Miscelanea

Eduardo Arroyo ante cuatro décadas de obra en lápiz

Cultura ElPaís - Mar, 01/12/2015 - 02:53

Tina, aquella chica del año 65, o los despreocupados muchachos de los ochenta con gafas de cristales azules y rojos. Jack Johnson y Panama Al Brown, púgiles de leyenda. Miró, Dali y Peggy Guggenheim, “que esa sí que compraba cuadros a diario”. U Orson Welles y Fantomas, siempre Fantomas. Una línea trazada con lápices de colores une el rastro de tan marcadas personalidades en la primera presentación en cinco años para una galería de Madrid del pintor Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), que reúne cuarenta años de obra sobre papel, con piezas nunca vistas, en el espacio de Álvaro Alcázar del barrio Salamanca. Es el trabajo de toda una vida al servicio de los viejos Alpino, primero, y de los “eficaces” Faber Castell de tiempos más recientes. “Empecé a usarlos de niño, cuando en casa me tenían prohibidas la tinta china y las acuarelas, que lo ponían todo perdido”, explica Arroyo, con robusta decisión, mientras va de un lado a otro, guiado por el capricho de sus recuerdos.

La visita puede funcionar como un repaso a una de las trayectorias más decisivas del arte español del último medio siglo, un viaje que se remonta a los tiempos previos a su “marcha a París”, adonde el joven Arroyo llegó en 1958 para abrirse paso sin contactos en la temible ciudad, firmar algunas de las páginas más brillantes de la figuración narrativa y, de paso, pegarle una paliza pictórica a Duchamp (en el cuadro Vivir y dejar morir. El fin trágico de Marcel Duchamp, firmado con Aillaud y Recalcati y expuesto en el Reina). “Siempre he dibujado compulsivamente”, explica el artista, “no paro ni cuando estoy hablando por teléfono, y nunca he sido de tirar nada”. De la suma de esas costumbres resulta una “antológica de los iconos más constantes de mi carrera".

De la mando de estos viejos conocidos, Arroyo regresa, tras sendas exposiciones en grandes instituciones (el Prado y el Círculo de Bellas Artes), al terreno primigenio para la apreciación y el moderno intercambio artístico: la galería. En un momento en el que estas, acosadas como están por el IVA y la falta de sensibilidad institucional, pugnan por su sentido. “No han bastado estos años de democracia para conseguir crear un mercado en este país”, lamenta el pintor. “En cuanto vienen mal dadas, se ve la fragilidad del sistema, se ha comprobado que carecía de espesor, y han cerrado algunos espacios importantes. Pero el IVA es una broma, es el chocolate del loro. El problema es que aún todo gira en torno a Arco, y eso no puede ser. Por no hablar del despilfarro institucional; todos esos estúpidos museos autonómicos de arte contemporáneo con colecciones inexistentes y que ahora tendrán que convertirse en ambulatorios. Todos somos culpables, los artistas también, que en cuanto nos dieron un poquito de dinero olvidamos las luchas verdaderas, las batallas culturales”.

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Cannes seduce con Mastroianni

Cultura ElPaís - Hace 2 horas 54 mins

“Es una fiesta la vida. ¡Vivámosla juntos!”, decía Marcello Mastroianni en Ocho y medio, de Federico Fellini. Y la frase bien podría acompañar al actor y a sus gafas negras en la imagen que el festival de cine más conocido del planeta ha escogido para presentar su 67ª edición. Tras Marilyn Monroe en 2012 y Paul Newman y Joanne Woodward en 2013, Cannes sigue apostando por el blanco y negro y dedica a Mastroianni el cartel de este año, que ha hecho público hoy.

A partir de un fotograma de Ocho y medio, que fue presentada en la Selección oficial de Cannes en 1963, los creadores Hervé Chigioni y Gilles Frappier han diseñado y elaborado el cartel. "Su mirada por encima de sus gafas negras nos hace cómplices de una promesa de alegría cinematográfica mundial", explica Chigioni en un comunicado hecho público por el festival. "De la mano de Marcello Mastroianni y Federico Fellini, celebramos un cine libre y abierto al mundo, y reafirmamos la importancia artística del cine italiano y europeo a través de una de sus figuras más emblemáticas", añade el documento. En el fondo, las películas de Italia contarán con otro homenaje, ya que a lo largo del festival se podrá visitar una exposición dedicada a Cinecittá.

Así, el certamen calienta motores a la espera de que mañana se anuncien las películas que competirán en la sección oficial y en la categoría Una cierta mirada de su 67ª edición, que se celebra entre el 14 y el 25 de mayo. De momento, tan solo hay una certeza: Party girl, codirigida por Marie Amachoukeli, Claire Burger y Samuel Theis, abrirá Una cierta mirada, cuyo ganador se conocerá el 23 de mayo.

Lo demás son rumores y predicciones. Muchos coinciden, eso sí, en indicar a Alejandro González Iñárritu, Ken Loach, Tommy Lee Jones y David Cronenberg como algunos de los probables participantes en la competición oficial. Las quinielas también sugieren que ninguna película española optará a la Palma de Oro, así como apuestan por la presencia de Woody Allen con su Magic in the Moonlight. Eso sí, fuera de competición, ya que el estadounidense dejó bien claro en 2012 que el festival de Cannes es una "pesadilla psicológica".

La directora australiana Jane Campion, única cineasta en ganar una Palma de Oro (en 1993 con El piano), presidirá el jurado de la sección oficial, cuyos otros miembros se darán a conocer en los próximos días. Y el cineasta argentino Pablo Trapero presidirá el jurado de Una cierta mirada.

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“Papá, ¿por qué somos refugiados?”

Cultura ElPaís - Hace 8 horas 12 mins
El corto documental 'Carmel y Mohammed' narra el drama de la franja de Gaza a través de los ojos de sus niños
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Ana Mato intenta convencer a las TV de que adelanten el 'prime time'

Comunicacion ElMundo - Hace 15 horas 25 mins
El Plan Estratégico de Igualdad de Oportunidades de la ministra de Sanidad apuesta por un horario de máxima audiencia que no pase de las 23.00 horas. En España, se extiende en ocasiones más allá de la 01.00. Leer
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Pequeños detalles, grandes certezas

Cultura ElPaís - Hace 18 horas 48 mins

Él no era el llamado a tamañas hazañas. Sí, Asghar Farhadi (Isfahan, 1972) tenía cierto nombre, éxito de taquilla en su país, Irán, y premios en festivales de Chicago y Moscú. Su cuarta película, A propósito de Elly, fue el aviso mundial: ahí había un creador más cercano en ritmo a los gustos occidentales que sus maestros compatriotas. Y llegó Nader y Simin (una separación): Oso de Oro y dos candidaturas al Oscar en mejor guion original y película de habla no inglesa. Obtuvo el segundo y se convirtió en el primer iraní en lograrlo. Ni Kiarostami, ni un miembro del clan Makhmalbaf, ni Ghobadi, ni Panahi, ni Majidi…

Hace cinco años, nadie hubiera imaginado que Farhadi levantaría esa estatuilla. Ni tampoco que estuviera en una carpa-bar en Cannes respondiendo preguntas sobre su última película, El pasado, entre botellas de champán y camareros-armarios.

Él no entra en ese juego. Al contrario que en sus películas, repletas de elipsis, de información que el espectador exprimirá de algunos diálogos y situaciones (lo que ayuda a que sean filmes de varias capas), en persona Farhadi habla mucho, de manera pausada. Entiende el inglés, pero prefiere esperar a la traducción. Le molesta el ruido —pedirá dos veces cambiar de sitio—, porque necesita “que queden claras” sus palabras.

En El pasado esas palabras pesan mucho. Tanto si han sido dichas como si no. Fruto de un encargo, Farhadi aceptó rodar en París, aunque con un guion propio, con Marion Cotillard. La actriz se bajó del barco y en su lugar entró Bérénice Bejo (The artist), como mujer que recibe la visita de su exesposo iraní, que llega a París a firmar el divorcio. “Para mí las cosas no cambian dependiendo de dónde ruede mi trabajo. Sí estoy como guionista ahondando en los sentimientos, y por eso puede dar la sensación de que El pasado es distinta”. Como su trabajo precedente, en el motor de la trama habita una ruptura amorosa. “Porque a mí lo que me gusta es hablar de la familia, la unidad mínima social a mi entender, es algo pequeño y peculiar, y de ahí puedes extrapolar teorías sobre la sociedad”. ¿Y da lo mismo el país en el que ruede? “Sí, para mí el ser humano es el mismo esté donde esté. Ha sido un placer rodar en Francia. No puedo compararlo con otras experiencias porque siempre he filmado en casa. El contexto era distinto —de ahí, por ejemplo, la aparición de elementos cristianos en mi guion—, la manera de trabajar y los temas, los mismos. Así que por un lado estaba tranquilo y por otro, por la novedad de rodar en el extranjero, sentí una frescura que devino en el placer de esa experiencia”.

Sobre los premios, numerosos, ganados con sus películas precedentes, Farhadi asegura: “Como persona no me han cambiado. En nada. En lo profesional sí. Siento más confianza en mi labor, respaldan mi tarea de profundizar en las relaciones humanas, complejísimas, fascinantes, sin miedo al rechazo del público y de la crítica”.

Entramos en el terreno Farhadi: en el guion cada evidencia mostrada se convierte en una nueva duda y a la vez en otra pieza del puzle cinematográfico. “Así es en la vida real. Nunca puedes estar seguro de nada, nunca puedes olvidar que lo que percibes es lo que te lleva desde tu ángulo. Si te mueves, cambiará el punto de vista, hasta el aspecto moral; si pides la opinión del mismo hecho a tus vecinos, te llevarás una sorpresa”. Y enlaza su discurso: “Si tienes dudas de los pequeños detalles de la vida, ¿cómo estar seguro de las grandes certezas?”. Y por eso no tiene respuestas para preguntas generales: “Yo no sé si un ser humano puede cambiar o no, o si la humanidad puede hacerlo. Yo lo que sé es que me gusta abrir ese debate, provocar reflexiones entre la audiencia. No sé si me acerco al corazón del ser humano, solo sé que me acerco cada vez más a los problemas cambiando el ángulo. Lo siento, no logro explicarlo mejor”. Algo más clara tendrá su opinión sobre la persecución y detención sufrida, entre otros, por cineastas de su país como Panahi: “En mi caso, al haber rodado en Francia, no he tenido que pedir ningún permiso a mi Gobierno. En cuanto al caso de Panahi y de otros, todos hemos mostrado nuestra preocupación por lo ocurrido, y solo deseo que no se extienda a otros artistas y que un día todos los cineastas iraníes podamos rodar en libertad”.

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La pretérita intensidad

Cultura ElPaís - Hace 18 horas 48 mins

El azar cruza puntualmente los pasos de un otoñal profesor de instituto de camino al trabajo y de una enigmática muchacha al filo del abismo (y del suicidio) en esta adaptación de la novela homónima de Pascal Mercier que El Aleph publicó en castellano en traducción de José Aníbal Campos. El danés Bille August lleva el libro a imágenes con un academicismo bastante desganado, que ha espoleado entre la crítica internacional severos juicios que coinciden en sancionarla como fósil fuera del tiempo. No obstante, asumida su condición de anacronismo expresivo, sería excesivo no reconocer en las claves clásicas del cineasta una cierta habilidad para no perder el hilo de la trama entre sus diferentes niveles narrativos.

Un impulsivo viaje a Lisboa que quizá resulte más convincente sobre el papel que en la pantalla convierte al profesor Raimund Gregorius (Jeremy Irons) en interlocutor póstumo de la voz de un hombre muerto: el intelectual pessoano Amadeu Prado (Jack Huston), que, enfrentándose a sus orígenes familiares, fue figura clave en la trastienda de la revolución de los claveles. Planteada como una investigación sonámbula desarrollada por un sujeto desubicado, Tren de noche a Lisboa termina desvelando la tragedia de un triángulo amoroso en una encrucijada histórica que parece el reverso desencantado del que en su día inmortalizaría Casablanca (1942). La estrategia narrativa afirma como tema de fondo el contraste entre la intensidad de un heroísmo marcado por la fatalidad y la muerte en vida de los tiempos anti (o post)-heroicos. Todo es viejo, discursivo y sumiso al original literario, pero no necesariamente inepto.

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Telarañas en el alma

Cultura ElPaís - Hace 18 horas 48 mins

Un ingenioso guion de Scott Neustadter y Michael H. Weber permitió a Marc Webb debutar como director con un particular hito de la moderna comedia romántica que le convirtió —en una decisión ejecutiva algo arriesgada— en candidato ideal para hacerse cargo del reboot de la franquicia Spiderman.

(500) días juntos, con su estructura fragmentaria y su mirada sobre la fragilidad sentimental masculina, tenía poco que ver con el cine de superhéroes, pero acreditaba a Webb como poseedor de una sensibilidad capaz de proponer a un Peter Parker convincente. Eso explica que lo mejor de sus dos lecturas del personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko no sean unas escenas de acción donde se luce más el departamento de imagen digital que el responsable de la puesta en escena, sino todo lo que tiene que ver con la vida civil (y emocional) del personaje: Andrew Garfield y Emma Stone, en las pieles de Peter Parker y Gwen Stacy, son, en definitiva, lo más convincente y verdadero también en esta secuela que, no obstante, supera el sentido del espectáculo de la entrega anterior y se esfuerza por encontrar una unidad orgánica para la trilogía en curso.

En The amazing Spiderman 2. El poder de Electro, Webb sigue alejándose del tono más o menos ingenuo y casi retro que Sam Raimi dio al personaje en claro homenaje a la etapa Ditko para seguir adensando la naturaleza traumática del personaje. Al comienzo de la película hay, eso sí, una eficaz persecución —vaciada de estilo personal— donde se unen estruendo y comedia y que deja claro que, en lugar de explorar nuevas soluciones formales, Webb se ha conformado con combinar una cámara inestable con las puntuaciones al ralentí modelo Zack Snyder.

Avanzado el metraje, una escena clave en la mitología del personaje, que Raimi esquivó y que no conviene desvelar, da pie al momento más contundente de un trabajo que en ningún momento se puede librar del todo de la sospecha de parecer otra rutinaria película de superhéroes.

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Favelas lisboetas

Cultura ElPaís - Hace 18 horas 48 mins

Si en alguno de sus diálogos no se dijera varias veces que estamos en Lisboa, bien podría acabar la película y que aún estuviéramos pensando que hemos visto un relato ambientado en las favelas de Río de Janeiro. Hasta ver la luz, opera prima del joven portugués afincado en Suiza Basil da Cunha, muestra una inédita Lisboa en el cine, la del lumpen, la droga, la violencia, las bandas. Y lo hace con hiperrealismo cercano al cine documental y con una hermosa fotografía, sobre todo la nocturna, que capta las luces y las sombras de un barrio a la deriva. Con credibilidad y cierta garra en una puesta en escena presidida por la cámara en mano, siempre cercana a los rostros. Eso sí, la historia (ni mínima ni minimalista, simplemente insuficiente) la hemos visto decenas de veces en películas de este estilo, pero mejores, ambientadas en otros países, sobre todo latinoamericanos.

Da Cunha, entre la no-narrativa y la narrativa tradicional, se queda a mitad de camino, y al final lo que habita en Hasta ver la luz son secuencias que se alargan en demasía, comandadas por discusiones entre jóvenes, actores no profesionales, que vienen y van, sin parar en ninguna parte y claramente inspiradas en esos ejercicios de improvisación que pocas veces sacan algo de jugo. Las imágenes tienen fuerza, pero ni el simbolismo del lagarto ni los apuntes de esoterismo enganchan lo suficiente como para escapar de la condición de curiosidad de cierto mérito formal.

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De gira con un mapa antiguo

Cultura ElPaís - Hace 18 horas 48 mins

En el número musical que abre esta película, ambientado segundos después de la feliz apoteosis que cerraba The Muppets (2001), los miembros del reparto afelpado del universo teleñeco cantan: “Estamos haciendo una secuelas lo que hacemos en Hollywood / y todo el mundo sabe que las secuelas no suelen ser tan buenas”. No es frecuente encontrarse con películas que lleven escrita su autocrítica en la frente y menos aún que esta resulte tan precisa y tan poco autoindulgente, porque, esencialmente, el quid la cuestión ante El tour de los Muppets es que esta segunda entrega de la afortunada resurrección de esa mitología cumple, desarma con su transparente autoconciencia y sí, en efecto, no es ni de lejos tan buena, ni tan carismática como el título que la precedió.

Los Muppets fue un afortunado accidente: de repente, una franquicia adquirida por una gran corporación era confiaba a un grupo de entregados fans —encabezado por el cómico Jason Segel— que convirtieron esa película inaugural en un festín para la nostalgia generacional y en un discurso sobre la inmadurez como resistencia que albergaba distintos niveles de lectura bajo su ligereza y espíritu lúdico. En El tour de los Muppets, el equipo de cómplices de Segel sigue ahí, pero él ya no está y uno se siente tentado a pensar si acaso no sería él quien ejercía de guardián de las escenas en el pelotón.

El tour de los Muppets se apropia del esquema de las películas de robos sofisticados —con el lejano modelo de La pantera rosa en el centro— para lanzar a los personajes de gira por una Europa delirante y fuera del tiempo que incluye gulags siberianos, guetos berlineses y un Madrid donde flamenco y sones mejicanos juegan a la fusión bajo el toro de Osborne y junto a un saqueado Museo del Prado. Hay buenos números musicales, un doble maléfico de la rana Gustavo y gags afortunados, pero todo en el interior de un conjunto algo desmañado.

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William Shakespeare, el mayor inspirador

Cultura ElPaís - Hace 18 horas 52 mins

Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido Shakespeare ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.

Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos. El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.

Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.

En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a este y le dice: “My hands are of your color; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.

Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.

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Notas para un ADN

Cultura ElPaís - Hace 18 horas 52 mins

“Nadie fue tantos hombres como aquel hombre, que a semejanza del egipcio Proteo pudo agotar todas las apariencias del ser”, dijo Borges sobre él en Everything and nothing. Shakespeare, esa esponja absoluta.

Sus ojos, sus orejas, su imaginación estaban siempre alerta. Absorbía todo, la vida de la calle, los conflictos religiosos y políticos, lo que se había escrito hacía varios siglos y lo que se estaba escribiendo en una taberna cercana. Como señaló Brook, sus obras se dirigían al público que buscaba entretenimiento, a los que anhelaban los alcoholes fieros de la emoción o la poesía, a los interesados en la psicología, la realidad social, la metafísica. En sus obras está todo eso al mismo tiempo. Entendía a los hombres y a las mujeres, a los jóvenes y a los viejos, a los reyes y a los mendigos. Entendía el amor y el odio en todas sus manifestaciones, bajo todas sus máscaras. Su panoplia de retratos cubre cualquier sentimiento humano. Y la naturaleza en todo su esplendor, las flores más humildes, huesos vueltos coral, grandes cataclismos. Una constante parece repetirse en la mayoría de sus obras: la fascinación por el poder y sus engranajes. Es el espejo más completo que podemos imaginar, porque refleja también lo que los personajes no se atreven a ver.

Escribía para sus actores. Escribía para la corte y escribía para el pueblo. El escenario desnudo le permitió una libertad absoluta, porque despertaba su imaginación y la del público. Parecía convencido (o así lo demostró) de que todo, absolutamente todo, podía llevarse al escenario: ahí queda, quizás irónico pero también desafiantemente real, el “Sale, perseguido por un oso” de Cuento de invierno. Saltos de tiempo y espacio, páramos del norte, grandes batallas, la antigua Roma, bosques habitados por la magia. Nadie igualó en el teatro su ambición narrativa ni la amplitud de su mirada.

Le benefició, como a todos los autores isabelinos, que los teatros se establecieran extramuros, en las llamadas liberties: la zona de las leproserías, los patíbulos, los burdeles, donde sus obras, lejos del poder municipal, podían jugar con el escándalo. En España, en cambio, los corrales solían estar en el centro de las ciudades; dependían de cofradías, Ayuntamientos, y, en última instancia, quedaban bajo la supervisión directa del poder real en la persona del Protector de los Hospitales, miembro del Consejo de Castilla. Quizás ese dato explique algunas diferencias. La diferencia última (también entre isabelinos, claro) es el puro genio.

Heredó una forma estricta, el pentámetro yámbico, y lo hizo resonar, vivo, humano, flexible. El pentámetro le marcó un ritmo, un patrón. Peter Hall señala que no escribía palabras sino líneas, y esas líneas marcan, sin indicaciones expresas, cómo el actor ha de decirlas, cómo ha de respirarlas, dónde están las pausas, dónde los galopes. Sus obras son partituras extraordinarias, concebidas para la interpretación. Demuestran, por si hiciera falta, que WS era un hombre de teatro, un hombre que encontró su lugar en una familia de cómicos y para ellos escribió poesía dramática. Lo teatral es su esencia, desde la noción central, tan cara al barroco, de que el mundo es un escenario, hasta esos personajes que representan un papel conscientemente: Hamlet, Yago, Ricardo III.

Como se dice de los mejores toreros, era un “completo”: dominaba todas las suertes. Su originalidad no reside en sus tramas, la mayoría de las cuales procedían de textos ajenos o crónicas históricas: quizás sus dos únicas historias “originales” sean La tempestad y El sueño de una noche de verano. Lo original era lo que hacía con ese material ajeno. Su estilo, su reescritura. Su virtuosismo lingüístico, su imaginación. La amplitud de su arco tonal. Su gusto por el detalle. Su forma de pasar de lo épico a lo íntimo en la misma escena. De escribir comedias terriblemente melancólicas. O tragedias sin lección moral clara, salvo que nosotros somos los responsables de nuestro destino, que no es poca enseñanza. O de reflejar, en todas sus obras históricas, la tensión fundamental entre vidas privadas y acontecimientos públicos. En la etapa final de su vida reelabora viejos (¿o eternos?) temas y ensaya una nueva forma, el romance escénico, en el que cabe todo: comedia, tragedia, magia, leyenda, melodrama, pastoral, relato fantástico. Parecía reinventar el teatro a cada nueva obra.

La noción de realidad es muy poderosa en Shakespeare. La sensación de que los personajes son reales (sufren, ríen, comen, sangran) es absoluta. Puede hacernos volar muy alto con su poesía, pero nunca pierde de vista la toma de tierra. Hay un naturalismo muy profundo en las acciones. Y también, claro, en el lenguaje. No me imagino a otro autor de su época haciéndole decir a Lear en su agonía, en mitad de una tirada poética, la frase “Por favor, desabróchame este botón”. Y, por otra parte, sus grandes personajes son inabordables: hay un misterio que siempre se escapa, siempre se escapará. No hay forma de apurar a Hamlet, Lear, Yago, Falstaff. Ni de encerrar en una definición a Rosalinda, Hermione, Cleopatra, Isabella, Viola, Beatrice. O a Ricardo II, esa gran reina.

Nunca sabremos lo que pensaba porque su teatro no toma partido: muestra. Como si nos dijera: “Esto es así, pero también puede ser de esta otra forma: como gustéis”. Para unos será conservador, para otros revolucionario. O ambas cosas. En sus textos orden y caos giran en una eterna rueda, al igual que el amor y su locura. Como bien dijo Richard Eyre, “lo que Shakespeare creía es la suma de sus obras, y no entender eso es no entender la naturaleza de todo dramaturgo”.

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¿Por qué cree que Shakespeare sigue fascinando cuatro siglos después?

Cultura ElPaís - Hace 18 horas 59 mins
Los lectores participan en el homenaje al dramaturgo inglés y tratan de descifrar el hechizo que este ejerce sobre ellos
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Una fiesta en Reino Unido

Cultura ElPaís - Mar, 15/04/2014 - 23:53

William Shakespeare llegó al mundo el 23 de abril de 1564, o quizá no, porque el único registro que consta es el de su bautizo tres días más tarde. Pero esa es la fecha que marca la convención para conmemorar el nacimiento del genio inglés de la dramaturgia y, especialmente en su 450º aniversario, para hacerlo por todo lo alto. Stratford-upon-Avon, la localidad natal del Bardo, encabeza el ramillete de festejos y celebraciones que se extenderán por el territorio nacional –y el resto del mundo- en torno a la efeméride, y que tiene otro de sus epicentros en ese Londres conquistado en tiempos isabelinos por la fuerza de sus obras.

Fiesta mayor en Stratford-upon-Avon

Tal y como manda una tradición establecida en 1824, este pueblo a orillas del río Avon prepara para el sábado que sucede al día de San Jorge (26 de abril) una gran procesión en honor de su hijo más ilustre y que incluirá un pastel de cumpleaños de 3 metros de altura transportado por un carruaje de caballos. En esta edición especial se espera que miles de turistas sigan el recorrido del desfile hasta su culminación en la iglesia de la Santa Trinidad donde está enterrado Shakespeare. Toda suerte de espectáculos callejeros, de música o de lectura de fragmentos de una obra universal inundará a lo largo del fin de semana las coquetas calles de Stratford, con sus casitas blancas y entramados de madera, como la propia morada del Bardo, las de sus familiares y el cottage de su esposa Anne Hathaway que pueden visitarse.

El grueso de la celebración se desplaza del 23 de abril porque es jornada laboral, pero ese mismo día y una vez concluida su representación vespertina de Enrique IV, La Royal Shakespeare Company organizará en el exterior de su sede unos espectaculares fuegos artificiales para marcar el aniversario. Durante el fin de semana la compañía quiere implicar al público en diversidad de actividades, desde paseos en barca por el río amenizadas con la lectura de sonetos, talleres de teatros abiertos a todas las edades o la invitación a visitar sus dos teatros (el Royal Shakespeare y el Swan) y la torre del primero, que con sus 36 metros de altura ofrecerá la mejor panorámica de una localidad en fiesta grande.

El Globe de Shakespeare abre sus puertas a todos

El Globe, una réplica del teatro donde Shakespeare estrenó sus grandes obras en el sur de Londres, adelanta la celebración del aniversario al lunes de Pascua (21 de abril, festivo en el Reino Unido) con una jornada de puertas abiertas y acceso gratuito. Actividades de entretenimiento para toda la familia, juegos de magia y la interpretación de retazos de las obras del Bardo, a cargo de la compañía The School of Night que responderá de forma improvisada a las ideas sugeridas por la audiencia, conforman el programa. La taquilla también se ha sumado al festejo, ofreciendo a lo largo de todo el mes de abril entradas en el yard (donde el público asiste a la función de pie frente al escenario) a razón de 450 peniques, en lugar de las habituales 5 libras. Dos días más tarde, la compañía del Globe emprenderá una ambiciosa gira mundial de dos años para llevar su producción de Hamlet a 205 países.

El Rey Lear de Sam Mendes

Adaptaciones de todo signo de la obra de Shakespeare se suceden cada temporada en la cartelera londinense,, y esta primavera tienen su plato fuerte en la tragedia del Rey Lear que dirige el oscarizado Sam Mendes en el National Theatre. El gran Simon Russell Beale encarna la locura de ese monarca que decide dividir el reino entre sus tres hijas, en un papel que los actores shakespirianos consideran el pico de toda una carrera. Las funciones bajarán el telón en julio, casi coincidiendo con el estreno unos días más tarde de la traslación a las tablas de la película Shakespeare Enamorado en el teatro Noël Coward. Basada en el guión cinematográfico de Tom Stoppard, la pieza imagina la juventud del Bardo en busca de una musa que le devuelva la inspiración.

Shakespeare, sin palabras

Siguiendo la larga tradición de ballets inspirados en los trabajos de Shakespeare, el Royal Ballet ha estrenado en su sede londinense de Covent Garden una coreografía de esa historia de amor, pérdida y reconciliación que es El Cuento de Invierno. Ideada por Christopher Wheeldon y con música de Joby Talbot, esta propuesta que permanecerá en cartel hasta el 8 de mayo busca recrear con el movimiento de los bailarines las emociones que destila la intrincada trama.

El tesoro del museo

El museo londinense Victoria & Albert explora en una exposición cómo la producción de Shakespeare ha inspirado las interpretaciones teatrales a lo largo de los siglos y por todo el mundo. La instalación multimedia en la que se proyectan entrevistas con figuras destacadas de las tablas viene acompañada por el despliegue de utilería, bocetos y trajes de producciones que marcaron época, como la calavera utilizada por Sarah Bernhardt en su encarnación de Hamlet. En el centro de la muestra destaca una edición de las grandes obras del Bardo publicada en 1623 y que en muchos casos contiene su primera versión conocida. Sin ese tesoro, no hubieran llegado a nuestros días Macbeth, La Tempestad y Noche de Reyes.

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Tráileres e información de los estrenos de la semana

Cultura ElPaís - Mar, 15/04/2014 - 19:27
Horarios, sinopsis, vídeos e imágenes de las películas que llegan hoy a la cartelera y la programación de las salas
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Fallece Junior, referente de la música española de los setenta

Cultura ElPaís - Mar, 15/04/2014 - 18:23

Antonio Morales, Junior (10 de septiembre de1943) ha sido hallado muerto esta mañana en su domicilio de Torrelodones (Madrid). El cantante, nacido en Filipinas, fue componente de los grupos musicales españoles Los Brincos y Juan y Junior, que triunfaron en los años sesenta y setenta. Estuvo casado con la también cantante Rocío Dúrcal, fallecida de cáncer en 2006. La pareja tuvo tres hijos: Carmen, Antonio y Shaila. Hasta la casa de Junior se ha desplazado un juez, el forense y la policía. Todo indica que se trata de una muerte natural.

Fue el jardinero de la casa de Antonio Morales quien encontró el cuerpo sin vida del artista, alrededor de las 12.30 horas de este martes, según fuentes de la Guardia Civil. El cadáver se encontraba en el dormitorio de Junior cuando el jardinero entró en la casa. La puerta estaba cerrada, por lo que se tuvo que forzar la puerta. Ha sido su hija Carmen la primera en llegar al domicilio familiar y la encargada de comunicar la noticia a sus hermanos. Shaila, la menor tuiteó desde su cuenta: " Ahora podréis estar juntos toda la eternidad...Te echaré de menos".

Junior vivió durante sus últimos años un periodo de larga depresión, primero por la muerte de su esposa y después por los desencuentros con sus hijos a causa de la herencia de la artista. Hace tres años restableció la relación con todos ellos. En ese tiempo de crisis el artista confesó que se refugió en la bebida. En 2008 publicó una polémica biografía titulada Mucho antes de dejarme, en la que reconocía que había sido infiel a su esposa.

El matrimonio vivió largas temporadas en México donde eran muy populares. Allí Junior superó un grave revés de salud que le dejó, sin embargo, marcado para siempre.

En la actualidad vivía retirado de la vida artística aunque pasaba algún tiempo acompañando a su hija Shaila, que, como sus padres, se dedica a la música y que vive en México. Carmen, la mayor, es actriz y Antonio, empresario.

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Imaginar la plenitud de Riccardo Muti en Toledo

Cultura ElPaís - Mar, 15/04/2014 - 18:05
El maestro italiano, rendido admirador de la cultura española, dirigió el 'Réquiem' de Verdi en homenaje al Greco
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La BBC revisará el salario de sus presentadores estrella

Comunicacion ElMundo - Mar, 15/04/2014 - 18:04
La cadena pública británica ha anunciado que analizará si la dotación anual de 200 millones de libras (240 millones de euros) con la que paga a sus presentadores se puede reducir "para ahorrar dinero". Leer
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Verdad sobrevalorada

Cultura ElMundo - Mar, 15/04/2014 - 16:58
Miguel del Arco dirige una versión libre del 'Misántropo' de Molière en la que cuestiona la ductilidad y el valor de la honestidad en los tiempos que corren. Leer
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Muere Junior, voz y alma de los Brincos

Cultura ElMundo - Mar, 15/04/2014 - 16:51
El socio creativo de Juan Pardo tenía 70 años. Su hija lo ha encontrado muerto en su casa, donde pudo perder la vida 12 horas antes. Fue, en los 70, parte de la revolución que llevó la música pop a la España del desarrollismo. Leer
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