Hay quienes no necesitan ninguna excusa para comer dulces. Sienten una apetencia exagerada y desmesurada en cualquier momento, son incapaces de reprimirse y cada día se deleitan con el dulzor del chocolate, de un pastel o de un puñado de golosinas. Son personas que se enfrentan en muchos casos a un problema de adicción hacia estos alimentos. El hallazgo de un equipo de investigadores del Monell Chemical Senses Center, en Filadelfia (EEUU), que ha averiguado nuevos mecanismos por los cuáles el cuerpo detecta estos sabores, podría ayudar a 'engañar' al organismo combatiendo con ello la adicción y de paso los kilos de más.
No importa tanto su denominación, "food craving" en inglés o antojo en español, como la consecuencia de sufrir el anhelo por comer alimentos concretos acompañado por una necesidad inmediata de satisfacer el apetito. Este antojo se entiende clínicamente como un deseo ferviente más que un capricho pasajero. Además del riesgo evidente de aumentar de peso y desarrollar diabetes y caries, el consumo regular y exagerado de dulces dicen algunas publicaciones no contrastadas que podría afectar negativamente al sistema inmunológico, siendo así el organismo más propenso a sufrir catarros e infecciones varias, como cistitis y vaginitis.
Pero por qué nos gustan tanto los dulces, podríamos preguntarnos.
El ser humano siente una predilección especial por el dulce. Es más, este vocablo no sólo se utiliza para describir un sabor, sino que se asocia con sensaciones agradables y placenteras, como la mención a la "dolce vita" o la alusión a "tener dulces sueños". Es el primer sabor con el que se entra en contacto gracias a la leche materna. A diferencia de la de otros mamíferos, concentra lactosa, un tipo de azúcar. Pero la falta de control en el consumo de dulces puede derivar en obsesión. En el ámbito sanitario se ha bautizado como "sweet tooth" (diente dulce) a la apetencia exagerada por el dulce y las golosinas.
Hasta ahora, la ciencia sabía que que los receptores T1r2+T1r3 eran los que permitían a las células del gusto, situadas en la boca, detectar todos los compuestos dulces -azúcares naturales, edulcorantes, fructosa y sacarosa-. Sin embargo, en un estudio con ratones se vio que no toda la detección de este sabor se podía explicar con estos receptores, ya que cuando se suprimía uno de ellos los roedores eran capaces de seguir reconociendo el dulzor.
Los investigadores han ahondado en esta cuestión y han descubierto, según publican esta semana en 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (PNAS), que junto a estas proteínas receptoras del dulce, el cuerpo utiliza otros sensores que se encuentran en el intestino y en el páncreas y que, además de detectar los azúcares se encargan de absorberlos y de regular los niveles de glucosa en sangre.
"Es sorprendente lo listo que es el sistema del gusto y cómo integra toda la sensación de los sabores en el proceso digestivo", señala Robert F. Margolskee, neurobiólogo molecular en Monell y coordinador de este estudio.
El receptor que realiza esta función en el intestino es el SGLT1, un sensor que transporta la glucosa hacia las células del gusto. El del páncreas es conocido como el canal KATP y se encarga de monitorizar los niveles de glucosa y liberar insulina cuando son muy altos.
"Detectar el dulzor de los azúcares y edulcorantes es una de las funciones más importantes de las células del gusto. Si no reconociéramos este sabor nunca nos saciaríamos y estaríamos siempre hambrientos. Trabajando con ratones hemos descubierto que además de las papilas gustativas existen otras pautas por las cuales el organismo detecta la glucosa y otros azúcares", explica Margolskee, que añade que "encontrar fuentes nutritivas de azúcares es de vital importancia para los humanos y los animales, por lo que el cuerpo ha desarrollado múltiples mecanismos para dectectarlos".
Así por ejemplo, el resultado del consumo frecuente y desmedido de bebidas azucaradas entre horas -tanto refrescos como zumos de fruta, sobre todo en niños, es el aumento de peso, que se puede mantener en la edad adulta. La causa es sin duda la elevada concentración de azúcares y energía y su baja capacidad de saciedad, que favorece que quienes las toman no compensen este consumo calórico con una ingesta posterior más baja, caloricamente hablando.
El problema, según este experto, es que "en los países occidentales ingerimos demasiada comida y muy calórica, por lo que muchas personas están sobrealimentadas".
Y el chocolate, es un dulce, por qué le gustan tanto los bombones a las mujeres.
El deseo continuado y exagerado por comer alimentos concretos, en particular por el chocolate, es una compulsión crónica que afecta a un alto porcentaje de personas, sobre todo mujeres. Según un informe británico, hasta el 75% de las ciudadanas de Reino Unido admiten que tienen un verdadero problema para controlar el consumo de este dulce. El antojo por comer chocolate tiene una dimensión propia, incluso ocupa un lugar especial dentro de la dieta anglo-americana, tal y como detallan Leslie Gofton y Anne Murcott en el libro 'Food cravings and addiction', en un capítulo que analiza a fondo este antojo.
Numerosas personas experimentan una gran debilidad por el chocolate y este deseo no desaparece cuando tienen delante otros dulces. Ante su efecto en el comportamiento alimentario de parte de la población, sus componentes, juntos y por separado, son objeto de un estudio profuso, también desde el ámbito de la neurofisiología y la psiquiatría.
De acuerdo a numerosos estudios, se establece que su acción puede desarrollarse tanto en un plano biológico como psicológico. La propuesta más citada es que los azúcares del chocolate aumentan el nivel de serotonina en el cerebro y, por esta razón, mejora el estado de ánimo. Se han registrado evidencias de que los mecanismos serotoninérgicos modulan la agresividad, el humor y la sensibilidad al dolor y, por este motivo, comer chocolate puede calmar el malestar. Este alimento contiene variedad de compuestos químicos como metilxantinas (teobromina, cafeína y feniletilamina) y anandamida (con afinidad por los mismos receptores que los derivados del cánnabis, como la marihuana), que intensifican las propiedades sensoriales de placer y bienestar.
Pero cómo podemos evitar o al menos aminorar este hábito, antojo o deseo irrefrenable o adición de consumir dulces.
La dependencia de los dulces genera en muchos casos síndrome de ansiedad, un malestar más común de lo que se admite, ya que a menudo se pasa por alto y no se entiende ni se trata bien. El ansia por la comida puede ser tan poderosa como una adicción al tabaco o al alcohol, y perder el hábito resulta difícil, pero no imposible.
Para limitar de manera eficiente este consumo excesivo "necesitamos entender mejor cómo nuestro organismo reconoce y metaboliza los azúcares. Para satisfacer nuestra necesidad de azúcar sin excedernos en calorías tenemos que aprender a 'engañar' al organismo y darle 'gato por liebre', es decir productos que el sistema digestivo identifique como dulce pero que no sean calóricos. Y para lograrlo, debemos activar todos los canales que se usan para detectar los azúcares y engañarlos a todos. Una misión difícil en la que tenemos que seguir investigando", indica el experto, "el proceso de reconocimiento del sabor dulce y todos los factores implicados en él todavía no se conoce bien".
Los alimentos dulces inducen la liberación de endorfinas en el cerebro. Por esta razón, los fármacos que bloquean la acción de las endorfinas de manera selectiva disminuyen el deseo de ingerir alimentos apetecibles como el chocolate, lo cual junto a ansilíticos podría ser útil para ayudar a estas personas, pero queda mucho por investigar.
Fuente: Consumer. Es
FRomero,
webmaster Smandaluz.Com
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