Miscelanea

Eduardo Arroyo ante cuatro décadas de obra en lápiz

Cultura ElPaís - Mar, 01/12/2015 - 02:53

Tina, aquella chica del año 65, o los despreocupados muchachos de los ochenta con gafas de cristales azules y rojos. Jack Johnson y Panama Al Brown, púgiles de leyenda. Miró, Dali y Peggy Guggenheim, “que esa sí que compraba cuadros a diario”. U Orson Welles y Fantomas, siempre Fantomas. Una línea trazada con lápices de colores une el rastro de tan marcadas personalidades en la primera presentación en cinco años para una galería de Madrid del pintor Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), que reúne cuarenta años de obra sobre papel, con piezas nunca vistas, en el espacio de Álvaro Alcázar del barrio Salamanca. Es el trabajo de toda una vida al servicio de los viejos Alpino, primero, y de los “eficaces” Faber Castell de tiempos más recientes. “Empecé a usarlos de niño, cuando en casa me tenían prohibidas la tinta china y las acuarelas, que lo ponían todo perdido”, explica Arroyo, con robusta decisión, mientras va de un lado a otro, guiado por el capricho de sus recuerdos.

La visita puede funcionar como un repaso a una de las trayectorias más decisivas del arte español del último medio siglo, un viaje que se remonta a los tiempos previos a su “marcha a París”, adonde el joven Arroyo llegó en 1958 para abrirse paso sin contactos en la temible ciudad, firmar algunas de las páginas más brillantes de la figuración narrativa y, de paso, pegarle una paliza pictórica a Duchamp (en el cuadro Vivir y dejar morir. El fin trágico de Marcel Duchamp, firmado con Aillaud y Recalcati y expuesto en el Reina). “Siempre he dibujado compulsivamente”, explica el artista, “no paro ni cuando estoy hablando por teléfono, y nunca he sido de tirar nada”. De la suma de esas costumbres resulta una “antológica de los iconos más constantes de mi carrera".

De la mando de estos viejos conocidos, Arroyo regresa, tras sendas exposiciones en grandes instituciones (el Prado y el Círculo de Bellas Artes), al terreno primigenio para la apreciación y el moderno intercambio artístico: la galería. En un momento en el que estas, acosadas como están por el IVA y la falta de sensibilidad institucional, pugnan por su sentido. “No han bastado estos años de democracia para conseguir crear un mercado en este país”, lamenta el pintor. “En cuanto vienen mal dadas, se ve la fragilidad del sistema, se ha comprobado que carecía de espesor, y han cerrado algunos espacios importantes. Pero el IVA es una broma, es el chocolate del loro. El problema es que aún todo gira en torno a Arco, y eso no puede ser. Por no hablar del despilfarro institucional; todos esos estúpidos museos autonómicos de arte contemporáneo con colecciones inexistentes y que ahora tendrán que convertirse en ambulatorios. Todos somos culpables, los artistas también, que en cuanto nos dieron un poquito de dinero olvidamos las luchas verdaderas, las batallas culturales”.

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La palabra en la cultura judía y cómo sobrevivir a la religión

Cultura ElPaís - Mié, 01/07/2015 - 00:09

Dios es una palabra, y la palabra es dios. Cuatro años tenía Fania Oz-Salzberger cuando descubrió esto sin ser consciente de ello ni de saber sus resonancias en la historia de su pueblo y su cultura, la judía, tan marcada por la religión. Fue cuando leyó la primera palabra: Chocolate. Supo de la importancia de la palabra en su cultura de tal manera que “la nuestra no es una línea de sangre, sino de texto”, afirma esta historiadora que acaba de publicar, en compañía de su padre Amos Oz, el libro Los judíos y las palabras (Siruela). Dos personas no creyentes que responden así a quienes aseguran que no existe la cultura judía. Es más, para ella, y para su padre, todas las culturas pueden sobrevivir después de este momento posreligioso, laico. E ir más allá del uso político.

Ese es parte del secreto de la unidad de la cultura del pueblo judío y de la armonía con el curso de su historia, recogida, retratada o reflejada, a través de los libros centenarios, llámense Biblia, Talmud o Tora, e incluso cualquier obra literaria de autores contemporáneos como Philip Roth o el mismo Amos Oz. En todas esas personas la palabra es como dios, por lo contado, por lo escrito, por lo leído y vuelto a contar en una espiral infinita que convierte vida y tradición en arte literario, escrito y oral.

La palabra crea al mundo y ayuda a moldear la identidad de las personas. En este ensayo, añade, hay tres elementos clave: “Explica el milagro de la cultura judía y explica cómo todas la culturas pueden sobrevivir después del elemento religioso y muestra parte de ese secreto de educación a los hijos donde todo niño judío sabe leer”. Una obra que, más que un eslabón entre la tradición y el presente, crea un diálogo no solo judío, “sino también laico, liberal, moderno, globalizado y on-line que utiliza de manera creativa para la propia cultura”.

El ADN lingüístico y fonético de los judíos trasciende el componente genético y religioso, según Oz-Salzberger. La continuidad biológica no es posible, agrega la historiadora, porque su pueblo ha vivido tantos desastres que ese linaje se ha perdido y en cambio sí son descendientes de una comunidad literaria. “Yo desciendo de una familia sefardí pero no sé dónde está el resto de mis antepasados”, cuenta. En cambio,reivindica y se declara “hija textual” de unos autores, bibliotecarios y descendientes del Talmud y de aquellas mujeres y hombres que escribieron en hebreo y sobre el judaísmo.

Y es aquí donde religión, palabra y texto se trenzan impregnados de política. El tipo de nación que ahora tienen los judíos, aclara la historiadora, no es el nacionalismo del siglo XIX o de comienzos del XX, porque es una nación basada en el texto. “Pertenecemos”, asegura, “a la tierra de Israel pero también a los judíos a través de los textos. Por eso mi padre y yo hemos debatido sobre la teoría de que nuestro pueblo no existe y es solo una religión, pero no es solo eso: somos parte de una nación antigua y pertenecemos, también, a la nación de Israel”.

Ese es el sionismo textual, por así decirlo, que declara la escritora. “No viene del concepto territorial. Por eso estoy más que dispuesta a compartir mi tierra con otra gente, como los palestinos. No necesito toda la tierra. Mi hogar es mi biblioteca y estoy dispuesta a compartir mi biblioteca con todo el mundo. Es una política que en Israel la gente desaprueba”.

Pero más allá de la fuerza y la potencia religiosa en el pueblo judío, Oz-Salzberger recuerda que la Biblia trata también sobre el Estado de derecho, la justicia social, los deberes de la gente hacia los menos favorecidos. No se trata, asegura, “tan solo en Israel de la ultraderecha religiosa que utiliza el Talmud o la Biblia de apoyo, sino que también es poderoso para la izquierda liberal, para los socialdemócratas; incluso para los no religiosos como yo que podemos usar la Biblia como un texto visto desde la perspectiva social actual”.

Mientras en el resto de culturas la línea suele ser padres-historias-hijos; en Israel el concepto de transmisión es un poco diferente: padres-historias-libros-hijos. En los judíos la llegada a ese paraíso léxico-textual empieza cuando son muy pequeños como le ocurrió a Fania Oz-Salzberger. Chocolate fue la primera palabra que leyó. Estaba en el papel que envolvía una chocolatina, y esa chocolatina fue su recompensa por entrar en el reino de las palabras y continuar la tradición milenaria judía de premiar, endulzar, con golosinas a los niños tras leer su primera palabra.

A partir de ahí, todo para los niños son letras que arman la historia y la cultura y donde más que respuestas se fomentan las preguntas, cuenta entusiasta la historiadora. Debatir, cuestionar, polemizar y preguntar. El libro es un ejemplo de ello, el diálogo palpitante, y una gran lección de historia y literatura, entre un padre y su hija, entre un escritor y una historiadora. Dos personas convencidas de que, dice ella, “si uno ya no cree en Dios no puede decir que Dios nos ha creado, pero sí que las palabas nos crean”.

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Rosa María Calaf critica la 'actual deriva' de los servicios públicos, incluida RTVE

Comunicacion ElMundo - Hace 7 horas 29 mins
"Me parece tremendo que haya 40.000 personas para recibir a un jugador de fútbol y que no salga nadie a la calle para defender la televisión pública" asegura la periodista. Leer
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José Luis Sainz sustuye a Abril-Martorell al frente de Prisa

Comunicacion ElMundo - Hace 8 horas 46 segs
Jose Luis Sainz ocupará el puesto de consejero delegado de Prisa a partir del próximo 1 de octubre y será el encargado de la definición del nuevo organigrama. Leer
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Penúltimo acto de rebeldía de la duquesa de Alba

Sociedad ElPaís - Hace 21 horas 23 mins

Cayetana Fitz-James Stuart siempre ha presumido de haber hecho lo que ha querido. Mujer de fuerte carácter defiende sus opiniones ante quien haga falta. Esa cabezonería suya es parte de su encanto, dicen sus amigos. También lo es para quienes observan su vida desde lejos ya que ven en ella un personaje atípico. Pocos miembros de la aristocracia han despertado tantas simpatías. A sus 88 años y con importantes problemas de salud, la duquesa de Alba sigue siendo una rebelde. Su penúltima conquista ha sido convencer a su marido e hijos de pasar unos días de vacaciones en su casa de San Sebastián, una costumbre que instauró hace 65 años y que no ha pasado por alto este verano tampoco. Cayetana ya está en la capital donostiarra.

Los últimos meses de la duquesa de Alba no han sido fáciles. Su salud le ha jugado malas pasadas. “Está bien”, explican los suyos para añadir a continuación “con los achaques lógicos de una mujer de su edad”. Hace algo más de un año, Cayetana de Alba sufrió un accidente en Roma, se rompió el fémur y tuvo que ser operada de urgencia. Desde entonces tiene problemas de movilidad y sobre todo mucho miedo a caerse. Esa situación y una fuerte gripe intestinal, que pilló el invierno pasado, debilitaron su forma física y la han apartado de la vida social.

A la duquesa no se la vio en la Semana Santa ni en la Feria de Abril, tampoco en las bodas a las que fue invitada. Ni tan siquiera pudo celebrar, como estaba organizado, su cumpleaños en uno de sus restaurantes favoritos de Sevilla. Cayetana casi no sale de sus palacios. Se pasea por ellos siempre acompañada de alguien que le da el brazo. Ha pasado casi todo el año en Sevilla. Dueñas es su residencia favorita, allí se instaló hace años y allí celebró su boda con Alfonso Díez, con quien festejará el próximo 5 de octubre su tercer aniversario.

Ese enlace fue otro acto de rebeldía de la aristócrata, Cayetana no paró hasta que logró convencer a sus seis hijos de que tenía derecho a casarse pese a haber alcanzado los 85 años, con el argumento de que si ella no se había metido en sus bodas y divorcios, ellos tampoco debían opinar. En estos tres años el nuevo duque de Alba se ha convertido en un discreto compañero, en alguien que vela porque su esposa esté atendida y acompañada.

Antes la pareja iba al cine. Ahora Alfonso Díez le ha organizado una sala de proyecciones. En una pantalla enorme se pasa las horas viendo sus películas favoritas, entre las que están Retrato en negro, de Lana Turner y Anthony Quinn; Gigante, con Rock Hudson, Elizabeth Taylor y James Dean, y Lo que el viento se llevó, con Vivien Leigh, Clark Gable y Olivia de Havilland.

Como a muchas personas de su edad, a Cayetana le gusta recordar. Tiene buena memoria del pasado pero a veces se confunde cuando se trata de asuntos cotidianos. En ocasiones no recuerda el nombre de alguien cercano o no sabe bien en cual de sus residencias se encuentra. Los médicos sopesaron a mediados de junio someterla a una operación para cambiar la válvula que se le implantó en 2009 para mejorar los problemas de hidrocefalia e isquemia cerebral que padecía. Los médicos pensaron que ese dispositivo podría estar obstruido en su parte inferior y ser la causa de los grandes problemas que padece la duquesa. Finalmente, los especialistas desistieron.

La imagen de Cayetana de Alba abandonando el hospital en silla de ruedas es la última que se tiene de ella. Entonces hacía tres meses que no se la veía en público. Visiblemente más delgada, presentaba un aspecto desmejorado. Las últimas noticias que hay de ella son que dejó Sevilla huyendo del calor para instalarse en el Palacio de Liria, en Madrid. Fue allí donde convenció a sus hijos de que quería irse, como todos los años, de vacaciones. Es costumbre de la aristócrata recorrer algunas de sus residencias. El tour comienza en San Sebastián y sigue en Málaga e Ibiza. Este año de momento su familia ha aceptado que vaya a Arbaizenea, la casa que tiene en la capital donostiarra. Otros veranos ha sido habitual verla haciendo compras en los establecimientos del centro de la ciudad y almorzando en los mejores restaurantes. La cita en Arzak es obligada para ella.

En San Sebastián está previsto que coincida con su hijo Cayetano. De hecho, Arbaizenea es la propiedad que a él le corresponderá cuando su madre fallezca. En 2011, meses antes de su tercera boda, la duquesa hizo testamento y repartió todas sus propiedades. Y es que aunque ella se aferra a la vida y se siente todavía joven a su manera, ha querido ordenar su enorme patrimonio para evitar conflictos familiares. Aun así los hubo con su hijo Jacobo, el conde de Siruela. Este año Cayetana ha restablecido totalmente la relación con él y con su esposa.

El gran disgusto de 2014 para la duquesa de Alba ha sido el juicio por la custodia de su nieta Cayetana, la hija de Eugenia Martínez de Irujo y Francisco Rivera Ordóñez. El extorero reclamó ante el juez que la joven se fuera a vivir con él. Los Alba cerraron filas ante esta pretensión. Finalmente el juez dejó a la niña al cuidado de su madre. La duquesa rompió relaciones con su yerno, algo inusual en ella, que mantiene relaciones con todas sus nueras estén casadas o divorciadas de sus hijos.

Tras esta nueva victoria de Cayetana de Alba, que ha impuesto su deseo de veranear en San Sebastián, la familia se planteará si está en condiciones de ir luego, como otros años, a Ibiza. La aristócrata rebelde no se rinde.

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Batman cumple 75 años

Cultura ElPaís - Hace 21 horas 53 mins

“Es como un diamante irrompible. Lo podía estrellar contra la pared o el techo sin hacerle ni una muesca. Solo era cuestión de encontrar la faceta que nadie había usado nunca”. La cita, de tono reverente, casi religioso, es del guionista y dibujante Frank Miller (300, Sin city), probablemente la definición más célebre del justiciero de Gotham. Millonario play-boy por el día. Gárgola viviente, azote del mal por la noche. Batman. Un héroe humano entre el Olimpo de dioses del cómic. Un diamante de psique torturada que un sinfín de artistas ha reinterpretado en tebeos, películas y videojuegos sin descanso. Un mito que cumple ahora 75 años.

El año de sus 75 velas encuentra al caballero oscuro en la cúspide de su éxito, en pie y sonriente sobre una de las gárgolas de Gotham desde las que siempre ha velado a su ciudad. Le sobran motivos para estar de buen humor. Una nueva película en marcha, Batman v Superman: Dawn of justice (2016), con la criticada elección de Ben Affleck bajo la máscara. La conclusión de la tetralogía del videojuego Batman Arkham, que lleva más de 12 millones de copias vendidas. Y un macroevento que se celebra hoy, rebautizado como Día de Batman, y que tiene a miles de tiendas de cómic en Estados Unidos coreando el cumpleaños feliz. Pero todo empezó como un sueño humilde. El sueño de un dibujante (Bob Kane) y un zapatero (Bill Finger).

1938. Una fiesta cualquiera en Nueva York. Finger y Kane estrechan por primera vez la mano. El encuentro es narrado al detalle en el libro Batman serenata nocturna (Timun Mas, 2014) de David Hernando (editor de Batman en España durante seis años) crónica del gran olvidado en la creación del personaje: el zapatero Finger. Hernando describe a un Finger retraído, apasionado del cine y de Mozart y a un Kane fascinado y rapaz que de pronto vio el negocio. Aquel tipo podía darle una fortuna si escribía los tebeos que él dibujara. Kane le ofreció el trabajo y Finger, que no había escrito aún ni una línea, aceptó. Sin saber que Kane ocultaría su importancia capital en la génesis del personaje y acapararía toda la fama. Agravio que DC enmendará hoy, incluyendo por primera vez la firma de Finger en una portada, la del número especial que conmemora el aniversario.

Salto en el tiempo a mayo de 1939. Detective comics #27, primera viñeta. Grandes letras blancas rezan: Batman. Una silueta recortada con lo que parece una capa desplegada y dos pequeñas orejas puntiagudas. Era el ser que evocó un diccionario de psicología consultado por Finger mientras él y Kane, desesperados, intentaban salir del aprieto de crear un nuevo superhéroe después de que Superman hubiera arrasado. “Kane quería crear una copia de Superman. Pero Finger se empeñó en hacer algo mucho más oscuro. Quería a un detective”, desvela Hernando. El diseño original de Kane lejos estaba de la figura icónica mundialmente conocida. Un tipo vestido de rojo, con dos alas de murciélago surgiéndole de la espalda, antifaz y la cara descubierta. Boceto que Finger corregiría hasta la saciedad, inspirándose en otro personaje de seriales muy popular, La sombra, hasta dar con esa silueta que se vislumbraba en la primera viñeta.

Los años cuarenta fueron de esplendor para el cruzado oscuro. Nacieron el Joker, Enigma, Dos-Caras o Catwoman, villanos que tenían mucho más que ver con Jung o Freud que con la ciencia ficción desbarrada a la que se enfrentaban otros superhéroes. Nació también el origen del personaje, una de las génesis más dramáticas de un superhéroe. A la salida del cine con sus padres, un chaval hijo de millonarios, Bruce Wayne, se queda huérfano por la codicia de un vulgar ladrón. Dos disparos acaban con sus papás. Son las viñetas del origen del personaje en Detective Comics #33 (1939). De nuevo, una idea de Finger. Las bases del éxito estaban asentadas y todo parecía ir sobre ruedas para el justiciero oscuro. Pero la psicología, que tanto había dado a Batman, estaba a punto de cobrarse su peaje.

“Miles y miles de puestos de trabajo perdidos. Una censura brutal. Fue una debacle. La mayor crisis de la historia del cómic”. Habla Dennis O’Neil (Missouri, 1939), guionista y editor de Batman durante tres décadas. La hecatombe a la que se refiere fue la publicación del best-seller de Fredrick Wertham Seduction of the innocent (Rinehart & Company, 1954), un volumen en el que este psicólogo de raíces alemanas señalaba a los tebeos como uno de los mayores culpables de la alta delincuencia juvenil en Estados Unidos. O’Neil subraya la magnitud de la catástrofe: “Se llegaron a quemar pilas de tebeos en las calles. Se cerraron muchísimas colecciones y la mayoría de las editoriales. El cómic estuvo a punto de morir. De los superhéroes, solo Superman y Batman aguantaron”.

Pero de qué manera. Los años cincuenta son los años de oprobio para el personaje. De contar con Robin, pasó a tener una Batfamilia, Bat-perro incluido. De enfrentarse a villanos tan tortuosos como Dos Caras o el Joker, a luchar en otros planetas contra alienígenas. Un botón de lo que era el Batman de aquella época. Portada del Batman # 97 (1956): Batman y Robin con matraces y tubos de ensayo mirando a Bat-Perro que tiene en las fauces una foto de sus identidades secretas. Robin: “¡Mira! ¡Una foto de Bruce Wayne y Dick Grayson, Ace ha descubierto nuestras identidades secretas!”. Batman: “¡Va a ser un gran detective!”.

Los sesenta fueron un años de asomar la cabeza. Y el primer paso en el futuro del personaje y de toda la industria del cómic: ser laboratorio de ideas para lo audiovisual. El 12 de enero de 1966 se emitía el primero de los 120 episodios de Batman, serial para televisión protagonizado por Adam West. Su espíritu era muy camp, en la línea festiva del Batman de aquellos años, pero normalizó la presencia del personaje y de sus villanos. “Se produjo una retroalimentación entre la serie y el tebeo que luego se repetiría con las películas. A la gente de Hollywood solo le interesaba porque era algo con lo que podía hacerse mucho dinero, pero contribuyó a sacar el cómic del ostracismo”, explica O’Neil. El éxito del serial pavimentó la nueva edad dorada que estaba a la vuelta de la esquina.

Batman, veintipocos años, en una Gotham llena de putas, brutales bandas callejeras y policía corrupta. Batman, 50 años, en un futuro distópico estilo Blade runner. Entre estos dos, el chaval sin experiencia (Batman: Año uno) y el maduro que colgó la capa y vuelve años después (Batman: El regreso del caballero oscuro), se fraguó gran parte del boom artístico y comercial del tebeo americano en los años ochenta. Su autor, Frank Miller, un artista, por aquella época, kamikaze, que ya había revolucionado Daredevil, algo así como el Batman de Marvel, y que tenía una idea muy clara de cómo mezclar la reflexión sociopolítica, el futuro orwelliano y la violencia con los superhéroes.

Pero Miller, que se llevó todo el mérito, se benefició del trabajo de desbroce que en la década anterior había asumido Dennis O’Neil como editor y escritor y Neil Adams como revolucionario artista. O’Neil explica cómo dinamitó el personaje: “Me dieron carta blanca. Bill Finger me pasó el testigo y pude tomar decisiones radicales. Primera, Batman en solitario, ni Robin, ni nada. Segunda, los villanos clásicos y oscuros tomaban el protagonismo”. Y un tercer ingrediente para la fórmula mágica: riesgo artístico. De diciembre de 1988 a enero de 1989, O’Neil encabezaría una apuesta radical: Una muerte en la familia. Los lectores, marcando el 1-900-720-2666, debían decidir si el segundo Robin, Jason Todd, debía morir o vivir. 5.271 dijeron que no. Pero 5.343 dieron el sí. El Joker, armado con una palanca de hierro, golpea hasta la muerte a Robin. “Fue la primera vez que sentí el tebeo como algo más que un trabajo. Me di cuenta de que realmente teníamos un impacto emocional enorme en nuestros lectores, de que estábamos haciendo arte”, recuerda O’Neil, emocionado. Resultado, que Hollywood puso el foco sobre Batman, Tim Burton dirigió Batman (1989) y la era del blockbuster superheroico arrancaba.

Hay un puente diáfano que conecta el Batman de 1989 con la reciente trilogía de Christopher Nolan que ha amasado casi 2.000 millones de euros y la situación del personaje hoy en día. La sombra del poder de Hollywood se extiende sobre el cruzado oscuro. A la vez, el videojuego hace una doble pinza con un éxito que vuelve a dejar pequeño todo lo que puede conseguirse en el tebeo. Una película como El caballero oscuro: la leyenda renace (2012), la más taquillera de las nueve películas del personaje, recaudó más de 800 millones de euros. Cifra muy por encima del valor de toda la industria del cómic (menos de 600 millones de euros anuales).

“Es un riesgo muy grande y creo que puede tener un efecto terrible sobre la libertad de los guionistas. Me da mucho miedo”, afirma Brian Azzarello, uno de los creadores que más han revolucionado el personaje en los últimos años, especialmente en Batman: knight of vengeance (2011) una historia en la que los padres de Bruce Wayne sobreviven y se transforman en Batman y Joker. Otros, como Dennis O’Neil o Katie Kubert, la primera mujer en ser editora del personaje, lo ven con más optimismo: “Somos su laboratorio de ideas. El cómic siempre ha sido donde se fraguan las revoluciones que luego llegan al cine”, afirma Kubert. O’Neil es menos romántico: “Les sale bien usarnos como storyboard, porque cuando pones doscientos millones de dólares sobre la mesa no te puedes arriesgar a probar qué tal sale”.

Si a Batman podrá cumplir otros 75 años, queda al albur. Pero los creadores confían en que así sea. “Claro que puede reinventarse otra vez. Superman es mucho más rígido. Pero Batman siempre puede renovarse”, afirma Azzarello. Neil Gaiman, que escribió la muerte definitiva de Batman en Whatever happened to the caped crusader? (2009), lo ve de abuelete centenario por una razón muy sencilla: “Batman funciona. Todo en él encaja. El traje encaja. Sus orígenes encajan. Y hay algo más. Superman viene de un planeta que voló por los aires. Así que cada día que la Tierra continúa intacta, Superman va un paso por delante. A los padres de Batman los asesinaron. Así que cada día que sale a luchar, va un paso por detrás”.

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Una voz hecha de cuerdas

Cultura ElPaís - Hace 21 horas 53 mins

“Twang desde 1976”. Diego García, El Twanguero, podría definirse solo con el tatuaje que luce en su antebrazo izquierdo. La tipografía recuerda a un cartel circense de los cincuenta o a la de cierta mítica marca de guitarras eléctricas, pero la fecha despista. Es el año de nacimiento de este guitarrista valenciano, que parece ser la reencarnación de algún bluesero del Delta del Misisipi fascinado por esa técnica de punteado que le da nombre y que consiste en arrancarle a la guitarra unos sonidos nasales y metálicos.

El Twanguero es, básicamente, un tipo entregado a su pasión. La que, durante la entrevista, le hace sujetar varias veces una guitarra imaginaria y emular su sonido con la voz, como si se le hiciera difícil explicarse sin echar mano del instrumento. La que le ha hecho abandonar su apellido para adoptar el de su estilo musical. La que le ha llevado a acompañar a Santiago Auserón, Andrés Calamaro, Jaime Urrutia o Diego El Cigala. La que ahora le permite volar solo de Buenos Aires a Vancouver y tocar durante toda una semana, y por primera vez, en el escenario del Café Central de Madrid, por donde han pasado figuras del jazz como Tete Montoliu, George Adams o Lou Bennett.

Todo empezó con los vinilos de guitarra instrumental de su padre, “música de guateque, sin voz, para poder hablar a las chicas al oído sin que estorbara”. Siguió con una revelación, en un plató de Telecinco en el noventa y tantos, cuando el Twanguero tocaba con una orquesta anónima que animaba uno de los programas de la cadena. “Una noche vino Compay Segundo. Nos puso a tocar con él y cuando le vi las manos entendí un montón de cosas. Copié sus gestos, igual que él aprendería de otros”. Le salió bien: el año pasado ganó un Grammy Latino como coproductor del disco Romance de la luna Tucumana, de Diego El Cigala

Ahora se habla de él en los círculos underground de Estados Unidos como “un maestro del fingerpicking”, una técnica que consiste en reproducir, a la vez, la melodía del bajo y del solista. “Cuando toco allí hay que apretar. Van 200 frikis de la guitarra a mirarme las manos”, explica ajustándose su sempiterno pañuelo de crooner. Pero a Diego García le importa bien poco el método: “Yo no toco para guitarristas. Odio la múisica intelectual. La guitarra es el instrumento más popular del siglo XX, a todo el mundo le gusta el pa-pa-pá…”, dice reproduciendo las primeras notas de Smoke on the water de Deep Purple en unas cuerdas imaginarias.

Por eso este niño de conservatorio que asimiló la disciplina de la Academia durante 10 años se ha volcado en la música raíz. Primero, la estadounidense, que recogió en su disco The Brooklyn sessions (2011) tras pasar una temporada en el barrio neoyorquino. Pero también la argentina, que ocupa su último trabajo, Argentina songbook (2013), donde cuenta con la colaboración de sus antiguos compañeros de escena —Bunbury, Calamaro, El Cigala— en temas como Guitarra dímelo tú, versión de Atahualpa Yupanqui, o Naranjo en flor, popularizada por Roberto Polaco Goyeneche. “Si cantaras llegarías a más público’, me decían. Pero a mí me da igual la radiofórmula, yo trato de defender un concepto: la guitarra como voz cantante”.

En esa búsqueda llegó a México, donde ha pasado meses estudiando la cultura de los pachucos, latinos emigrados a Estados Unidos en los cincuenta, “el mambo que se encuentra con Elvis”. ¿Y no para por casa? “¡Sí, si ahora paso un mes aquí!”, dice, como quien habla de siglos. El cansancio de las 20 horas de vuelo DF-Filadelfia-Madrid solo desaparece cuando piensa en grabar: “Ahora, a buscar banda, encerrarme... Yo hago discos por el egoísmo de aprender”.

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Las tristes vistas del Beau-Rivage

Cultura ElPaís - Hace 21 horas 53 mins

Pisé el hotel Beau-Rivage, en Lausana, en tres ocasiones. La primera fue en 1985 con el propósito de una frustrada entrevista con Serge Lifar, que se convirtió en un delirante monólogo del bailarín ruso, del que tomé unas primeras notas apresuradas que me sirvieron, al principio, de muy poco; ya estaba muy enfermo y saltaba de un tema a otro sin una coma, sin un respiro. Entonces me dijo: “Vaya a Nancy en la próxima primavera, voy a remontar Fedra para Maya Plisetskaia y es más que probable que sea la última vez”. Al año siguiente, efectivamente, fui a Nancy e hicimos la entrevista; Jesús Castañar lo retrató en el foyer de la Ópera en los que serían los últimos retratos y ya no lo volví a ver. Lifar murió de un devastador cáncer de huesos el 17 de diciembre de 1986 en el Beau-Rivage, ese hotel algo austero, como una sólida mole tallada con gusto neoclásico, al borde sur del lago Lemán, donde también estuvieron repetidamente y en acto de refugiarse, entre otras muchas celebridades, Victor Hugo, Camile Saint-Saëns y Coco Chanel. De allí también salió la mañana que iba a morir asesinada la emperatriz Elizabeth Amalie Eugenie, Sissipara la historia, y luego la trajeron agonizante, envuelta en su enorme abrigo negro de plumas de garza, astracán y azabaches al estilo de Worth, a la misma habitación donde había dormido la noche anterior. Al cabo de una hora de agonía, falleció.

La segunda vez que estuve en el Beau-Rivage fue a visitar en 1987 a la viuda de Lifar, Lilian, condesa de Ahlefeldt-Laurvig. En aquella época no había internet ni Wikipedia y tardé bastante en encontrar en el mapa de letras minúsculas de un atlas y en mi ingenuidad, Ahlefeldt, allá en el distrito Rendsburg-Eckerförde de la región Scheswig-Holstein. De todo aquello sólo me sonaba Holstein, porque hay unas vacas lecheras que llevan ese apellido. Total, Lilian nunca había estado por allí: ella era sueca, se había casado con Christian de Ahlefeldt, un conde danés, y conservó esa denominación para el resto de su vida. Lilian hizo época antes de encontrarse con el primer Apolo danzante del siglo XX, pues había tenido un romance con el heredero del trono de Nepal, otro con el príncipe ruso Vladimir Romanowski-Krassinski, y también con un multimillonario norteamericano que no tenía más armas en su escudo que los billetes verdes. Lilian había nacido en 1914 y fue educada en París, donde, preadolescente, vio bailar a Serge Lifar en las últimas etapas de la compañía de Diaghilev. Cinco décadas más tarde se encontraron para no separarse hasta la muerte del bailarín. Eso era un devoto amor que atravesó la lógica del tiempo.

El hotel Beau-Rivage se inauguró en 1857 y nunca tuvo demasiados brillos, nada de ostentación. La decoración se conserva bastante bien con sus muralescas galantes en sepia y los candelabros de 12 luces sobre las mesas ovales estilo Regencia; el suelo de maderas enceradas y pulidas cruje bajo las gruesas alfombras, lo que es buena señal de autenticidad. Uno de los ujieres de librea me dijo una vez: “No se trata del número de estrellas que tienes en la placa de la entrada, sino de las estrellas de verdad que llevas adentro”. En 2012, la exclusiva lista de Conde Nast Traveler puso al Beau-Rivage como en número uno de la elegancia mundial, y mucha gente nueva y aparentemente chic no sabía dónde estaba. “Mejor”, dijo mi amigo, ahora ya portero principal (y que es el único que sigue allí con sus vistosos botones dorados y su chistera algo apolillada), cuando volví esa tercera vez a ver qué quedaba del rastro de Lifar y de Lilian, que había muerto en 2008. Ellos están enterrados juntos cerca de Nureyev, en el Cementerio de Sainte-Geneviève-des-Bois (Île-de-France) en una tumba de granito negro con cruces ortodoxas tan sobria y geométrica como el hotel que los alojó y al que llegué por la gestión confidente de una amiga crítico, balletómana pasional y coleccionista, Gilberte Cournand, librera de danza en su local en la rue de Beaune de París, donde había sobre la estantería principal una foto de Serge Lifar autografiada con grandes y agitados trazos megalómanos.

El apartamento o suite de Lilian después de la muerte de Lifar estaba intacto; el gran vaso con rosas amarillas que mandaba de vez en cuando el príncipe Rainiero de Mónaco, la zapatilla de oro en una urna, el piano de colín reluciente y al fondo, sobre la pared de entelado inglés, el cuadro al óleo de Serge Lifar en Giselle. El exdirector de la Ópera de París y estrella de toda una época me recalcó la primera vez: “Ella es mi ángel guardián. Sin ella no hay nada”. Era algo que repetía a todo el que quería escucharle. Parecía ser una relación blanca y de estilo platónico, muy espiritual, pero se casaron y Lifar, sabiendo que ella lo sobreviviría, la declaró su heredera universal, legataria de una colección fabulosa donde había desde Picasso hasta manuscritos de Stravinski. Lilian me dijo: “Siempre estaba activo, escribía, leía… Él quiso venir aquí, este lugar le daba seguridad. Trabajó durante años en unas nuevas memorias y es mi deber publicarlas. Lifar estaba fuera de todo materialismo, lo espiritual era todo para él”. Por fin había que hablar de la muerte que había tenido lugar en la habitación contigua: “Fue aquí; el último día fue terrible. Él era muy valiente y sabía que la muerte llegaba, hablaba de ello con tranquilidad, estuvo lúcido hasta una hora antes. La tarde anterior me pidió papel y lápiz y escribió: 'Adiós a la vida. Adiós a Lilia (así me llamaba). Adiós amigos y adiós a la hermosura de la naturaleza’. Después me susurró: ‘Tráeme el cuadro de Giselle”. Todo esto lo recogí en la revista Scherzo hace 27 años.

La emperatriz Sissi había ido al Beau-Rivage en busca de silencio, perseguida por varias desgracias: el suicidio de su hijo Rodolfo en Mayerling y el de su primo el rey Luis II de Baviera, ahogado en el lago de Starnberg, y la muerte de su hermana, abrasada por las llamas en París. Ella estaba hundida, pero su asesino, el anarquista Luigi Lucheni, llegó a decirle al juez: “Yo creía haber matado a una persona que vivía en una felicidad insolente”. Cuando cumplía cadena perpetua, Lucheni se suicidó ahorcándose en su celda. En un ángulo del gran salón arcado del Beau-Rivage hay un retrato de la emperatriz. Tiene que estar, es leyenda, pero se impone la latencia del recuerdo, el drama que no se oculta al paisaje.

Lilian, con las manos juntas y muy serena, toda compostura, cuenta que se armó de valor y le preguntó al moribundo: “¿Tienes miedo a la muerte?”. Y Lifar respondió con entereza: “No, porque yo nunca he especulado, sino que siempre he amado”. La viuda respira hondo y mira por la ventana al lago, que se ha vuelto rosado al atardecer, a la misma orilla donde paseó la emperatriz Sissi por última vez: “Voy a crear el premio Serge Lifar para el mejor bailarín y la mejor bailarina, no importa de dónde sean”.

Al final de la conversación con Lilian de Ahlefeldt-Laurvig saqué tímidamente mi cámara fotográfica y le pedí retratarla. No quiso ponerse delante del cuadro de Giselle, donde Serge Lifar es el príncipe Albrecht portando el ramo de calas hacia la tumba de su amada, sino en un rincón más discreto que hoy ya tampoco existe.

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‘Inventores: Juan de la Cierva’

Cultura ElPaís - Mar, 22/07/2014 - 23:47

Asier Urbieta entrevista a uno de los más grandes innovadores españoles, que prosiguió la labor de su tío. Inventores: Juan de la Cierva es uno de los cortos que participaron en el último JamesonNotodofilmfest.

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Propiedad intelectual: primer acto

Cultura ElPaís - Mar, 22/07/2014 - 20:10

Se acabó el primer tiempo: la Comisión de Cultura del Congreso aprobó ayer —con 22 votos a favor, los del PP, y 20 en contra de la oposición— el texto del anteproyecto de reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. El copyright del símil futbolístico pertenece al portavoz del PP, Juan de Dios Ruano Gómez, que lo empleó en el debate. Así, queda todavía la segunda parte —el Senado, en otoño—, donde tanto los populares como la oposición dejaron entender que la normativa podrá sufrir más cambios. Se habían presentado hasta 169 enmiendas parciales y la aprobación ha tenido lugar en una sesión extraordinaria de la comisión de cultura del Congreso, dado que julio no es hábil parlamentariamente. El Gobierno solicitó la celebración de esta sesión a finales de junio. Luego está previsto que la ley entre en vigor con la llegada de 2015. Justo entonces empezará una larguísima prórroga de este enconado partido. Porque el propio Ejecutivo ha afirmado que esta reforma es “parcial y urgente”, a la espera de una nueva modificación, radical y más profunda, de la ley de propiedad intelectual que recoja las decisiones que se están tomando en Bruselas.

Sea como fuere, para ser solo la primera mitad, ya hay unos cuantos veredictos. La aprobación de ayer con un margen tan escaso deja en evidencia que el "consenso" que prometía el PP no se ha producido, tanto que los populares han tenido que recurrir a su mayoría para sacar el texto adelante. Sólo nueve de las casi 170 enmiendas propuestas por la oposición fueron finalmente incorporadas.

En términos concretos, la reforma confirma la llamada tasa Google o Canon AEDE —para sus detractores—, una remuneración que los agregadores de noticias como Google News tendrán que pagar a los editores de prensa por reproducir fragmentos de sus noticias. El texto refuerza también la lucha contra la piratería online, al confirmar las sanciones de hasta 300.000 euros para las páginas de enlaces.

La reforma supone cambios relevantes para las entidades de gestión, al lanzar la ventanilla única, una mesa a la que pueda acudir el usuario de contenidos protegidos por los derechos de autor para pagar a todos los organismos de una sola vez sin tener que negociar con ellas individualmente. La votación confirma también la compensación por copia privada con cargo a los Presupuestos del Estado, ese sistema que nació para sustituir al enterrado canon digital y que la oposición criticó en bloque.

Otra certeza es que la reunión se celebró en un clima caótico: interrupciones, recuentos y búsquedas de diputados huidos a por un tren, enmiendas anunciadas por error para la votación o repetidas —“no, esta no” o “¡si ya la hemos votado!”, llegó a decir el presidente de la Comisión, Juan Manuel Albendea Pabón—, confusión sobre los números a favor o en contra y risas de algunos de los presentes fueron algunos de los ingredientes de un debate que duró más de tres horas.

La votación se celebró en la Comisión de Cultura, habilitada excepcionalmente para el mes de julio y con competencia legislativa plena, lo que hizo que las enmiendas no tuvieran que pasar por un debate en el pleno del Congreso. Sí lo hicieron las enmiendas a la totalidad que presentaron PSOE, Izquierda Plural, UPyD, ERC, BNG y Amaiur en febrero, todas ellas rechazadas. A lo largo de la discusión, Ruano Gómez enumeró los objetivos que persigue el PP con esta ley. Se trata, entre otras finalidades, de “reforzar la supervisión a las entidades de gestión; mejorar la protección de los derechos de autor online y adaptar el límite de cita de los agregadores de contenidos en Internet reconociendo el derecho de las empresas editoras a ser compensadas”. Sin embargo, los grupos de la oposición atacaron al PP por no apostar por una ley consensuada.

En realidad, el texto ha sufrido ataques desde su génesis también por parte de las entidades de gestión, que se han quejado de no haber sido consultadas durante todo el proceso. Antonio Fernández, director general de Adepi, entidad que agrupa a las ocho entidades gestoras de derechos de autor en España, hizo una valoración “muy negativa” de la votación. “Es una oportunidad perdida, teníamos mucha expectativa en el consenso que había prometido el Partido Popular", agregó Fernández. Y Antonio María Ávila, secretario de la Federación de Gremios de Editores, defendió que “lo fundamental es no solo que salga una buena ley sino que se pueda aplicar”, en referencia a los recursos que el sector pide que se proporcionen a la comisión Sinde –la que persigue la piratería 'online'- para que sea más efectiva en su trabajo. Ávila añadió que el Gobierno ha prometido a la industria del libro que la normativa será mejorada y ulteriormente modificada en el Senado.

A lo largo del debate, retransmitido en streaming, la reforma fue criticada también duramente en las redes sociales entre mofas e indignación. Carlos Sánchez Almeida, abogado experto en propiedad intelectual e Internet, explicaba: “El verdadero problema es que el legislador español no entiende lo que es un enlace ni que Internet se reproduce a través de los links. Mientras la solución siga siendo jurídica, el resultado va a ser el mismo: habrá más enlaces a esas mismas obras”. Al parecer, queda mucho partido.

Uno de los aspectos críticos es la compensación por copia privada que sustituye al enterrado canon digital. El nuevo sistema, con cargo a los Presupuestos del Estado, no convence ni a la oposición, que critica el hecho de que paguen todos los ciudadanos, ni a las entidades de gestión, que han visto su compensación pasar de 115 millones con el canon a cinco. Estos organismos critican, duramente, también la llamada ventanilla única, un espacio al que puedan acudir los usuarios de contenidos sujetos a derechos de autor para resolver todos los pagos en lugar de tratar con varias entidades de gestión a la vez. Quizás la madre de todas las polémicas es el miedo, que relatan algunas fuentes, a que el Ejecutivo asigne finalmente esta función a la SGAE si no hubiese acuerdo entre las entidades para crear un organismo privado que se ocupe de ello. La situación de la principal entidad de gestión de los derechos de autor así como las investigaciones que sufrió en 2011 por supuestos desvíos de fondos hacen que la desconfianza y las críticas cundan.

Otro de los puntos más criticados durante la tramitación parlamentaria de la normativa ha sido la ausencia de comparecencias en el Congreso de expertos en la materia, al mismo tiempo que los grupos parlamentarios han criticado que esta normativa no ha sido elaborada con el consenso del sector.

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La razón existencial de Eugeni Forcano

Cultura ElMundo - Mar, 22/07/2014 - 19:15
'Atrapar la vida, Fotografías 1960-1974' expone el trabajo del artista realizado en la revista 'Destino'. Leer
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El Congreso debate hoy la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual

Cultura ElMundo - Mar, 22/07/2014 - 18:37
Los principales grupos de la oposición piden un endurecimiento notable de las medidas administrativas contra la llamada 'piratería' en Internet. Leer
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La noche de la Mulata Chancletera

Cultura ElMundo - Mar, 22/07/2014 - 16:36
La gran voz del feeling será homenajeada hoy en Cartagena por el conjunto de una carrera que es algo así como un libro de historia de la música cubana de los últimos 50 años. "Estoy orgullosa y agradecida". Leer
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El piano de ‘Casablanca’, a subasta

Cultura ElPaís - Mar, 22/07/2014 - 16:14

You must remember this, a kiss is just a kiss…” tocaba Sam una y otra vez en el Rick’s Café en Casablanca a petición de Ilsa (Ingrid Bergman). “Tócala, Sam”, le decía ella, una y otra vez. Y la melodía que salía de la voz de Sam y aquel piano rosado volvían a enamorarla. 72 años después de que Dooley Wilson tocara aquella canción en la película de Michael Curtiz, el mítico piano saldrá a subasta el próximo otoño (el 24 de noviembre) en la casa Bonhams en Nueva York.

There’s no place like Hollywood (No hay un lugar como Hollywood) es el nombre de la subasta cinéfila en la que el piano será la pieza central de un gran lote de memorabilia de la película, donado por un coleccionista privado, que incluye desde las puertas interiores y exteriores del café de Rick (Humphrey Bogart) a fotos firmadas por el reparto, las notas de prensa originales, un último borrador del guion o los pasaportes y visados creados para la huida de Ilsa y Victor Laszlo (Paul Henreid). “Es una de las colecciones de memorabilia de cine más significativa que aún estaba en manos privadas”, asegura Catherine Williamson, directora de Entertainment Memorabilia en Bonhams.

La casa de subastas se ha asociado por segunda vez con el canal de cine clásico TCM para organizar la que consideran una venta “inolvidable e histórica” por la popularidad que aún conserva el filme de Humphrey Bogart de 1942. “Casablanca es una de las películas de guerra más queridas de Hollywood y uno de los títulos más prestigiosos de nuestra colección”, dice Dennis Adamovic, vicepresidente senior de TCM. Por eso, esperan que el piano de Sam llegue a venderse por más de siete cifras, superando el casi medio millón de euros que alcanzó en 2012 en una subasta el segundo piano usado para las escenas de flashback en Paris, cuando Rick e Ilsa se enamoraron.

El actor de La reina de África parece que es un éxito asegurado aún hoy. Otra popular película de Humphrey Bogart, El halcón maltés (1941), tiene hasta ahora el récord de venta de un objeto de cine. El otoño pasado, cuando Bonhams y TCM se asociaron por primera vez para la subasta What Dreams are made of (De lo que están hechos los sueños), la figura del halcón que aparecía en el filme de John Huston alcanzó los tres millones de euros (cuatro millones de dólares). Aquel día también se vendió el coche que presenció la mítica escena de despedida de Casablanca, un Buick Phaeton de 1940 por el que alguien pagó más de 300.000 euros.

En la subasta del próximo otoño, There’s no place like Hollywood, además del lote de objetos de Casablanca se pondrán a la venta recuerdos de películas que harán las delicias de cinéfilos. Como el vestido que usó Rita Hayworth mientras cantaba Amado Mío en Gilda (1946), un retrato de Rodolfo Valentino como el Halcón negro pintado por Federico Armando Beltrán Massés en 1925; una pieza de vestuario que usó Jena Russell en El forajido (1943); el vestuario de Barbra Streisand en Vuelve a mi lado (1970), en Tal como éramos (1973) y en Yentl (1983); el delantal que llevó Judy Garland en El mago de Oz (1939) o las pruebas de capa que hizo el diseñador Adrian para los monos voladores.

Entre tanto fetiche, el piano en el que Dooley Wilson tocaba As Time Goes By será otra vez la estrella. Aunque ya no esté dentro del café de Rick, el piano color salmón aún está en perfecto estado y puede tocar la canción tantas veces como se la pidan. Fue utilizado por última vez en un concierto de 2006 en el Hollywood Bowl de Los Ángeles que celebraba la banda sonora nominada al Oscar que compuso Max Steiner para Casablanca. Y aquel “You must remember this…” volverá a sonar este otoño cuando alguien (que no pueda evitar el chiste) le grite “Cómpralo otra vez, Sam”.

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La BNE y Telefónica renuevan el acuerdo para digitalizar sus fondos

Cultura ElPaís - Mar, 22/07/2014 - 14:34

La Biblioteca Nacional de España (BNE) y Telefónica han firmado hoy la renovación del acuerdo para la digitalización de los fondos del archivo. La colaboración, que ha servido para digitalizar en seis años 25 millones de páginas de un total de 150.000 obra, se inició en 2008 y se prolongará por cuatro años más. "Si no hubiera sido por el presupuesto destinado por Telefónica a este fin [10 millones de euros desde 2008], la Biblioteca Nacional no hubiera podido digitalizar nada", ha asegurado hoy la directora de la institución, Ana Santos. La empresa de comunicación ha anunciado que durante la ampliación del acuerdo se invertirá medio millón de euros más.

El descenso de presupuesto para el próximo cuatrienio se justifica, según Carlos López, porque en esta etapa Telefónica colaborará "en menor medida" en la digitalización de los documentos de la BNE, y se centrará más en la mejora de las aplicaciones móviles con el fin de facilitar el acceso a los contenidos por parte de los usuarios.

La labor de digitalización realizada en estos seis años pone al alcance de cualquier ciudadano, de cualquier lugar del mundo, cientos de miles de títulos en diferentes tipos de materiales: dibujos, grabados, fotografías, partituras, libros impresos y manuscritos, registros sonoros, material cartográfico, revistas o periódicos. En 2012 el ritmo de digitalización alcanzó las 30.000 páginas diarias, con una media anual de 440.000 visitas, 31.000 usuarios al mes de 163 países y la descarga en los últimos seis años de 15 millones de documentos.

Entre los documentos digitalizados en estos cuatro años, la responsable de la BNE ha citado el teatro del Siglo de Oro, la colección de estampas de Francisco de Goya o las ediciones de El Quijote, aunque ha reconocido que el porcentaje de documentos digitalizado es "muy pequeño" respecto a los 30 millones de ejemplares con que cuenta la Biblioteca.

Estos fondos, accesibles libre y gratuitamente desde los portales de la Biblioteca Digital Hispánica y la Hemeroteca Digital abarcan desde el siglo IX hasta hoy, representan 25 millones de páginas digitalizadas, y corresponden a los fondos de dominio público, aquellos que están libres de derechos de autor. La digitalización de fondos en el futuro, según la directora de la Biblioteca, se centrará en autores que en los próximos años pasarán también a ser de dominio público, como Ramón y Cajal, Lorca, Valle Inclán, Unamuno, Ramiro de Maeztu o Pedro Muñoz Seca, así como en grandes autores de los que aún faltan obras emblemáticas por incorporar, como Clarín, Espronceda, Rosalía de Castro, Juan Valera o José Zorrilla, entre otros.

Asimismo, se digitalizarán obras de las que la BNE alberga el único ejemplar que se conserva y cuya preservación es clave, y se continuará en la labor de digitalización de obras de todo tipo, como manuscritos, incunables, dibujos, grabados, fotografías o partituras, así como 6.500 rollos de pianola con un escáner único diseñado por la Universidad Autónoma de Barcelona. Para este fin, se desarrollarán Apps con colecciones destacadas de la Biblioteca Digital, búsqueda de nuevos usuarios y otros desarrollos como pasapáginas, líneas de tiempo y geolocalización de obras.

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Una entrevista inventada no es periodismo para la FAPE

Comunicacion ElMundo - Mar, 22/07/2014 - 14:18
La FAPE considera que la entrevista ficticia de la revista Diez Minutos a Letizia Ortiz "no es una buena práctica periodística". Leer
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Minutos de su vida: 8.47

Cultura ElPaís - Mar, 22/07/2014 - 13:58

En música (como en cualquier cosa en la vida) hay pocos quórums. Lo que para unos es agua clara y cristalina para otros no es más que aceite usado y lo que emociona a tu vecino podría hacerte estallar los oídos en treinta segundos.

A algunos les gusta el regaetton, Manel Fuentes imitando a Springsteen o los sets de Paquirrín ejerciendo de disyóquey: hay horrores para todos los gustos.

Sin embargo, entre los melómanos hay poca discusión a la hora de considerar a la Caledonia Soul Orchestra de Van Morrison como una de las mejores bandas de todos los tiempos. La formación, que acompañó a Van el Terrible allá por los 70 y con los que grabó el impresionante It’s too late to stop now (un directo capaz de convertir a un vegano en carnívoro), estaba compuesta de una docena de músicos, versados en el blues, el jazz, el soul o la música clásica. La bellísima —y explosiva— Terry Adams al chelo, la guitarra de John Platania (un músico capaz de encontrarle el punto G a cualquier cosa que tuviera cuerdas), el saxofón de Jack Schroer o el bajo de David Hayes configuraban el núcleo de una banda con una ilimitada capacidad para la improvisación y la excelencia, a los que Van Morrison dirigía con el índice de su mano derecha mientras con la izquierda agarraba el micrófono como si acariciara a una mujer en la primera cita.

De su set list, plagado de clásicos, versiones y pelotazos como Ain’t nothing you can do, Here comes the night o Domino, destacaba Caravan. La pieza, una especie de himno a la carretera donde el irlandés reclamaba a gritos que alguien subiera la música, se convirtió enseguida en uno de sus temas más recurrentes y uno de esos momentos donde el público se perdía entre los acordes de una banda irrepetible (los fans pueden reconocer el tema en el mítico concierto de despedida de The band, El último vals, con un Van Morrison apoteósico, cercano al éxtasis místico).

El escritor Nick Hornby dijo en una ocasión que no le importaría esa fuera la banda sonora de su entierro y sin ponernos funerarios, no es difícil entender a lo que se refería: Caravan reúne todas las cualidades que han hecho de Van Morrison un maldito genio: el halo de poesía imprescindible para que uno entienda su grandeza como letrista; los arreglos que permiten que cada instrumento acabe encontrando su hueco (aunque parezca que no lo haya) y ese sello, personal e inconfundible, esa energía disfrazada de bici estática, donde no es necesario contornearse o moverse un milímetro para escupir gasolina encima de una canción.

De todas las versiones de Caravan (y hay centenares), la que Van y la Caledonia se sacaron de la manga en 1973 en el Rainbow Theatre de Londres es la que se lleva la palma. El de Belfast en la plenitud de sus cuerdas vocales, Platania exprimiendo la guitarra, colando notas aquí y allá, James Trumbo y Jeff Labes poniendo las teclas boca arriba (antes de que llegara Georgie Fame, del que habrá que hablar otro día) y esa sección de cuerda, dos violines, una viola y la mencionada Terry Adams al chelo, que le ponen a uno la nuca como la piel de un tambor.

Hágase un favor, disfrute ese momento indescriptible de la historia de la música y relájese, sírvase su veneno favorito y reflexione sobre lo que eran capaces de hacer trece tipos sobre un escenario allá por 1973, cuando el mundo era joven y llevar flores en el pelo estaba bien visto.

La nostalgia, si así lo desea, es cosa suya.

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El vals del archiduque y su asesino

Cultura ElPaís - Mar, 22/07/2014 - 13:21

No se habían encontrado nunca hasta el día que uno mató al otro. El adulto (50 años) portaba un estrafalario gorro Stulphut con plumas de buitre teñidas de verde y el joven (19) una más práctica pistola semiautomática Browning de 9mm. Sus vidas eran tan distintas que parecían habitantes de diferentes planetas y nada parecía predisponerles a convertirse en la insólita pareja que iba a abrir uno de los bailes más macabros de la Historia. Gavrilo Princip, un humilde, pobrísimo estudiante serbobosnio, frustrado poeta, tirador novel, y Francisco Fernando, el archiduque heredero del imperio austrohúngaro y uno de los hombres más ricos del mundo, cazador experimentado y famoso por su puntería, coincidieron unos fulgurantes y sangrientos segundos aquel soleado domingo 28 de junio de 1914 en Sarajevo para volver a separarse para siempre. No hubo más oportunidad: el archiduque resultó muerto a raíz de aquello –con un balazo afortunadísimo (no para él) que le destrozó la yugular- y el debutante (y mayúsculamente exitoso) terrorista fue a dar con sus huesos en prisión, de la que ya no salió vivo. Todos sabemos lo que pasó en el momento que nuestros dos personajes se encontraron, acaso entrecruzando un instante dramático sus miradas, quién sabe si atisbando con la omnisciencia de los momentos críticos una visión apocalíptica de acero hirviendo y estrépito ensordecedor sobre un paisaje devastado de barro y trincheras, pero, ¿de dónde venían?, ¿cómo habían sido sus respectivas existencias hasta entonces? Es fascinante trazar las vidas paralelas de ambos hasta su estrepitosa intersección, sabiendo, mientras las reseguimos, de qué manera brutal se iban a topar esos dos individuos a los que el destino convirtió en mecha de la I Guerra Mundial.

Mi interés por Francisco Fernando, más allá de una natural inclinación general por los militares aristócratas austrohúngaros y el haber contemplado su guerrera ensangrentada (en el museo militar de Viena), despertó especialmente al descubrir una foto suya disfrazado de momia. Efectivamente, durante una estancia en Egipto en 1896 el archiduque se retrató asomando la cara por la abertura de un sarcófago de pega para los turistas de entonces. Una inscripción sobre la fotografía lo identificaba como “Amenhoteph XXIII, faraón de Egipto” (en realidad solo hubo cuatro Amenhoteph). Se le ve muy metido en el papel, aunque desentonan sus célebres bigotes.

Reaccionario, clerical (Princip era ateo) y despótico, Francisco Fernando (Graz, 1863-Sarajevo, 1914, claro), sobrino del emperador Francisco José y su heredero desde 1889, era un típico producto de la Casa de los Habsburgo, esa dinastía dedicada en buena medida desde hacía tiempo a survive in greatness, como decía el ilustre A. J. P. Taylor, aunque el archiduque, puro k. und k. (real e imperial) en tantas cosas –ya era teniente a los 12 años-, tenía sus particularidades. Era un apasionado de las rosas (un mes antes de su muerte estaba en un show floral en Chelsea), un alma fascinada por las ciencias naturales, buen conocedor de las aves, un irredento viajero deseoso de experiencias nuevas y quién lo hubiera dicho, ¡un excelente autor de literatura de viajes!, como permite descubrir la entretenidísima lectura de su diario del gran tour que realizó en 1892-1893, de Trieste a Japón, y que le llevó a lugares tan exóticos como Ceilán, Nepal, Java, Sarawak, Nueva Guinea o las Islas Solomon. Hombre lleno de curiosidad anota la interesante visión en un museo de Calcuta del pie de un niño indio recuperado del estómago de un cocodrilo.

Francisco Fernando viajaba, eso sí, in style, y en esa ocasión lo hizo en uno de los más modernos buques de guerra de la flota imperial, el crucero SMS Kaiserin Elisabeth, de cuatro mil toneladas y con una tripulación de 450 oficiales y marineros (el barco fue hundido luego por aviación naval en el primer año de la guerra cerca de Quingdao, China). En el viaje, el archiduque, que pretendía viajar de incógnito –como “conde de Hohenberg”- , pese a su nutrido séquito y el crucero, navegó por el estrecho de Malaca, anduvo por las selvas entre cingaleses, malayos y papúes, visitó largamente la India británica donde cazó tigres en compañía de maharajás, rajás y nababs (le regalaron dos cachorros de un año que desgraciadamente para él no llevaba aquel día en Sarajevo), presenció sacrificios en el templo de Kali en Calcuta, admiró el Kangchenjunga, elogió (noblesse oblige) a los Ulanos de Madrás y tras alancear jabalíes a caballo con ellos en Gwalior los oficiales del Raj le cantaron “he is a jolly good fellow”. Visto así parece que Gavrilo haya matado a KIpling. En fin, tampoco podía imaginar el anarquista Lucheni que su víctima, la emperatriz Sissi (tía de Francisco Fernando), reencarnaría en Romy Schneider.

En lo más antipático, que era mucho, caracterizaba al archiduque, además de su lógico militarismo y su propensión a la cólera, una obsesión por la caza rayana en lo patológico. Su castillo de Konopiste en Bohemia –muy parecido por cierto al de la familia Almásy en Bernstein y en el que tenía ducha y un moderno retrete con taza- es un despropósito en su exhibición de trofeos que cubren literalmente salas y pasillos. Puedes ver ahí solo una parte de los 300.000 animales que abatió -antes de que lo abatieran a él-, pero la colección, especialmente surtida en cérvidos, incluye osos, urogallos, flamencos, cigüeñas, y hasta un bisonte. Francisco Fernando, el Nemrod austrohúngaro, cazó elefantes (regia manía) en Ceilán -en una ocasión dos a la vez-, aves del paraíso en la isla Vari Vari, canguros en Australia… Otros detalles discutibles de su personalidad eran su antidarwinismo y que detestaba a los húngaros -lo que es un problema si eres heredero de la doble corona-, hasta el punto de abroncar a los jinetes del 9º regimiento de húsares, del que era comandante, por hablar su lengua.

Francisco Fernando fue nombrado heredero en 1889 tras la muerte de su primo Rodolfo en el turbio episodio de Mayerling y la renuncia de su padre a la línea de sucesión. Tampoco había ya mucho más dónde elegir. La relación con el emperador, su tío, era tormentosa. El archiduque tenía sus propias ideas sobre la política imperial, entre ellas rebajar la influencia húngara y apoyar la monarquía concediendo más prerrogativas a los eslavos En 1913 adquirió el cargo de Generalinspektor de las fuerzas armadas austrohúngaras. En junio de 1914 se encontraba supervisando unas maniobras cuando, imprudentemente, decidió visitar Sarajevo…

En el extremo opuesto de la suerte en la vida –al menos hasta que se encontraron- el serbio Gavrilo Princip (Obljaj, 1894-Terezin, 1918), nació en un miserable villorrio bosnio, no viajó más allá de Belgrado, y desde luego de haber visto un ave del paraíso se la hubiera comido.

Apenas se habían librado de los turcos, los compatriotas de Princip se encontraron ocupados por los austro-húngaros que posteriormente se anexionaron Bosnia y Herzegovina pretextando una labor civilizadora y modernizadora. El chico de asombrados ojos azules y constitución endeble, bautizado con el nombre del arcángel Gabriel, creció entre las leyendas patrióticas serbias y un anhelo indefinible de grandeza mientras ayudaba con las gallinas o en el campo o vigilaba las ovejas. Adoraba la lectura y los libros y aseguraba que un día se oiría hablar de él. Uh, qué daño hace todo eso. La vida del joven cambió cuando lo enviaron a estudiar Comercio a Sarajevo. En un libro indispensable para entender a Princip y de qué manera encaja en la cruenta historia de los Balcanes (The Trigger, 2014), Tim Butcher, corresponsal de la guerra de Bosnia, sigue materialmente sus pasos en un recorrido apasionante que incluye desde las matanzas de Srebrenica hasta un concierto de la banda Franz Ferdinand en Banja Luka, pasando por las aventuras de Fitzroy Maclean luchando contra los nazis con los partisanos de Tito y el hallazgo de las notas escolares de Gavrilo: un batiburrillo sensacional. Butcher le describe buscando instintivamente su destino, en Sarajevo y luego, en 1912, en Belgrado, como después lo haría en Viena otro joven desheredado y despechado, Adolf Hitler.

Princip, que paradójicamente estuvo a punto de ser reclutado como cadete austrohúngaro, fue descuidando progresivamente sus estudios para sumergirse entre el lumpen en el que pululaban revolucionarios, anarquistas e irredentistas serbios y radicalizarse, con la inestimable ayuda de la lectura de Bakunin, Kropotkin, Marx y Dostoyevsky –aunque también era un apasionado de Alejandro Dumas y Walter Scott, que no dejan de impulsarte a vivir aventuras-. La rabia contra la ocupación colonial austrohúngara de Bosnia creció en él hasta hacerle unirse a uno de los grupos de jóvenes aspirantes a terroristas manipulados discretamente por los servicios secretos serbios. Butcher recalca que Princip no fue un extremista serbio del tipo racista que años después daría lugar a la limpieza étnica, sino que en su idea nacionalista anti austrohúngara entraba la liberación de todos los eslavos del sur independientemente de que fueran cristianos, ortodoxos o musulmanes. Así que sería más bien un precursor de Yugoslavia.

En la vida tan distinta de Gavrilo y Francisco Fernando sorprende encontrar el nexo común, además de la tuberculosis que ambos sufrieron –y que mató a Princip en la cárcel, tras dejarle manco-, del amor romántico. El joven serbobosnio de naturaleza solitaria se enamoró al menos una vez que sepamos de una chica a la que no llegó siquiera a besar limitándose a regalarle un libro de Oscar Wilde. El archiduque se jugó toda su posición para casarse con la mujer de su vida, la condesa Sofía Chotek, cuya cuna la hacía inadecuada para un matrimonio de la casa imperial. Francisco Fernando se negó a considerar cualquier otra posibilidad aunque su furioso tío se lo exigía e incluso le presionaron por cuenta de este el zar, el káiser y el papa, que ya es trío para chafarte la boda. Finalmente, a regañadientes, el emperador accedió pero con la condición de que el matrimonio fuera morganático y los hijos no tuvieran derechos de sucesión al trono. Sofía sufrió innumerables humillaciones y de hecho no podía siquiera viajar en el mismo coche que su marido. En Sarajevo le hicieron una excepción.

Cuando Princip la hirió de muerte con su segunda bala, sin querer alcanzarla a ella, según el chico, el agonizante archiduque se mostró desolado y sus últimas palabras –a excepción de un no muy acertado “no es nada” referente a su propia herida- fueron para ella (“Sofi, Sofi, no te mueras, vive por nuestros hijos”).

Princip, que había evolucionado hasta convertirse en potencial asesino, y su grupo decidieron matar a una figura del régimen de ocupación austrohúngaro y entonces se enteraron de la visita del archiduque a Sarajevo. Tras hacerse con pistolas y granadas –suministradas por gente de la organización ultranacionalista serbia Mano Negra en conexión con los servicios secretos serbios-, cruzaron el Drina y el domingo que iba a ser sangriento los encontró, un total de seis, apostados a lo largo del recorrido de la comitiva del archiduque, la avenida de los asesinos.

Lo que pasó es bien sabido: un terrorista se arrugó, otro falló –la granada explotó en el suelo tras rebotar en el coche o ser desviada en un acto reflejo por el archiduque-, la visita imperial inexplicablemente continuó, y finalmente Princip se dio de bruces con el automóvil Gräf & Stift literalmente frente a él. Ahí les dejamos, a Francisco Fernando y al estudiante poeta reciclado en asesino, encontrándose cuando el reloj marca las 10:45 a. m. y las dos vidas confluyen para marcar con pólvora y sangre el espíritu de nuestro tiempo.

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