El Plan de Vacaciones del SAS vuelve a demostrar las características específicas del colectivo médico y facultativo
El problema de la medicina pública no se soluciona con medidas coyunturales. Necesitamos plantillas más amplias, capaces de asumir no solo la sobrecarga del verano y del periodo navideño, sino la atención diaria a la población en condiciones dignas.
El Plan de Vacaciones del SAS de 2026 demuestra, una vez más, la singularidad de nuestro colectivo dentro de la sanidad pública, una singularidad que, a falta de las reformas requeridas, se traduce en discriminación y maltrato.
El SAS prevé contratar siete veces más personal del grupo A2 (enfermeros/as en su mayoría) que del grupo A1 (médicos/as en su mayoría). Esta diferencia no se justifica por el tamaño de las plantillas, dado que la de enfermería es algo menos del doble de la plantilla médica. Esta desproporción se da también con respecto a los técnicos sanitarios.
Esta diferencia de trato no se debe a la ausencia de médicos en la Bolsa de empleo, dado que no hablamos de contrataciones realizadas, sino previstas. Además, los médicos nunca hemos sido sustituidos en verano en la misma proporción que otros profesionales, ni siquiera cuando había paro médico. El SAS siempre ha resuelto las vacaciones de los médicos por medio de la autocobertura: si se va la mitad del servicio, la otra mitad trabaja el doble y punto.
En cualquier caso, es verdad que hay escasez de médicos en Bolsa. Esto significa que, en la práctica, serán contratados menos médicos de los previstos en el Plan. Tampoco esto es nuevo. A los sustitutos se les asignan condiciones de trabajo tan poco atractivas que ni siquiera cuando había paro se cubrían todas las ofertas. Este verano, una vez más, habrá pueblos en la costa con más de 100.000 habitantes atendidos por un solo médico. A lo sumo dos, si hay suerte.
El problema de la medicina pública no se soluciona con medidas coyunturales. Necesitamos plantillas más amplias, capaces de asumir no solo la sobrecarga del verano y del periodo navideño, sino la atención diaria a la población en condiciones dignas. Para eso, hay que ofrecer a los médicos mejores condiciones de trabajo que los atraigan y fidelicen a la sanidad pública.
Las administraciones sanitarias deben reconocer la singularidad de la profesión médica. Las dotaciones de los servicios médicos deben ser estables. No se puede sustituir a un tercio de los médicos especialistas de un servicio sin que su funcionamiento y, con él, la calidad asistencial se resientan gravemente. Hacer trabajar a los médicos en condiciones de precariedad equivale a ofrecer a la población una calidad asistencial precaria.
El modelo sanitario actual requiere una profunda transformación, que debe incluir un reconocimiento del papel singular que desempeñamos los médicos y facultativos en el sistema. Esto exige una regulación propia en materia de condiciones laborales, incentivos, desarrollo profesional y liderazgo en la gestión, así como un ámbito de negociación específico en el que abordar una reforma del modelo de jornada que dé respuesta a las necesidades del sistema sin hacer recaer sus carencias sobre la espalda de los médicos.
Los Planes de Vacaciones del SAS son una prueba más, entre otras muchas, de que las condiciones de trabajo de nuestro colectivo son singulares, aunque nadie salvo nosotros lo quera ver. Poner remedio a esta ceguera selectiva no será fácil, porque no obedece a déficits funcionales, sino a intereses espurios. Los sindicatos de clase seguirán defendiendo las mesas generales de negociación y los Estatutos comunes a todo el personal porque les interesa. Las administraciones seguirán negando la crisis de la medicina pública porque les falta capacidad o valentía para afrontar los cambios necesarios en lo que concierne a nuestro colectivo.
El problema de este Plan de Vacaciones es el mismo que aqueja al conjunto de nuestro sistema sanitario, esto es, que quiere garantizar el funcionamiento de los servicios médicos con reglas que ya no funcionan. Así nos va.