El copago en España y la duda de la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud

El autor, Juan Abarca Cidón. Director General del Grupo Hospital de Madrid y Secretario General del Instituto para el Desarrollo e Integración de la Sanidad (IDIS), pone en duda la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud y se muestra partidario de que la sanidad pública y la iniciativa privada alcancen un pacto con el que optimizar los recursos y evitar la implantación del copago, en el que no confía para solucionar los males del sistema.

No sé si en algún momento habrá que imponer un copago, pero cuando se haga ya no se podrá dar marcha atrás y parece un dispendio plantearlo sin aprovechar antes la totalidad de los recursos disponibles en nuestro sistema sanitario Fomentemos la integración del sistema privado en el público para evitar ineficiencias y facilitemos que quien pueda permitirse el copago voluntario lo haga para descargar al sistema público y éste se dedique a los que no se lo puedan permitirQue la viabilidad del sistema sanitario se encuentra comprometida es insoslayable. Existen más que motivos para poner en duda la sostenibilidad en un entorno en el que se debe garantizar una asistencia universal gratuita, que además cuenta con el agravante de que ha de darse desde la universalidad y la equidad en acceso y prestaciones.

El incremento del gasto sanitario, debido fundamentalmente al envejecimiento de la población, la cronificación de enfermedades y la actualización tecnológica y terapéutica, hace que las posibilidades de tener un sistema que satisfaga la demanda de la población sea inalcanzable. Hace aproximadamente 20 años la competencia del sistema dependía de tener a disposición del paciente recursos humanos suficientes y bien formados. Sin embargo, en los últimos años, el desarrollo tecnológico para el diagnóstico y el tratamiento ha provocado que la competencia del sistema dependa de forma importante de la actualización de la tecnología, haciendo que no sea posible mantener la equidad en las prestaciones del sistema, ya que no puede haber de todo en todos los sitios. No obstante, sí podemos aspirar a garantizar el acceso de todos los ciudadanos a un sistema que permita, con una acertada gestión, que todo el mundo tenga las mismas oportunidades.

En cualquier caso, no hay que eludir el debate de la financiación y la sostenibilidad. O bien nos replanteamos una profunda reforma o nos encontramos ante el agotamiento de un sistema que no va a ser capaz de mantener un mínimo de los principios que lo ordenan y va a producir ante todo diferencias e injusticias sociales, que en ocasiones, como ya han advertido algunos estudios, se manifiestan en forma de diferencias palpables en la evolución de los procesos en función de dónde viva cada paciente. La reforma quizás pase en algún momento por la implantación de un copago obligatorio, pero no habría forma de imponerlo sin ser injusto para una buena parte de la población, y el efecto sobre la financiación del sistema tendría poca notoriedad.

Sobre el efecto disuasorio del copago para que la gente no acuda a los servicios sanitarios, creo que sería más beneficioso invertir e insistir en formar y educar a la población que en condicionar la intención de un paciente a unos euros que a lo mejor se necesitan para el pan del día siguiente. El Gobierno gasta más del 40 por ciento de sus campañas de publicidad en mentalización medioambiental y de un modo mucho más constructivo; recordemos que con la epidemia de la gripe A y ante el llamamiento de las autoridades de no saturar los servicios sanitarios, la respuesta de la sociedad fue excepcional.

No sé si en algún momento habrá que imponer un copago, pero cuando se haga ya no habrá marcha atrás y parece un dispendio plantearlo sin aprovechar antes la totalidad de los recursos de nuestro sistema sanitario, porque además, y como ahora veremos, a diferencia de todos los países donde ya está implantado y en los que se basan aquéllos que ahora lo ven como la única solución a nuestro sistema sanitario, en España ya hay más de 6 millones de ciudadanos que voluntariamente lo están haciendo, mediante el pago de un suplemento a una aseguradora, descargando al sistema sanitario público. El problema es que no se aprovechan, ni se integran en el sistema sanitario los recursos privados, ni se potencia el que voluntariamente se realice este copago.

En nuestro país, y casi 10 puntos de media por encima con respecto a países de nuestro entorno, la sanidad privada, financiada por el usuario de manera voluntaria, supone casi un 30 por ciento del gasto sanitario total. A modo de ejemplo, y según los últimos datos disponibles, mientras en España la sanidad privada representa un 29 por ciento del peso del sistema sanitario, en Alemania, Italia, Francia y el Reino Unido, representa respectivamente el 23 por ciento, el 23, el 21 y el 18. Además, son sistemas sanitarios en los que la sanidad pública y privada están perfectamente integradas, no como en nuestro país, donde es un pago suplementario a lo que todos aportamos al sistema sanitario público.

La aportación de la sanidad privada al sistema sanitario del país es un 20 por ciento o un 30 más que en los países de nuestro entorno. Es decir, si en España tuvieran que asumirse de golpe, por el sistema sanitario público el 30 por ciento de los servicios que descarga la sanidad privada, posiblemente tendríamos que recurrir a un copago obligatorio para los servicios esenciales sanitarios. Pero hoy no debería ser la primera opción o al menos no debería de plantearse como la única solución a los problemas del sistema, ya que voluntariamente un porcentage importante de la población paga ese copago de manera voluntaria.

El sector sanitario privado cuenta hoy con 491 hospitales y cerca de 56.000 camas. El 25 por ciento de las urgencias del sistema sanitario se producen en hospitales privados, además del 32 por ciento de los ingresos hospitalarios y el 40 de las intervenciones quirúrgicas. En atención ambulatoria se realizan el 15 por ciento de las consultas y cerca del 40 por ciento de las TAC y el 60 de las RMN, lo que habla a favor de la apuesta por la innovación tecnológica del sector.

Según los últimos estudios, existen más de 8,5 millones de usuarios y sus familias que acuden regularmente a la sanidad privada con una póliza de seguro. De ellos, unos 2,5 millones lo hacen fruto de la capacidad de elección que el régimen de las mutualidades públicas permite a los funcionarios entre el sistema público y privado, siendo elegido este último en un 85 por ciento de los casos, y el resto, unos 6 millones de usuarios, lo hacen con el pago voluntario de una cobertura mediante un seguro privado, que produce una descarga directa de gasto al sistema público de unos 1.300 euros por persona y año.

Acuerdo integrador
Ante este panorama, parece más rentable para el bolsillo de los ciudadanos que las autoridades promuevan un pacto entre el sector público y el privado que integre ambos sistemas. Un pacto que permita:

  • Promover un mejor conocimiento de la sanidad privada y su aportación al bienestar social a fin de apartar tópicos demagógicos que a lo único que contribuyen es a dar una información errónea a la sociedad desaprovechando los recursos que aporta.
  • Facilitar el acceso voluntario de los ciudadanos a un sistema que ha demostrado su eficiencia y que descongestiona al sistema sanitario público.
  • Favorecer una visión integral e integradora de la sanidad que obligue a que los sistemas público y privado trabajen codo con codo para tratar de dar la mejor asistencia sanitaria posible a los ciudadanos.

La sanidad privada ofrece un complemento de calidad a quien quiera un sistema complementario a la sanidad pública. Fomentemos la integración del sistema privado dentro del sistema para evitar que haya que recurrir doblemente a la sanidad pública, generando ineficiencia en el sistema y gastos innecesarios, y facilitemos que quien pueda permitirse ese copago voluntario lo haga para descargar de gasto al sistema sanitario público y éste pueda dedicarse a aquéllos que no se lo puedan permitir.

Promovamos una mejor gestión de los recursos para adaptarlos a las circunstancias y no impongamos el copago obligatorio hasta que realmente sea necesario, ya que esta medida cambiará un sistema sanitario con resultados excepcionales sin seguridad de que su imposición vaya a ser la solución a los males del sistema.

Juan Abarca Cidón

 

Sindicato Médico Andaluz

 

Comentarios

El ENGAÑO de la 'FACTURA SOMBRA'

No se sabe si para dejar a un lado el debate sobre el ‘copago’, de cuya injusticia da cuenta el actualmente vigente pues discrimina a los ciudadanos, algunos gestores sanitarios parecen haber dado con la piedra filosofal de la ‘factura sombra’, una buena muestra del paternalismo reinante en la gestión, en la que se niega la participación a los ciudadanos.

La acogida con que ha sido recibida la propuesta de algunos gestores de la asistencia sanitaria pública para que, al término de una hospitalización, se entregue a los pacientes asistidos una ‘factura sombra’, pone de manifiesto que nuestro sistema sanitario no ha salido todavía del paternalismo que en otro tiempo caracterizaba a la beneficencia, como algo que se nos da, pero a lo que no tenemos derecho. (A este respecto conviene leer el informe que el Defensor del Pueblo acaba de presentar en las Cortes, en el que insiste sobre la necesidad de potenciar la participación de pacientes y usuarios).

A mi modo de ver, y lo vengo defendiendo desde hace años, en el Sistema Nacional de Salud el paciente tiene derecho a que, al término de su estancia, se le facilite una factura de los gastos generados durante la misma, al igual que se hace con los procesos a que ha sido sometido. En ambos casos la justificación es la misma, el derecho del paciente a saber qué se la hecho y su coste. Derecho a la información que, junto al de la autonomía personal y a la confidencialidad, tanto han costado defender. Bien es verdad que, en este momento, nadie cuestiona que al paciente se le debe facilitar toda la información, hasta el punto de que hay profesionales que recurren al lenguaje más crudo para hacerse entender. De ahí que ahora se nos trate de sorprender diciendo que nos van a facilitar una ‘factura sombra’ para que no nos asustemos. Sin duda, nos hallamos ante un paternalismo que no se compagina con los principios que inspiran el Sistema Nacional de Salud, ni en lo que se refiere a la participación ni a los derechos.

En este contexto, debo insistir en el hecho de que me vea sorprendido con las promesas de los gestores sanitarios anunciando que se va a informar a los pacientes de los gastos generados, al parecer con la buena intención de que tomen conciencia de que la asistencia tiene un coste, cuando se enterarían mucho mejor si participaran en la gestión. Con todos los respetos para los promotores del planteamiento, que por supuesto no es nada nuevo, debo decir que se trata de una propuesta paternalista, más propia de la beneficencia que de un sistema nacional de salud y, por supuesto, totalmente ajena a la Ley General de Sanidad, en cuyo articulado se enumeran los derechos de los pacientes. En otras palabras, parece que se nos quiere dar generosamente lo que nos corresponde por derecho.

Yo no espero a que a alguien se le ocurra poner en práctica tal idea para sentirme complacido e informado de lo que haya supuesto mi asistencia; yo lo voy a exigir y, además, con datos concretos, los causados por mí, pues muchos de los gestores, nombrados para contentar a los jefes que les han colocado en tan altos puestos, suelen facilitar costes medios, algo que se contradice con la información personal e intransferible que, al igual que la asistencia, precisa cada paciente. A no ser que, a fuerza de dedicarse a las relaciones públicas, en vez de la asistencia, se haya entrado en la dinámica del ‘come y calla’, que tan sutilmente plasmó Juan Gérvas en su mirador del pasado lunes. De todos modos, hasta el nombre es desafortunado, pues la sombra no es la realidad.

Carlos Nicolás

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