que la no ficción tiene siempre una categoría menor. Eso en un país en el que han escrito Josep Pla y Chaves Nogales.

P. El libro tiene mucho de examen de conciencia cuando habla de 1987. Queda usted bastante mal en su autorretrato. “Ahora es cuando siento vergüenza”, llega a decir.

R. Es que es así. La novela surgió de esa contraposición repentina. Me dije: estuve aquí hace muchos años, en un viaje medio furtivo con este niño, que ahora tiene 26 años, recién nacido. Al principio eso iba a tener un sentido estrictamente literario: ver cómo cambia la idea que uno tiene sobre la ficción. Pero empiezo a escribir y me acuerdo del día en que nació mi hijo y del disco que estaba escuchando en ese momento. Eso desató algo que yo no tenía previsto y me puse a explorar por ahí, con mucho desconcierto. No quería hacer un juego metaliterario. Fue saliendo esa parte y muchas veces era difícil, pero si quieres ser honrado hay cosas que tienes que contar. Para que tenga sentido la construcción total.

P. ¿No es arriesgar mucho?

R. No. Una de las cosas que he aprendido en Estados Unidos es que se puede escribir con franqueza sobre la propia vida, y que ese ejercicio puede ser valioso. Nosotros somos muy pudibundos. Lo que yo he contado en comparación con las memorias de un americano o de un inglés... No es que ellos sean desvergonzados, es que tienen una integridad y esa idea de que las cosas tienen que ser contadas. Eso me ha alentado mucho. En un capítulo cuento que de repente me suceden cosas que no me hubieran sucedido si no hubiera escrito El invierno en Lisboa y que cambian mi vida. Ya alguna vez había contado que había visitado a Onetti, pero es que no solo había visitado a Onetti, es que la noche antes había tenido un deslumbramiento amoroso. Tú cuentas lo de Onetti y estás en un territorio seguro, porque es literario, pero las personas no somos solo literatura. ¿Que eso tiene ciertos riesgos? Tiene un riesgo literario no ya por cómo será juzgado, sino porque puede no sostenerse.

P. Y personal, ¿no? Uno va leyendo y se pregunta: ¿qué pensarán sus hijos?

R. Eso también está muy medido. Ahí es donde tienes que tener más cuidado. Lo que no voy a hacer es arriesgarme a hacer daño a las personas que más quiero. Pero también las personas adultas tienen que enfrentarse a las cosas. Qué le vamos a hacer, hemos sido así. Somos así.

P. Del autor de El invierno en Lisboa dice que “escribía de oídas”.

R. No creo que una verdad contada honradamente haga daño. Queda dañada una visión edulcorada y romántica del escritor, pero no tenemos ninguna necesidad de ella.

P. ¿Y ahora cómo toca? ¿Se aprende a tocar?

R. Aprendes a considerar cada cosa que pones con mucho más cuidado, aprendes una especie de integridad.

P. ¿Ha releído El invierno en Lisboa?

R. No way. La leí por última vez por obligación hará como 15 o 16 años, para revisar una traducción. No puedes arreglar un libro como no puedes arreglar el pasado.

P. ¿Y qué impresión le dio hace 15 años?

R. [Sonríe. Silencio] No sé… Había demasiado humo. En muchos sentidos.

P. Es curioso releer las crónicas de 1987: la presentación del libro en un bar, la expectación después del éxito de Beatus Ille

R. Un éxito muy relativo, retrospectivo sobre todo.

P. Bueno, publicar en Seix Barral después de pagarse usted la edición de su primer libro

R. Es un salto tremendo, sí. En esa época hubo una serie de éxitos repentinos de libros literarios de gente desconocida. Había empezado con El misterio de la cripta embrujada. Mendoza había publicado antes el Savolta, pero su éxito vino con La cripta. Aparecieron Ferrero, Llamazares, Marías llegó a más lectores, Soledad Puértolas, Martínez de Pisón, García Sánchez…Cuando publiqué El invierno en Lisboa pasé por Madrid y fui a la Feria del Libro con la ilusión de ver mi novela. No estaba. De pronto la gente empezó a leerla. Luego dicen que todo está planificado. Había escritores, pero lo que empezaba a haber era un público. Los escritores creaban el público al hacer la novela.

P. En una entrevista de aquel año, dice que la narrativa joven era un invento.

R. ¿Sabes lo que era un invento? Esa impaciencia por crear caracteres comunes. Me llamaba la atención que se insistiera tanto en que éramos jóvenes. ¿Qué mérito tiene serlo? Yo pensaba en la edad a la que se habían escrito grandes libros. Entonces El gran Gatsby también es narrativa joven.

P. El invierno en Lisboa ganó el Premio Nacional de Literatura. Luego volvió a ganarlo El jinete polaco. ¿Qué piensa de los que están renunciando a esos premios?

R. Que todo el mundo tiene que hacer aquello que en conciencia cree que tiene que hacer, pero también pienso que los gestos de uno tienen que ser coherentes. Pensemos en Jordi Savall. El jurado del Premio Nacional de Música es gente de primera fila, y algunos se sintieron muy ofendidos. Si tú recibes el Premio de la Generalitat y lo agradeces y, a continuación, recibes el Nacional y dices que no, ¿qué pasa? ¿Que la Generalitat tiene una gran política cultural, que no tiene recortes? Hay que protestar contra la política de este Gobierno, que es brutal y destructiva, parecida a la de otros Gobiernos y no solo centrales. Pero ¿y si recibes el premio y lo donas? Además, uno puede, honradamente, necesitar el dinero. A lo mejor a mucha gente, tal y como están los trabajos artísticos, el premio le resuelve una parte de la vida. Eso es muy respetable. Cuando yo gané el Planeta me preguntaban en qué vas a gastar el dinero. Pensaba: ¿por qué no se lo preguntan a los arquitectos? Como te dedicas a estos trabajos parece que tienes que vivir miserablemente.

P. ¿Le cambió más la vida el Premio Nacional o el Planeta?

R. El Nacional, vamos, el éxito comercial que desató, porque me permitió algo a lo que aspiran las personas honradamente: a mejorar de posición y a tener una temporada de desahogo. Eran dos millones y medio de pesetas, pero si trabajas de auxiliar administrativo y ganas 60.000 pesetas al mes…

P. Cuando el año pasado publicó Todo lo que era sólido hubo quien dijo que su crítica a la degradación de la vida pública quedaba algo desautorizada porque había ganado un premio tan rodeado de sospechas como el Planeta.

R. Mira, yo hice una novela bastante poco comercial, me presenté a un premio porque en ese momento, por razones biográficas, me venía bien poder tener un poco de holgura económica, lo gané y, a lo largo de los años, de sobra he cubierto el adelanto que me pagaron.

P. ¿No se la encargaron? Suele decirse que por política editorial y de promoción...

R. Es un premio comercial, claro que sí. Yo no sé en otros casos, en el mío no tengo nada que disimular. Cuando gané ese premio hubo gente a la que yo tenía afecto que incluso me negó el saludo. Luego, curiosamente, alguno de ellos se presentó y lo ganó. Yo decía: “Esperad a leer la novela”.

P. Pero no es un premio cualquiera. Se presentan 500 personas y se le supone una buena fe que está muy en entredicho.

R. Sí, pero imagínate una novela como El jinete polaco las posibilidades que tiene de ser una novela de encargo.

P. En Todo lo que era sólido planteaba la necesidad de una rebelión cívica. ¿Se ha producido?

R. Creo que se está produciendo. Lo que más esperanza me da es que la corrupción ya no es impune.

P. ¿Y el 15M y Podemos? Al leer rebelión tiende a pensarse en ellos, no en los jueces que hacen su trabajo.

R. Es que eso era lo que yo decía, que cada uno hiciera lo que tenía que hacer. Esa es la parte que me interesa. Me parece cansino que se hable siempre de lo mismo. Hay aspectos de la realidad sobre los que nunca se dice nada: la educación, el medio ambiente…Hay una inflación verbal a la que no quiero sumarme.

 

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Juan Marsé, entre el rescoldo de la memoria y el asco del presente

Cultura ElPaís - Sáb, 22/11/2014 - 00:00

“Tal vez un primer latido, no consciente, está en la imagen de mi abuelo materno haciéndome aviones de papel con hojas de periódico; pero la primera chispa fue la fotografía de seis adolescentes judíos descalzos y desarrapados, sentados en el bordillo de una acera en el gueto de Varsovia”. Esa instantánea provocó otro latigazo en la memoria de Juan Marsé, de la primera posguerra y de cuando niño: “En la calle Camelias, cerca de donde vivía, había un centro de ayuda social donde daban un vaso de leche gratis a los críos; hasta ahí bajaban chavales de las barracas del monte Carmelo, descalzos, tiñosos, con sarna entre los dedos de las manos, y costra en sus cabezas peladas… Eran unas pandillas temibles, unos golfos, pero eran bien libres y yo les envidiaba eso”.

De esas esquirlas de realidad muy lijadas acaba de nacer Noticias felices en aviones de papel (Lumen), novela breve que ampliará el elenco de imágenes y personajes míticos del autor de Rabos de lagartija (2000): al Jan Julivert (Un día volveré), a Teresa Serrat y El Pijoaparte (Últimas tardes con Teresa) o al Teniente Bravo (que da nombre al libro de relatos) quizá se añada la imagen de la anciana polaca Hana Pawli, exbailarina del Paralelo, judía que huyó del gueto de Varsovia como pareja de un oficial alemán, lanzando desde el balcón aviones de papel (a veces, también, yogures y fruta caducada…) con noticias buenas de periódicos en la Barcelona de los años 80. Y ello ante la mirada de Bruno, el quinceañero del piso de abajo hastiado de que su madre le envíe a ver qué necesita la loca vecina...

La fotografía es la portada de un libro que había de servir de documentación para un capítulo de la novela en la que trabaja Marsé (“ya tengo 100 páginas bastante acabadas de unas 250”) y que “creció”. Podría parecer que el tema de la obra es la imposibilidad de deshacerse de la memoria, leitmotiv querido en su trayectoria (“el puñetero aguijón de nuestra memoria”, escribe), pero no va muy lejos de su catálogo: “El eje es el aprendizaje de la solidaridad y la comprensión en la aventura del conocimiento de un adolescente resentido con el mundo de los adultos, medroso y desconcertado ante el testimonio espectral de un pasado horrible que pervive en la memoria herida de una anciana”, fija Marsé. El libro, con ilustraciones de María Hergueta (“siempre me cuesta esa traslación: ya me ocurría al ver los rostros de los personajes ilustrados de las novelas del oeste que yo imaginaba distintos al leer”) termina con la reproducción de la foto de los niños de Varsovia, en lo que podría parecer esa mezcolanza realidad-ficción tan vigente en la literatura actual. “Ningún libro mío antes llevó una imagen real: pero no creo en esto de la novela de no ficción o la ficción real, no lo veo, no me interesa en absoluto; son modas… La cantidad de hechos reales que puede contener una novela mía solo me interesa a mí; una novela ha de ser un todo: con que sea creíble para el lector es suficiente”.

Le incomoda que la actualidad aparezca en la ficción, pero cuesta no ver en Noticias felices… alguna coz o lamento sobre los días actuales: el “país gritón y malhablado” del que se queja la vieja Pawli (“Señora Pauli” para los vecinos), la gente que no quiere ver la realidad, (“da apuro mirar”, constata la anciana), una visión de cierta miseria, de posguerra alargada que hace pensar en la pobreza de hoy… “El hecho consciente y metódico de buscar engarces entre ayer y hoy no está; lo que dice Pawli está primero en función del personaje; si luego logro que en mis novelas haya resonancias de la realidad, mejor, pero primero está la novela, la ficción; para que la actualidad sea material novelesco en mí necesito que pase mucho tiempo”.

Aunque sí, la situación actual es “muy cansada”. Y aflora en el Marsé ciudadano. “Estoy hasta el gorro, saturado; sospecho que la imagen que da España al mundo es para llorar; nuestro politicastro corrupto de cada día salta a los medios, puntual y sonriente, algunos con una verborrea excusatoria tan burda y risible como insultante; otros envolviéndose en la bandera en la que previamente se han meado, como Jordi Pujol y señora, aunque son ovacionados; es fantástico…”. Pero “lo peor, lo más desvergonzado” dice, cuando se les escucha hablar, “como al presidente de Extremadura, Monago”, es comprobar “hasta qué punto son lerdos, incompetentes, mentirosos y vacuos, de una insolvencia verbal y una imbecilidad ostentosamente insultante… ‘¡Qué un burdo papanatas como este nos haya estafado!’, piensa uno; ¿cómo librarnos de la garrulería y la insidiosa memez de nuestros dirigentes?”.

Si Pawli podría ser un personaje a recordar (“es un poco Frankenstein de mujeres que conocí; por ejemplo, su manera de caminar es la de la portera que había en casa; creo que se refuerza el realismo de un personaje si lo construyes de detalles que hagan pensar al lector”), Marsé también cree que ha asesinado a un personaje con mucho juego en la figura de Raciocinio, el padre de Bruno que, como muchos progenitores de su literatura, va y viene por la vida del hijo. “Es un irresponsable; es un padre que no sabe ni puede ni quiere serlo”. Vive y ha salido de una comuna de hippies de los años 70, con los que Marsé, claro, ironiza, “como cualquier otro movimiento, o creencia o congregación o fe salvadora o como se llame lo que les unía… Aquellos hippies me daban una impresión de ingenuidad, de una bonhomía voluntariosa y perseverante que, sin embargo, no llevaba a nada… “No es ningún referente autobiográfico, si bien no es totalmente inventado”, corre a matizar, quizá pensando en la biografía que ha escrito José María Cuenca sobre él y que podría aparecer a principios del año próximo en Anagrama. “No, no habrá más giros dickensianos”, dice recordando el episodio de su adopción en un taxi. “Detalles sobre mi familia biológica que yo nunca me preocupé en seguir”, cierra.

Con “menos verbosidad”, como ya ocurría en Caligrafía de los sueños, (“concentro más la escritura: soy cada vez más exigente, no me conformo con la frase que escribo”) el joven de Noticias felices… se acaba inventando a su padre, o siendo hijo de sí mismo, otro hilo conductor narrativo del escritor; Bruno rechaza el mundo de los adultos y se niega a alimentar el pasado familiar, lo lamenta. Marsé no está en esa fase: “Nunca se me ocurriría rechazar el pasado; me puede estimular o no, pero el pasado es la materia de la que nos nutrimos: para un escritor, el pasado nunca acaba de pasar”.

Hay un cierto aire mentolado en el abarrotado despacho del terriblemente resfriado Marsé. Entre una navaja considerable, un dibujo de Batman de unos de sus nietos, figuritas de Betty Boop, imágenes anticlericales, su histórica foto en camiseta de tirantes en el taller de joyería, un libro sobre el papel de las mujeres en la novela negra y un papel reproduciendo una cita (“El esmero es la única convicción moral del escritor”), admite el escritor que comenta que por fuerza algunos sueños han volado, de alguna manera como dice Bruno atacando a su padre: “Me cago en los sueños que vuelan…”. Por fuerza. “Soy bastante pesimista con lo que está pasando; mi sueño es acabar una novela que esté bien; y seguro que lo que ya no sueño es en un buen gobierno para este país”. Aparece el “francotirador fronterizo, la posición idónea del escritor” que, dice, es lo único que puede ser quien es más “un simple narrador y no un intelectual que ejerce como tal”. Cataluña-España: ¿Soberanismo, confederación, independencia? “Estoy harto de eso: un servidor no es nacionalista, ni independentista, ni soberanista, ni españolista, ni catalanista, ni baturrista, ni feminista, ni ciclista, ni lampista, ni golfista, ni saxofonista… ¿Queda claro?”. Y ya más literario, se refugia en una variante de la respuesta que ofrece Stephen Dedalus en el Retrato del artista adolescente de Joyce: “Me estás hablando de nacionalidad, de soberanía, de lengua, de religión. Pues bien, estas son las redes de las que estoy intentando escapar”.

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El Comidista, premio especial del jurado de Bitácoras 2014

Cultura ElPaís - Vie, 21/11/2014 - 21:59

El blog El comidista de Mikel López Iturriaga y Mónica Escudero, que se publica en la web de EL PAÍS, ha recibido esta noche el premio especial del jurado de los galardones Bitácoras, que promueve Bitacoras.com, la mayor red social de bloggers existente en español, que cuenta con más de 300.000 usuarios registrados y medio millón de blogs indexados. El sistema analiza y monitoriza la actividad de la blogosfera para destacar los contenidos más relevantes. Los Premios Bitácoras nacieron cuando apenas comenzaba el fenómeno blog en España y hoy en día son una plataforma de difusión de las páginas en español.

Los galardones, que van ya por su décima edición, tienen la singularidad de que son los propios blogueros los que premian a sus colegas. Con la entrega de los premios, celebrada esta noche en La Casa Encendida, se cierra un proceso iniciado el pasado 24 de septiembre. Desde esa fecha y durante un mes y medio, el público ha podido votar a sus bitácoras favoritas. El pasado viernes 7 de noviembre se cerraron las votaciones con un excelente registro de participación a pesar de haberse reducido el periodo de votaciones respecto a ediciones anteriores: 15.827 blogs nominados y 162.315 votos emitidos por parte del público.

Tras la designación de los finalistas mediante el voto de los internautas, ha sido un jurado compuesto por reconocidos profesionales de la blogosfera y la comunicación online el encargado de decidir los ganadores en las categorías que componen el certamen, salvo en la de "Mejor Blog del Público" cuyo ganador es aquel que directamente ha obtenido el mayor número de votos en el global de todas las categorías. Los ganadores de esta edición han sido:

Premio Especial del Jurado: El Comidista

Mejor Blog del Público: Cuentos infantiles cortos

Mejor Twitter: Policía en Twitter

Mejor Videoblog: elrubiusOMG

Mejor Blog de Humor y Entretenimiento: Mi Mesa Cojea

Mejor Blog de Fotografía: rubixephoto

Mejor Blog de Cine y TV: La culpa es del script

Mejor Blog de Periodismo y Política: Malaprensa

Mejor Blog Gastronómico: Recetas de rechupete

Mejor Blog de Salud: Psicocode

Mejor Blog de Tecnología e Innovación: Engadget en español

Mejor Blog de Educación: El Blog de Educación y TIC

Mejor Blog de Motor: Actualidad Motor

Mejor Blog de Seguridad Informática: El lado del mal

Mejor Blog de Belleza y Moda: Pretty and Olé

Mejor Blog de Marketing y Social Media: No sin mis cookies

Mejor Podcast: Memorias de un tambor

Mejor Blog de Ciencia: DIMETILSULFURO

Mejor Blog de Acción Social: ¿Qué mal puede hacer?

Mejor Blog de Viajes: Imanes de viaje

Mejor Blog Personal: Home Sapiens

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El Gobierno rescata el Liceo de la quiebra con 4,1 millones

Cultura ElMundo - Vie, 21/11/2014 - 18:40
Conceden a la institución una "subvención directa". Sáenz de Santamaría lo pone como ejemplo de apoyo del Estado en Cataluña. Leer
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El Real rendirá homenaje a Caballé el 9 de diciembre con un concierto

Cultura ElMundo - Vie, 21/11/2014 - 18:01
Reconocidas sopranos vinculadas con la cantante barcelonesa interpretarán piezas que recordarán sus triunfos. Leer
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Las privadas creen 'poco informado' a quien quiera publicidad en TVE

Comunicacion ElMundo - Vie, 21/11/2014 - 17:44
Uteca considera un "sinsentido" el regreso de la publicidad a TVE mientras las privadas financien a la pública: "Si las televisiones privadas financian las operaciones es a cambio de que no haya publicidad". Leer
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Guillermo Martínez gana el Primer Premio de Cuento Gabriel García Márquez

Cultura ElMundo - Vie, 21/11/2014 - 17:36
El escritor argentino se alzó este viernes con el premio gracias a su libro 'Una felicidad repulsiva', galardón que le entregó en Bogotá el presidente colombiano, Juan Manuel Santos. Leer
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Penélope Cruz protagonizará la segunda entrega de 'Zoolander'

Cultura ElMundo - Vie, 21/11/2014 - 17:20
La actriz madrileña participará en la alocada comedia dirigida y coprotagonizada por Ben Stiller. Leer
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El grupo Zeta negocia con Lara para que tome el 23% de 'El Periódico'

Comunicacion ElMundo - Vie, 21/11/2014 - 13:58
De llevarse a cabo la operación, el empresario entraría a formar parte del nuevo consejo de administración de El Periódico, que estaría presidido por Asensio. Leer
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